Pensar en cómo he llegado a escribir estas líneas es, en realidad, asombrarme ante un círculo que se cierra.
Mi camino no ha sido lineal: ha sido un eterno retorno nietzscheano que comenzó en mi Caracas natal, hace casi 30 años, observando las limitaciones simbólicas de los niños y niñas de la calle, el summum de la exclusión social, y que hoy desemboca en el análisis de las dificultades que impone la dinámica vertiginosa de nuestra sociedad de consumo.
Ya sea en la supervivencia de la calle o en la posmodernidad del deseo insatisfecho, el problema siempre es el mismo: el vínculo. Ese eslabón necesario que nos vertebra y nos sostiene emocionalmente. Y he comprendido, tras dos décadas de escucha y observación, que la clave de ese engranaje, el proceso que permite asirnos a la vida y construir un relato propio, es jugar.

Lo que hoy llamamos jugar se ha convertido, en muchos casos, en un entrenamiento prematuro para el consumo y la obediencia algorítmica
Asistimos impávidos a la expropiación del universo simbólico de niños y niñas. Lo que hoy llamamos jugar se ha convertido, en muchos casos, en un entrenamiento prematuro para el consumo y la obediencia algorítmica. Frente a esto, reivindicar el juego libre no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de rebeldía política.
El espacio potencial donde se funda el mundo: Como jugamos, seremos
Para el psicoanálisis, específicamente en la línea de Donald Winnicott, el juego no es un pasatiempo. Es el habitante del espacio transicional, esa zona intermedia entre la realidad interna del niño y el mundo exterior. Es ahí, y solo ahí, donde el ser humano crea su universo simbólico.
Jugar es el proceso mediante el cual el niño se apropia del mundo. Cuando un niño coge un trozo de madera y lo convierte en un barco, un castillo o un coche, no está engañándose, está ejerciendo su soberanía. Está diciendo: «Yo decido qué es la realidad». Esta es la semilla de la autonomía. Sin ese espacio para la simbolización, el individuo queda a merced de los significados que otros —el mercado, el algoritmo, la norma— han construido para él. Y con ello, no desarrolla la musculatura psíquica necesaria para cuestionar lo que le viene dado.

Si perdemos la oportunidad natural de construir nuestras referencias imaginarias, quedamos desestructurados
Somos lenguaje, códigos y vínculo. Pero para poder incorporar esos códigos, para apropiarnos de la identidad que nos hará capaces de comprometernos con el afuera, ha de ocurrir un proceso fundante. El juego no es el recreo de la vida, es el laboratorio donde se construye el universo simbólico.
Si perdemos la oportunidad natural de construir nuestras referencias imaginarias, quedamos desestructurados. En mi licenciatura, vi a niños que crecieron en la invisibilidad social, cuya urgencia por salvaguardar la vida les arrebató el derecho al juego. Hoy, en la opulencia de las sociedades de consumo, veo una desposesión similar, pero operada por otros mecanismos: el objeto funcional y el algoritmo.
La valla del objeto funcional: ¿Juego o domesticación?
El mercado nos ofrece miles de juguetes que hacen cosas. O peor aún, que dificultan la posibilidad de hacer otras. Pierden la maleabilidad necesaria para la construcción del universo simbólico de niños y niñas.
La mayoría de los juguetes más comerciales y consumidos están atados a una única interpretación o relato que les otorga narrativa (creada por otros) y una funcionalidad estática. Son objetos terminados, saturados e hiperestimulantes.
Vivimos en una era de clausura. Mientras los adultos nos debatimos en la precariedad de la atención, una amenaza silenciosa avanza sobre la infancia: su acortamiento sistemático (KGOY, Kids Getting Older Younger). Los niños dejan de jugar antes, empujados hacia la adultización digital y el rendimiento algorítmico.

Desde el psicoanálisis, esto es una clausura del espacio simbólico. El objeto ya no espera a ser investido por el deseo del niño; el objeto invade al niño. Si el juguete lo hace todo, el niño no hace nada. Es una captura de la atención —una atención volátil que ya no es soberanía del niño, sino éxito de ventas— que roza la domesticación.
Estamos criando sujetos capaces de reaccionar a estímulos, pero ¿estamos permitiendo que se formen sujetos capaces de imaginar alternativas?
Pero lo verdaderamente revelador —y perturbador— es la respuesta de la industria. Lejos de alertar sobre este estrechamiento de la infancia, los fabricantes de juguetes han encontrado su mecanismo de subsistencia económica en el fenómeno Kidult. Conscientes de que han perdido el mercado de los niños (que ahora consumen redes y píxeles), se han lanzado a monetizar la nostalgia del adulto. Mientras el niño es expulsado prematuramente del cuarto de juegos, el adulto regresa a él para consumir réplicas de su pasado. Es la dinámica capitalista en su estado más cínico: no protegemos la infancia, simplemente trasladamos el stock a quien tiene la tarjeta de crédito.
Estamos criando sujetos capaces de reaccionar a estímulos, pero ¿estamos permitiendo que se formen sujetos capaces de imaginar alternativas? Aquí reside el nudo político del problema. Porque cuando el juego se convierte en un consumo de estímulos predecibles, estamos estrechando la capacidad de los futuros sujetos para habitar la incertidumbre y crear soluciones nuevas. Es el robo de su capacidad para ser arquitectos de su propia realidad. Por eso, dejar jugar libremente es hoy, más que nunca, un acto de resistencia subversiva.
Defender el juego libre y creador es defender el derecho a la lentitud, al aburrimiento y al vacío, los únicos territorios donde puede germinar un relato propio
La resistencia low-tech, la subversión de lo inútil
Mi apuesta por el juego tradicional, no sexista, sostenible y low tech no nace de la nostalgia, sino de una convicción clínica: un bloque de madera, una tela o un material abierto y, por tanto, no estructurado, son objetos insurgentes porque callan. Al no imponer una función, invitan a niños y niñas a poner su palabra, su fantasía, su deseo y su ley.
En un sistema que nos empuja a ser productivos desde la cuna —donde el juego debe tener un objetivo pedagógico medible o una utilidad futura—, el juego puro es una anomalía subversiva. Es por ello que defender el juego libre y creador es defender el derecho a la lentitud, al aburrimiento y al vacío, los únicos territorios donde puede germinar un relato propio y, en ello, un universo simbólico y simbolizante.

Dejar jugar (o permitirse jugar) sin una finalidad externa es también un desafío al utilitarismo. Defender el juego libre y la elección de materiales más simples y naturales es una llamada a madres, padres y educadores a romper esa dinámica utilitarista del juego y en ello, a ser guardianes de un tiempo y espacio sagrados: la infancia.
El acortamiento sistemático de la infancia, que no es otra cosa que limitar el juego en su forma más natural y libre, es una forma de desposesión política. Al acelerar los tiempos y sustituir el símbolo por la función, estamos estrechando la mente de quienes mañana deberán soñar un mundo distinto.
Solo un niño que ha tenido el poder de transformar un palo en una varita mágica sabrá que las estructuras de la realidad también pueden ser transformadas
Devolver el reloj a la infancia
Desde hace más de dos décadas, como psicóloga y mamá, dedico mi vida profesional al mundo lúdico con una firme disposición: llevar allí donde me lo permitan el mensaje de que el juego es la herramienta fundamental para construir ese otro mundo posible. Porque solo quien ha sido soberano de su juego podrá ser dueño de su historia. Convencida, como estoy, de que defender el juego es, en esencia, resguardar la capacidad de la futura ciudadanía para no aceptar lo dado como lo único posible.
Proteger el juego libre es, por tanto, una responsabilidad colectiva. No se trata de comprar mejores objetos, sino de devolverles el tiempo y el derecho al asombro. Porque solo un niño que ha tenido el poder de transformar un palo en una varita mágica sabrá que las estructuras de la realidad también pueden ser transformadas.
Nathalie Rodríguez Rojas es doctora en Psicología y fundadora de Kamchatka Magic Toys.