Una conversación casual entre un hombre y una mujer (escritora). Él le pregunta de qué tratan sus libros y ella trata de explicarle que el último que ha escrito es una biografía alrededor de la figura del fotógrafo e investigador británico Eadweard Muybridge. En estas están cuando el señor la interrumpe para preguntarle si ha oído hablar de la última publicación sobre su figura:
—Dicen que es la más importante hasta la fecha. Deberías leerlo; seguro que profundiza mucho sobre un personaje clave en la historia de la cinematografía. Es un libro fascinante. Lo que no consigo es recordar el nombre del autor…
—Rebecca Solnit, un placer. Me alegro de que te gustara.
Solnit, alabada periodista y escritora estadounidense, es considerada la acuñadora del término mansplaining, adoptado a raíz de esa anécdota personal. Y esa palabreja hace alusión al hábito de los hombres de explicar cosas a las mujeres de forma condescendiente. Incluso cosas sobre las que las mujeres en cuestión son expertas.
«Además de un ejemplo de mansplaining, hace evidente la invisibilización que se hace de las mujeres como creadoras de conocimiento», explica a nuestra revista Vicky Barambones, miembro de Pandora Mirabilia –una cooperativa de trabajo formada por mujeres con mirada feminista e interdisciplinar– y coautora de ¡Imparables: Feminismos y LGTB+, un necesario libro que recoge, a través de un acertado glosario, ese y otros ramalazos de machismo.
«Otro ejemplo sería el que me contó una amiga que le había pasado: en la habitación de hospital en la que estaba, había una pila para el baño de bebés que tenía un tapón con una forma peculiar que le llamó la atención. Ella, curiosa, expresó en voz alta esta forma extraña. El hombre que la acompañaba en la sala la explicó el funcionamiento de un tapón. Puedes imaginar su cara», comenta la autora sobre esta tendencia machirula.
El manual, editado por Astronave e ilustrado por Mar Guixé, tiene como objetivo informar, sensibilizar y dar visibilidad a la lucha feminista y al movimiento LGTB+. Se trata de un estupendo homenaje a su historia, sus principales luchas, debates, conceptos y propuestas.
Y, además de hablar de cosas como la sororidad, el heteropatriarcado, el pinkwashing o la heteronormatividad, sorprende al público con términos menos conocidos (y de vergüenza ajena) como el de manspreading (referido al despatarre masculino dentro de un transporte público o en la butaca del cine).
Barambones reconoce que esta práctica es algo que podemos observar más fácilmente, pues es muy visual y muy físico, «aunque necesitamos colocarnos las gafas moradas para reconocerlo porque es algo tan habitual que lo damos por normal».
«Cuando te sientes en cualquier lugar, fíjate en el espacio que ocupan las mujeres y en el que ocupan los hombres. Estos últimos suelen hacerlo con las piernas abiertas, estiradas, recostados incluso en el asiento de al lado, utilizando ambos reposabrazos cuando los hay; mientras que las mujeres lo hacen cruzando las piernas, encontrando los huecos que deja el otro cuerpo para poner sus brazos, etc.», señala la activista.
«O cuando vas de pie en un transporte público y está muy lleno, te pones el libro pegado a tu cuerpo para no ocupar más, intentas mantener la distancia de seguridad. Pero cuando sube un hombre, la traspasa, algo que no haría si quien está al lado fuese un cuerpo de hombre», pone como ejemplo para quien aún tenga dudas de a qué alude exactamente el anglicismo.
«Otro ejercicio que podemos hacer es observar a la gente caminar por la calle. Cuando dos personas se van a cruzar, pongamos que es un hombre y una mujer, fíjate en quién rectifica su camino. No te sorprendas si la mayoría de las veces es la mujer quien lo hace».
Estas prácticas forman parte de la alargada sombra de lo que podría definirse como micromachismo, «un machismo que por su menor intensidad no mata y pasa desapercibido, es cotidiano y, por lo tanto, aceptado. El problema radica en que sucede a diario y perpetúa el machismo más visible».
Machismos cotidianos y microviolencias que, en muchas ocasiones y como señalan las autoras, están tan naturalizados que no sorprenden ni escandalizan y a veces ni se ven. Pero que duelen, y mucho.
«Con trece años, la gente de mi grado escolar me vetó durante meses; nadie me hablaba, excepto una persona, por ‘marimacho’, por algo tan simple como llevar el pelo corto y jugar con los chicos. He sentido y siento miedo volviendo a casa de noche. Nos han incordiado a mis amigas y a mí en bares y, si no accedíamos a hablar con quien nos entraba, se nos increpaba o llamaba estrechas».
«Mi chica y yo hemos tenido que correr cuando íbamos por el metro de Madrid porque a un grupo de chicos les pareció divertido seguirnos y gritarnos lo que nos harían (contenido sexual). He dicho que tengo pareja en el trabajo, y no novia; la situación de ninguneo de la relación de pareja es mía. Y ahora que rondo los cuarenta, me preguntan si voy a embarazarme», comparte sin titubeos la escritora.
Asimismo, la autora recuerda que el libro propone curiosear sobre la vida de algunas de las protagonistas de todas las luchas antes mencionadas.
Figuras destacadas como la de la inglesa Mary Wollstonecraft, «que puso sobre la mesa la discriminación social de las mujeres y su exclusión de los derechos sociales»; la americana Kate Millet, «que llevó esa discriminación a lo privado y habló de que “lo personal es político”»; las estadounidenses Angela Davis y Adrienne Rich, esenciales «por hablar de otras categorías de discriminación como la racialización, la clase social y la orientación sexual», o el español Paco Vidarte, que se atrevió «a poner la identidad personal y el cuerpo lo primero».
Pinceladas de vidas dedicadas a la lucha de las mujeres y de las lesbianas, gays, trans y queer.