Triunfar, lograr la atención de público y crítica, aparecer en las listas de los mejores artistas que suelen publicarse en medios especializados es un sueño recurrente para muchas y muchos creadores, ya sean pintores, escultores, escritores o músicos. Pero ¿qué pasa si ese sueño se cumple?
Seguramente, en buena parte de ellos se agudizaría el síndrome del impostor, ese miedo atávico e irracional a decepcionar, a no dar la talla en la siguiente obra, en la siguiente exposición. Por el camino, tropezarían también con los entresijos oscuros del arte, esa otra parte menos romántica que suele centrarse en el mercado, en lo económico.
Y nacerían también las contradicciones, el tener que decidir entre satisfacer a ese mercado o, por el contrario, seguir siendo fiel a uno mismo, a sus principios y su propia manera de entender el arte, su arte.
En La boca llena de trigo (Anagrama, 2026), la primera novela de la escritora, investigadora y artista de nuevos medios Mayte Gómez Molina, la granadina «por sangre» reflexiona sobre el arte y el proceso de crear, sobre las exigencias de la industria cultural y sobre los demonios que acechan a todo creador cuando se tiene que enfrentar a un lienzo o a un papel en blanco. Sobre todo ello hemos charlado con Gómez Molina.
Desde fuera, tendemos a ver el arte como algo bohemio que nace por arrebatos de inspiración, pero lo que tú planteas en tu novela se aleja de eso: ¿Qué es el arte, entonces, y cuál es ese lado oscuro que no conocemos?
Para mí no es un lado oscuro, pero si un lado que no brilla tanto como la imagen que ha proyectado históricamente, y que se perpetúa en medios de comunicación y en el imaginario colectivo.
Hacer arte tiene algo de mesa de taller o de escritorio, de echar horas, y en eso se parece a muchos oficios. Sin embargo, la diferencia principal es que el arte está muy conectado a quién eres: si tienes un día terrible o te encuentras físicamente mal, no puede salir, hay una convivencia con el oficio muy diferente.
No es que alguien en una oficina pueda trabajar igual de bien si no está física o mentalmente bien, pero hay algo de saber lo que tienes que hacer que quizás puede hacer que vayas en modo piloto automático y termines.
En la creación, el modo piloto automático es modo basura automática. No funciona. Esto puede generar oscuridad si no te puedes sobreponer o no sabes escapar del bloqueo, porque está tan pegado a la piel que uno no puede cerrar el ordenador o salir del lugar en el que trabaja y olvidarse de ello.
Hablas del acto de crear como atravesar un pantano, que me parece una metáfora muy elocuente. ¿Realmente se sufre tanto? Y si es así, ¿por qué merece la pena seguir creando?
No creo que sea realmente una elección. Quizás empezar a crear no lo es, aunque sí lo pueda ser dejar de hacerlo: porque nos duele, porque no nos da lo que esperábamos, porque no funciona como sustento económico ni material. Pero la persona que crea se siente casi obligada a hacerlo.
Uno puede desoír esa llamada, pero eso no significa que la vocación deje de existir ni que no nos afecte ignorarla. Supongo que esta preguntar es como preguntarle a una mujer que parió un hijo cómo se le ocurre volver a parir otro, sabiendo el inmenso dolor que conlleva el acto de traer al mundo.
Si por aquello que amamos no fuésemos capaces de aguantar la frustración o la incomodidad, el mundo estaría lleno de artistas de hijos únicos y de artistas de un solo libro o un solo cuadro.

Entre los problemas de la protagonista, está el síndrome de la impostora. Pero en el arte, en los artistas, también hay un puntito de ego que parece chocar con eso, ¿cómo lo ves tú?
Creo que depende mucho del artista. Hay una idea del artista que es masculina o masculinizada, el del genio creador que se piensa superior a los demás, tocado por una especie de varita mágica que lo diferencia del resto. Digo masculinizante porque el arte se ha socializado así, la imagen del artista se ha compartido así públicamente, y, por desgracia, es una actitud que también encontramos en mujeres y en hombres que no son cis ni heterosexuales.
No es una actitud que me interese. Prefiero dudar antes que estar demasiado segura. Tener un ego sano significa saber qué haces bien y qué podrías haber hecho mejor, y que igual que tu talento hay mucha más gente con talento. Nadie es tan importante, y, sin embargo, es muy importante que hagas lo que quieres o necesitas hacer.
Entre la humildad y la determinación de hacer algo creo que pueden nacer cosas interesantes.
Convertir el arte en profesión, ¿lo mata o es lo que lo mantiene?
Ni lo mata ni lo mantiene: lo extraña de sí mismo. Imagínate que en vez de arte son flores. Me encantan las flores y decido poner una floristería. Las vendo en ramos, en macetas. ¿Hace eso que la flor sea menos bella o que no podamos apreciarla, al ser objeto de una transacción económica? No lo creo.
Pero sí es cierto que quizás, si yo cultivaba flores por el puro amor de verlas florecer, puedo empezar a pensar en cosas distintas a ellas: emails, facturas, transportistas, autónomos, empleados. Si las flores no se venden puedo dejar de creer en ellas, ¿por qué no se venden? ¿No eran estas flores tan bonitas como yo creía?
La belleza de la flor no se apaga por eso, pero tú dejas de ser capaz de apreciarla y olvidas por qué te interesaban las flores en primer lugar. Con el arte, en mi vivencia de ella, pasa algo similar.
¿Cambia el arte y el artista cuando se convierte en la manera de ganarse la vida? ¿Se vuelve, por decirlo de alguna manera, más materialista?
Querer ganarse la vida con algo que uno hace y que produce cultura no me parece algo que convierta el arte o el artista en materialista: todo el mundo quiere ganar dinero para tener una vida agradable.
Esto de «por amor al arte» es una frase peligrosa que hace que no solo en el ámbito artístico, sino en todos, la gente acabe trabajando de más bajo la premisa de que, si te gusta, deberías hacerlo gratis. Los artistas tienen la mala costumbre, muy extendida, de que les gusta pagar el alquiler y llegar a fin de mes. En esto no son diferentes a ninguna otra persona, sus necesidades son las mismas.
La gente que hace arte gratis o puede permitirse hacer todo por amor al arte es porque tiene un sostén económico o familiar que le permite hacerlo. Los demás tenemos y queremos trabajar, y producir cultura es algo de primera necesidad. Un país sin arte, sin literatura y sin cultura es un país ciego, sordo y maniatado.

El reto —y el miedo— del lienzo o folio en blanco es algo por lo que todo creador o creadora han pasado alguna vez. ¿Cómo lo superas tú?
Tengo que superar la incomodidad. He hecho yoga de forma casera durante muchos años, a través de YouTube. Y aunque mucha de la mística asociada al yoga, y su tendencia un poco oscura a controlar el cuerpo y mantenerlo puro no me interesa para nada, sí que recuerdo una enseñanza que me marcó bastante, y es la diferencia entre dolor e incomodidad.
Es un matiz muy sutil y uno tiene que aprender a identificarlo, pero a veces hay que estar dispuesto a sentirse frustrado y a pasar un mal rato porque algo no te sale.
Vivimos en una sociedad esclava de la inmediatez, en la que, entre pensar algo y tenerlo, pueden pasar 24 horas, a veces incluso menos. Pero para crear hace falta paciencia y aguante ante la frustración. Porque todo es difícil al principio, incluso empezar de cero algo que haces con regularidad.
El que corre maratones siempre sufrirá al principio y tendrá dudas, aunque lo haya hecho mil veces; la persona que baila tendrá miedo a equivocarse y sentir tensión al empezar. Pero eso no significa que ese sea el indicativo de parar.
El arte, en general, a veces va asociado a la precariedad (vivir solo de pintar, escribir, componer… resulta muy muy complicado en la mayoría de las ocasiones), ¿qué papel juegan las galerías —en el caso de la pintura— en ese aspecto? ¿Auxilian o agrandan el problema?
Las galerías han sido lugares de peregrinación para los artistas en la historia del arte. La historia del arte no solo recoge grandes exposiciones en museos e instituciones, sino también en galerías importantes, que se convirtieron en puntos de inflexión para muchos artistas.
Que puedas entrar en el circuito de galerías, así como poder entrar en el circuito editorial, permite que tu obra viaje y evolucione, porque potencia que se pueda mantener económicamente.
No creo que todas las actitudes éticas y comerciales de todas las galerías sean buenas, y pueden producir mucha especulación y, en algunos casos, preocuparse solo por el dinero. Pero fíjate, por ejemplo, la galería Travesía Cuatro o Tuesday to Friday, que promueven arte que viene de otros lugares y hacen viajar al arte de nuestro país.
Ese tipo de galería auxilia y ayuda al artista. Pero, por supuesto, la parte especulativa del mercado del arte hace que otras galerías tengan prácticas muy diferentes. Supongo que la galería te auxilia o te machaca depende de quién la dirija, como la mayoría de cosas en la vida.
Hace un mes se está hablando mucho del IVA en las obras de arte y hemos visto las protestas de los galeristas en ARCO en ese sentido. ¿Qué opinas tú?
Al vivir en otro país (Alemania) tengo una relación con esta polémica un poco lejana, y encuentro difícil opinar. Pero sí me obsesiona algo de este tema, y es que el arte en España tiene el mismo impuesto que el lujo.
Una sociedad que considera que vender arte es un lujo en el fondo también considera que hacerlo es un lujo, y no facilitará que los creadores de distintas edades, niveles y disciplinas puedan tener una vida digna con ello.
Creo que asociar arte y lujo hace que la cultura sea pensada como un bien escaso y no al alcance de todos, y este sentido este IVA sí que me preocupa, no tanto por el dinero en sí, sino por la opinión que refleja sobre el estatus del arte en nuestro país: algo que solo pueden comprar, y también hacer, unos pocos.

«Escritora, investigadora y artista de nuevos medios que utiliza la escritura como eje vertebrador de una práctica plural». ¿Cómo se conjuga todo eso?
Me fascina el poder de arrastrarnos que tienen la historias. Si una historia es lo suficientemente buena, nos llevará a otra parte, a olvidarnos del tiempo, a ver las imágenes que propone como en una película, y da igual que esa historia la estemos leyendo en un libro o la estemos viendo a través de unas gafas de realidad virtual.
Hay videojuegos que son mejores que libros, y hay libros que pueden ofrecerte una experiencia muchísimo más arrebatadora que toda la tecnología inmersiva del mundo.
Que los seres humanos seamos capaces de crear estas narraciones en tantos formatos es algo que me interesa muchísimo, y exploro las posibilidades de las historias a través de escribir libros, pero también de crear videojuegos experimentales o poemas y ensayos acompañados de cine digital y 3D.
Como investigadora, ¿hacia dónde va el arte hoy? ¿En qué está cambiando?
Cuando quiero saber en qué consistirá el futuro del arte, miro al pasado, a cómo, desde siempre, el arte era el reflejo de su tiempo y también de las cosas incomprensibles del mismo.
El arte tenía poder, podía convocar espíritus, hacer pasar a la historia un rostro, convocar guerras, atraer a los bisontes para cazarlos. Ahora, que no creemos en Dios, ni en el Estado, y ya casi ni en nosotros mismos, ¿qué misión tiene el arte? Mi curiosidad se despierta hacia esta pregunta: ¿Qué puede hacer el arte cuando no puede hacer nada, cuando ya no tiene una misión específica?
No puedo responder a esta pregunta (no olvidemos que soy una persona de 32 años, todavía bastante mindundi en general), pero me interesa la opinión y la práctica de personas con mucha experiencia en el arte, como las comisarias Chus Martínez o Filipa Ramos, que orquestan arte y artistas que crean comunidad, que miran a los problemas de frente y proponen soluciones imaginativas a dolores y situaciones injustas, arte que se permite pensar en nuevas formas de existir como individuo y como colectividad, arte que crea espacio y tiempo para convivir y dialogar con los demás.
Ese es el futuro del arte que puedo imaginar, y ojalá fuese también el futuro del mundo.