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La era de la inteligencia artificial que nos devuelve a los juguetes de hojalata

Dicen que los juguetes no duermen, que solo esperan pacientemente en la penumbra a que alguien vuelva a necesitarlos. Hay un instante mágico, casi de película, que ocurre cuando un adulto se detiene frente a una vitrina y cruza la mirada con un cochecito de hojalata o un muñeco de plástico descascarillado. En ese preciso segundo, la barrera del tiempo se desploma. El olor a baquelita y chapa gastada se salta todos los filtros del cerebro para golpear en el estómago. De pronto vuelves a tener siete años, el suelo del salón vuelve a ser una selva impenetrable y las tardes duran una eternidad.

Vivimos inmersos en una era de píxeles impecables, pantallas hiperrealistas e inteligencias artificiales capaces de inventar universos enteros en un parpadear de ojos. Sin embargo, en las bambalinas de la cultura y el diseño se empieza a gestar una sorda rebelión. Hay un cansancio digital, una necesidad casi orgánica de tocar, de sentir la fricción física y la materia viva. Le ocurrió a la música con los vinilos y a la fotografía con el carrete. Hoy le ocurre al juguete de toda la vida. ¿Puede la vorágine tecnológica terminar empujándonos de vuelta hacia la nobleza de la cuerda y el engranaje?

La física de la memoria 

Para entender este viaje de vuelta a la infancia no hay mapa más preciso que el que conduce a Ibi, la capital donde se fabricaban los sueños de medio país. Este fin de semana, la antigua fábrica Rico abre sus puertas para acoger el VIII Mercadillo del Juguete Antiguo, un espacio cargado de nostalgia y donde se exponen las joyas rescatadas por el coleccionista ibense Juan José Aracil Chamorro.

Pero rescatar juguetes no es una simple cuestión de acumular objetos, sino un ejercicio de arqueología emocional. Como explica el coleccionista Carlos Garrido, «un juguete que tuviste en tu infancia te lleva inevitablemente a un periodo de tu vida de mucha felicidad. En cierto modo, nunca dejamos de ser niños. Ese juguete remueve emociones quizá algo dormidas».

El modo en que jugábamos en el siglo pasado habla de cómo hemos cambiado como sociedad. Antes, el juguete era un bien escaso, un pequeño tesoro anual sometido a la prueba del algodón del temperamento infantil. Garrido dibuja esa radiografía con nitidez: «Los juguetes no se cuidaban como los libros de texto que heredaban tus hermanos menores u otros familiares. Y su conservación dependía del tipo de niño. Unos, más cuidadosos, los conservaban en su caja original. Otros, más gamberros, no eran capaces de mantener un juguete intacto más de dos días».

Durante décadas, desde la posguerra hasta los años ochenta, los Reyes Magos traían a lo sumo tres o cuatro piezas por casa. A partir de los 90, la sobreabundancia de plástico y regalar sin medida desdibujaron esa devoción sagrada. «Pero fue la irrupción del juguete chino la que acabó con la industria nacional juguetera», recuerda el coleccionista.

La resistencia romántica 

En un presente dominado por algoritmos que calculan nuestro deseo antes de que sepamos que existe, el juguete antiguo emerge como una trinchera poética. No se trata de especulación financiera ni de buscar un tesoro en Wall Street. «El juguete de colección no es una inversión como las letras del tesoro. En España hay muy buenos coleccionistas pero no suelen pensar en la fortuna que dejarán como legado. En ocasiones los herederos piensan más en cómo monetizar la colección antes que darle continuidad».

El verdadero botín es inmaterial. En un mundo donde los niños crecen interactuando con pantallas abstractas, el coleccionismo intenta encender una chispa táctil antes de que la herencia se disuelva en el olvido digital. «El mercadillo busca fomentar el coleccionismo entre generaciones. Si no conseguimos que en la generación de las pantallas se abran otros horizontes de interés, se perderá inevitablemente el gran patrimonio juguetero que una vez tuvo este país», comenta Garrido, quien añade que «coleccionar es una afición apasionante, requiere tenacidad, estudio, destreza y alguien que te abra los ojos a este mundo».

Billete de vuelta a la infancia

Paradójicamente, la misma tecnología que amenaza la tangibilidad del juego fue la que acudió al rescate de los coleccionistas. Internet democratizó la búsqueda de la pieza prometida, recortando distancias globales aunque cobrándose un peaje en el misterio del hallazgo: «Te puedes pasar años buscando esa pieza que te falta, por eso hoy es impensable coleccionar sin los portales especializados en compra venta».

Pero la pantalla nunca podrá emular el ritual de sopesar la historia con las manos. Por eso la gente sigue acudiendo a Ibi, al frío de la vieja fábrica Rico y al aroma a chapa oxidada. El algoritmo procesa la venta, pero solo el encuentro humano rescata el relato. «Ahí tocas la pieza, la estudias, regateas e incluso en ocasiones haces trueque. Y te encuentras con otros igual de locos que tú con los que compartes fotos, comentarios, anécdotas, etc.».

En esta suerte de Toy Story real, los juguetes no recobran la vida cuando la habitación se queda a oscuras, sino cuando los ojos de un adulto los descubren tras el cristal de una vitrina: «Los baby boomers se emocionan mucho cuando ven sus juguetes. Y muchos de ellos se inician en este coleccionismo. Nancy, Scalextric, Clic de Playmobil, Madelman… hay mil posibilidades de colección».

Ahí, seguramente, reside la gran lección que nos deja el coleccionismo retro. Cuanta más inteligencia artificial y pantallas nos rodeen, más necesitaremos aferrarnos a aquello que fue moldeado por manos humanas para encender la imaginación. Al final, nadie busca coleccionar pedazos de hojalata, plástico envejecido o cartón descolorido por el sol, lo que buscamos en el fondo es comprar un billete de vuelta al lugar exacto donde fuimos verdaderamente felices.

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