Hay una mentira que se repite demasiado entre los músicos de pueblo. Dicen que cada escenario es igual. Mentira. Cada escenario es un universo distinto y cada pueblo tiene sus propias leyes de la
física. En uno te reciben como si fueras Mick Jagger. En el siguiente eres el ruido de fondo mientras una tía se pelea con otra porque alguien escondió el tupperware del mole con pollo. Uno termina aprendiendo que la teoría de la relatividad no la inventó Einstein. La inventó cualquier banda de covers que haya recorrido Hidalgo con una camioneta vieja y un amplificador o consola que hacían corto cada tercer fin de semana.
Hace poco vi Stuart Fails to Save the Universe, el nuevo experimento salido del cadáver todavía rentable de The Big Bang Theory. Hollywood descubrió hace años que ya no hace falta tener ideas; basta con exprimir las viejas hasta que salga el último dólar, como quien ordeña una vaca muerta esperando leche. Y, sin embargo, esta vez hicieron algo curioso. En lugar de poner al buen Sheldon a salvar el universo, eligieron al único personaje que realmente parecía un ser humano: Stuart. El dueño de la tienda de cómics. El tipo deprimido. El eterno perdedor. El hombre que parecía vivir con una nube gris estacionada encima de la cabeza.
Naturalmente, fue el que me cayó bien y con el que más puedo identificarme. Porque la vida tiene ese humor de cantinero grotesco. Cuando el mundo se acaba nunca manda al héroe. Siempre termina llamando al cabrón más jodido del grupo. La premisa parece escrita durante una borrachera mezclada con ácido y películas de serie B. Alguno de los genios originales provoca el apocalipsis
jugando con física cuántica (porque los científicos de televisión siempre destruyen el universo con la misma facilidad con la que un mexicano destruye a su propia gente) y Stuart tiene que brincar de una realidad alterna a otra intentando reparar el desastre.
En un mundo los hombres evolucionaron de las vacas y mastican pasto con absoluta dignidad. En otro todos son magos. En otro un científico termina convertido en un dictador con complejo de Napoleón. Cada episodio cambia las reglas y nadie parece sorprenderse demasiado. Mientras veía aquello me empecé a reír. No por la serie. Por nosotros. Porque eso hacíamos todos los fines de semana. Cada viernes cargábamos la camioneta creyendo que íbamos a una tocada y en realidad cruzábamos un portal interdimensional. Tulancingo era un universo. Pachuca era otro. Tizayuca merecía una categoría aparte.
Una noche tocábamos para motociclistas que se sentían miembros de los Hells Angels porque traían una Italika cromada y un chaleco con una calavera bordada por su esposa. Al día siguiente terminábamos en la fiesta de quince años de un muchacho (sí, un hombre quinceañero) donde las tías cuarentonas nos buscaban como si hubieran encontrado la fuente de la eterna juventud dentro de una banda de covers que apenas afinaba los instrumentos.
Luego aparecía una pulquería donde el padre de la festejada irrumpía para llevársela a la fuerza mientras los invitados seguían brindando y nosotros seguíamos tocando porque, aparentemente, en México ni un «secuestro» familiar justifica dejar de tocar Smell Likes Teen Spirit. Otro fin de semana acabábamos en un panteón tocando entre lápidas. Después alguien nos corría a balazos de una
fiesta. Más tarde terminábamos encerrados en un table de carretera donde las bailarinas parecían haber sobrevivido a tres guerras, dos matrimonios y una epidemia de desilusiones. Había una tan joven que daba miedo verla ahí. Insistía tanto en invitarnos una copa que parecía que la clienta era ella y nosotros el producto de exhibición. Y luego dicen que el multiverso es ficción. No. Ficción es
creer que la normalidad existe.
Con los años entendí que una banda de covers es el mejor laboratorio antropológico que puede existir. Los sociólogos hacen encuestas. Los psicólogos levantan perfiles. Los periodistas entrevistan políticos que mienten con traje y corbata. Nosotros veíamos a la gente cuando ya no podía mentir. Después de la sexta cerveza todos terminan enseñando quiénes son realmente. El empresario
exitoso termina llorando por la mujer que lo dejó hace veinte años. El metalero más radical canta Luis Miguel con los ojos cerrados. El pastor cristiano baila cumbia pegado a la secretaria del palacio municipal. El político municipal se roba el whisky porque «pos’ de todos modos ya estaba pagado». Y el organizador de la fiesta desaparece exactamente quince minutos antes de liquidarte. Las leyes
universales.
Por eso Stuart me cayó tan bien. Nunca intenta convertirse en héroe. Solo intenta sobrevivir al siguiente universo. Exactamente como nosotros. Porque jamás fuimos rockstars. Éramos turistas accidentales atravesando dimensiones llamadas Tepeji, Actopan, Tula, Pachuca, Apan o cualquier otro rincón donde alguien creyera que cuatro tipos con guitarras podían arreglarle la noche.
Nunca arreglamos nada. Al contrario. Salimos con más historias de las que cualquier persona debería cargar encima. Y quizá ese siempre fue el verdadero negocio. No tocar. No cobrar. No ligar. Sino regresar vivo para poder contarlo en la siguiente cerveza. Porque si algo aprendí después de tantos kilómetros, tantas resacas y tantos escenarios improvisados, es que el universo nunca necesitó que alguien lo salvara. Lo único que necesitaba era un buen testigo dispuesto a reírse de él.
