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El monstruo viste de Prada (y vive en tu casa)

personas diana

A finales del siglo XX, la cultura popular nos convenció de que el psicópata era un tipo raro que coleccionaba mariposas, escuchaba a Bach en un sótano y guardaba formol en el congelador. Nos reconfortaba pensar que el mal vestía con camisa de fuerza y vivía convenientemente encerrado en un psiquiátrico de máxima seguridad.

Nos equivocábamos.

El mal no siempre mata. A veces, simplemente te pide que te cases con él, te contrata en una start-up de Silicon Valley o te firma la nota del colegio de tus hijos.

El catedrático de Criminología de la Universidad de Valencia, Vicente Garrido, lleva décadas estudiando las sombras de la mente humana. En su nuevo libro Personas diana. Todos podemos ser víctimas de un piscópata (Ariel, 2026) retoma y amplía las tesis de El psicópata integrado para cambiar el foco por completo: ya no le interesa tanto analizar el cerebro del depredador, sino atender a las personas diana, la cara más desatendida del problema. Es decir, a quienes han tenido que convivir, trabajar, amar o criar junto a un depredador emocional.

Nadie está a salvo

Existe un mito tan extendido como peligroso, y es pensar que un psicópata solo caza a personas vulnerables, con baja autoestima o ingenuidad intelectual. Garrido lo descarta desde el primer minuto. En realidad, el depredador no busca una víctima débil, sino una presa que encaje en sus planes. «No hay un único perfil de persona diana para un psicópata. La clave está en convencerla y no dejar ver su lado oscuro, esto es, sus intenciones reales, que siempre son lograr el control de su víctima y explotarla».

El psicópata funcional opera como un camaleón social. Si eres una persona culta, independiente y con la vida resuelta, vestirá el disfraz de la pareja culta y respetuosa. Descubrirá tus necesidades y las cubrirá con un barniz de perfección.

Para cuando se quita la máscara y arranca la fase de explotación, la persona diana ya está atrapada en una telaraña de manipulación. Es en ese punto cuando el manipulador utiliza cualquier pretexto para justificar sus abusos, apelando a la empatía de su víctima. Según Garrido, el agresor «no dudará en inventarse un pasado turbulento para justificar sus reacciones desaforadas», explotando la idea de que todo comportamiento cruento se debe a un trauma infantil.

A esto se suma una trampa cultural especialmente pesada: el mandato de la sangre y el perdón. Romper el vínculo con un progenitor abusivo genera una enorme carga emocional. «Hay toda una tradición en nuestra cultura sobre la importancia de la sangre, suceda lo que suceda, y el deber de guardar fidelidad a nuestros padres. Parece que seremos mejores personas y más felices si sabemos perdonar».

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El efecto halo 

¿Por qué cuesta tanto creer a quien denuncia maltrato psicológico en su propia casa o en la oficina? La respuesta está en la propia psicología social y en cómo la apariencia pública distorsiona nuestra visión de la realidad. «Cuanto más nos guste el psicópata o lo admiremos, menos credibilidad daremos a sus víctimas», resume Garrido.

Este fenómeno se apoya en el llamado efecto halo, un sesgo cognitivo que nos lleva a atribuir virtudes morales a cualquiera que proyecte éxito, encanto o estatus. El criminólogo recuerda el caso de Jeffrey Epstein, quien siguió rodeado de élites durante una década tras su primera condena por delitos sexuales con una menor.

«¿Cuál es la razón? Que alguien tan encantador y exitoso no podía ser un ser depravado. En el imaginario colectivo, si te relacionas con reyes, presidentes e intelectuales, es imposible que te vean de este modo».

La era de la psicopatía

La tesis más inquietante de Vicente Garrido es que no han aumentado biológicamente los psicópatas en la población, lo que ha cambiado radicalmente es la cultura, que ahora premia sus rasgos esenciales. Al situar el beneficio económico por encima de la justicia social, los modelos a seguir han mutado. «Ahora esos modelos utilizan el lenguaje de la violencia, el poder y la devaluación del otro. El psicópata ya no tiene que ocultar sus verdaderas intenciones, ahora puede presumir de ser corrosivo, procaz o violento y clamar que son señas de sinceridad y propias de triunfadores».

El entorno digital ha funcionado como el megáfono definitivo para este perfil de personalidad, multiplicando su capacidad de influencia a niveles históricos. «¡Imaginad a tipos como Hitler, Rasputín o Mao Zedong con el poder de escribirnos todos los días mediante las redes sociales!».

Esta barra libre digital, sumada a una sociedad que fomenta la queja y el consumo inmediato, crea el caldo de cultivo perfecto. «Tenemos muchos jóvenes acostumbrados a una posición victimista que los hace presa fácil de los mensajes mesiánicos que tan bien dominan los psicópatas», advierte el criminólogo.

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El protocolo de liberación

Salir de las garras de un manipulador exige atravesar varias fases. El punto de inflexión llega con lo que el autor denomina la etapa de «revelación y horror»: el momento en que la víctima deja de negar lo que siente y entiende que la relación ha sido una estafa.

En ese camino hacia la libertad, contar con el entorno adecuado es vital. Garrido bautiza como «personas refugio» a esos aliados capaces de sostener sin juzgar. «Son aquellas que comprenden la gravedad de la situación, nos proporcionan apoyo emocional, material o logístico, y nos ayudan a centrarnos en el camino de solucionarlo».

El destino final de esta travesía no es el aislamiento ni el resentimiento, sino la «trascendencia». Un estado que Garrido define simplemente como «una paz interior que te permite vivir el presente y sentir la alegría y belleza que se esconde en muchos rincones del día».

Al final, no se trata de dejar de confiar en el mundo, sino de aprender a retirar la entrada al teatro a quienes solo vienen a incendiar el escenario.

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