El día que le resucitaron sin pedirle permiso, lo primero que recordó fue un 24 de diciembre, con siete años, en que su madre le peinaba para ir a la cena de Navidad. Le sorprendió verse ahora en el espejo con cuarenta años.
—¡Qué barbaridad!
Una doctora le enfocó un extraño aparatito a la pupila y pareció satisfecha por la lectura que le devolvía.
—Está usted perfectamente.
Le explicó que ya no estaba en 2038, sino en 2346.
—¡2346! ¿Qué me está usted diciendo? ¡Qué barbaridad!
Después le contó que había sido seleccionado para participar en un programa piloto de Recuperación de Talento, impulsado por el Gobierno Global.
—¿Gobierno Global? ¿Ya solo hay un gobierno en el mundo?
—Bueno, en realidad están el Gobierno Global, La Liga Mundial y el Bloque Sindicado, y todos están enfrentados entre sí. Es complejo.
—¡Qué barbaridad!
Después le dijo que el programa Recuperación de Talento se basaba en una nueva tecnología para duplicar personas que hubieran destacado en algún área de conocimiento en cualquier época de la humanidad. La idea era crear think tanks mezclando talento recuperado con talento contemporáneo, a ver si de la mezcla surgía una nueva visión que pudiese aportar luz a una época tan oscura como el siglo XXIV.
—Ya sabe, crisis ambiental, superpoblación, conflictos internacionales, colonias espaciales… Es complejo.
—Ya, ya…
Él había ganado el Premio Nobel en Química en 2031 por haber logrado la fotosíntesis artificial eficiente, y eso había valido ser seleccionado para el proyecto. También habían sido reencarnados, entre otros, Leonardo da Vinci, Marie Curie, Steve Jobs, Hedy Lamarr y Sakura Tanaka.
—No conozco a Sakura Tanaka.
—Sería imposible, es una artista sinóptica fallecida en 2150.
—Entiendo.
En realidad, no entendía nada. Ni siquiera sabía qué diablos era una artista sinóptica. Tampoco entendió nada cuando le dijeron que su cuerpo, aunque reproducido a su semejanza para que le resultara familiar, era una estructura robótica recubierta de piel híbrida, y que su memoria había sido regenerada mediante logaritmos a partir de todas sus publicaciones, artículos, memorias, documentales y resto de materiales disponibles.
El resultado era un ente prácticamente humano, que podía pensar y sentir casi como el original. Una virguería de la biomecánica y la ultrainteligencia artificial, que ya no se parecía en nada a la primitiva IA del siglo XXI. Aunque había fallecido con setenta y seis años, habían escogido reproducirle con cuarenta porque era una edad intermedia, ni muy joven ni muy mayor. De hecho, le habían puesto un poco más de pelo que en su aspecto original.
—Entonces… ¿Yo soy yo o no soy yo?
—Usted es bastante usted, pero no del todo, claro: a saber qué secretillos escondía que el algoritmo no pudo detectar.
—Qué barbaridad…
Le dijeron que tenía que descansar, y que iban enviarle al Instituto Darwin para el Desarrollo Científico, que disponía de una residencia muy confortable donde se alojaban todos los reencarnados, en el mismísimo tercer centro de la ciudad (había siete centros, en un radio de cien kilómetros). Se daba la paradoja de que el mismísimo Charles Darwin estaba alojado en el instituto que llevaba su nombre, bueno, no él, sino su duplicado, claro. A él, sin embargo, le habían regenerado con sesenta y cinco años para que luciese su barba blanca que todo el mundo reconocía.
Pensó que le trasladarían en algún tipo de vehículo sofisticado y autónomo, como había visto en las películas de ciencia ficción de su época. Pero en vez de eso le metieron en una cápsula acolchada y hermética, apenas sintió un impulso mínimo, un taponamiento de los oídos, y cinco segundos después la cápsula se reabrió en las puertas del Instituto Darwin. La persona que le recibió le informó que en ese tiempo había recorrido los 60 kilómetros que separaban el Instituto de la célula de Recuperación de Talento, que estaba en las afueras.
—¡60 kilómetros en 5 segundos! ¡Qué barbaridad!
Esa tarde, para entretenerles, les pusieron unos videos holográficos muy populares en el siglo XXIV, que se proyectaban individualmente desde un dispositivo diminuto situado en la oreja. No entendió nada, pero los residentes contemporáneos parecían estar muy divertidos y disfrutaban de lo lindo, muchos se reían. Los reencarnados seguían las proyecciones con cara de circunstancias. En un momento dado miró hacia su lado y cruzó su mirada con Walt Disney, que parecía tan despistado como él.
—A mí esto me deja frío —le soltó por lo bajini.
—A mí, congelado —le respondió Walt Disney.
Luego, todos compartieron una cena ligera elaborada a partir de cultivos retrovegetales, excepcionalmente sana, pero que no sabía a nada. Se preguntó si la comida era así de insípida o si las papilas gustativas reencarnadas no estaban bien logradas.
—Al contrario, son muy sensibles —le dijo un asistente.
—¿Y no tienen nada más sabroso? No se… unas chuletas, por ejemplo.
—Mañana, precisamente, hay chuletas quimisanas, pero saben a lo mismo. En realidad, le agradará saber que estas verduras (y también las chuletas, que no contienen ni una molécula animal), se consiguen a partir de una evolución de sus principios de fotosíntesis artificial.
—Qué barbaridad —respondió mientras se cuestionaba si su descubrimiento realmente había hecho avanzar a la humanidad o la había hecho retroceder.

Durante los siguientes días, a los reencarnados les hicieron una inmersión en la ciencia, la cultura y la sociología del siglo XXIV. Lo del asentamiento en Marte se lo esperaba, y lo del descubrimiento de la cura contra el cáncer también (Ariana Lund, su descubridora, fallecida a principios del XXIII, tenía su habitación en su mismo pasillo, y era una mujer encantadora). Pero todo lo demás no dejaba de sorprenderle, unas cosas para bien, algunas para no tan bien, y otras para no entender ni patata.
Por ejemplo, no comprendía nada de lo del metaaire reciclado de multipartículas, ni de los implantes orgánicos extrasensoriales, ni tampoco lo de la economía de base genética. Pero lo peor es que no pillaba los chistes, ni tampoco le cogía el punto a las conversaciones, que ahora eran mucho más breves y banales.
Había detectado que la gente perdía interés enseguida, y la única manera de contrarrestarlo parecía ser con una versión sintética y rápida del lenguaje que no dejara lugar a la dispersión. Un día, en la sobremesa, fue incapaz de descifrar una conversación telegráfica, que le sonaba a metralleta, entre varios miembros del instituto. El director, Mr. Lee Sánchez, se percató de ello:
—¿Le parecemos muy raros en este siglo, profesor?
—Al contrario, me temo que el raro soy yo. Esta es su época, no la mía. Es una evidencia que la humanidad en su conjunto avanza mucho más deprisa que cada uno de sus individuos. Algunos se adaptan durante más tiempo, pero al final todos pierden el paso. Yo, por ejemplo, me quedé en 2038.
—Ya. ¿Y cree usted que es por falta de capacidad?
—En absoluto, yo diría que es más bien por falta de interés.
—¿Interés?
—No se ofenda, pero su mundo de ustedes me la trae al pairo.
Si la respuesta había ofendido al director, este no dio ninguna muestra. Sonrío amablemente y continuó con su animado intercambio de monosílabos con sus colegas, incluso se contaron un par de chistes que él no entendió, pero que debían ser excepcionalmente graciosos a juzgar por la reacción de los contertulios.
Por otro lado, no debía ser la primera vez que alguno de los reencarnados mostraba su falta de sintonía con estos tataranietos de sus tataranietos. Por ejemplo, seguir los razonamientos verborreicos de Wittgenstein no era sencillo para alguien acostumbrado a frases no más largas de cuatro palabras, y Wittgenstein tenía fama de perder rápidamente la paciencia con los obtusos. Menudo carácter tenía, seguro que ya les habría soltado alguna fresca.
El resultado es que los think tanks no estaban dando los resultados esperados por el programa de Recuperación de Talento y el Gobierno Global parecía estar perdiendo la paciencia.
Hasta que un día les reunieron a todos en el salón de actos del Instituto Darwin y les dijeron que la autoridad máxima había decidido discontinuar el experimento. Agradecían a todos sus esfuerzos y su paciencia, pero próximamente serían regresados a su estado anterior. Les garantizaban que sería rápido e indoloro. La señorita se esforzó en ser simpática, pero, a pesar de su honesto esfuerzo, todo le quedó un poco raro, la verdad.
—Pero… eso es como matarnos, ¿no?
—Bueno, no exageremos. Técnicamente hablando, la mayoría ustedes llevan muertos cientos de años, así que sería más bien desconectarlos. Además, no nos damos por vencidos, quizá volvamos a intentar la reencarnación injertando costumbres contemporáneas, aunque el resultado no sea tan purista.
Se produjo un runrún en la sala.
«Vaya», pensó. No podía negar que regresar a su habitual inexistencia le parecía extraño. Estaba cogiendo cariño a algunos de sus colegas reencarnados: Einstein era un tipo muy gracioso, e Hipatia de Alejandría tenía una conversación estimulante, además de ser bellísima. Aunque lo cierto es que le habían reencarnado sin preguntarle. La primera vez que le encarnaron tampoco le preguntaron, pero entonces era un bebé con la mente por formatear y todo resultaba más natural. Ahora era un señor de setenta y seis años en un cuerpo de cuarenta, que tenía recuerdos de su vida anterior y la mente hecha a una forma de razonar.
En este siglo XXIV todo le parecía difícil de comprender, o simplemente aburrido de comprender. Ya los últimos años de su primera vida le habían parecido complicados. Además, desde que había llegado había echado en falta las tardes de vino con su amigo Beltrán, el cariño de su hijo Pascual y a Lucilda, su esposa, que tanto le había ayudado a desarrollar su investigación sobre la fotosíntesis artificial y que, además, tenía un atractivo lunar en el escote. Estar vivo sin ellos era entretenido, pero no tenía el mismo aliciente, y a veces le volvía melancólico.
Miró a su alrededor, y la mayoría de los semblantes estaban tan tranquilos como el suyo. Aunque había otros que parecían más peleones. El Ché Guevara dijo: «¡Prefiero morir de pie que vivir de rodillas!». John Lennon cantó: Give peace a chance! Y Primo Levi sentenció: «¡La resistencia es lo que hace al ser humano humano!» Sin embargo, Galileo Galilei, que estaba a su lado, se limitó a exclamar:
—¡Qué barbaridad!
Él no respondió nada y sonrío hacia sus adentros. Lo cierto es que desde que había llegado todo le había parecido una barbaridad, pero de todas las barbaridades, esta al menos le parecía la barbaridad más comprensible.