Hay noches en las que un concierto deja de ser un concierto y se convierte en otra cosa. No es solo la música, ni la coreografía ni la escenografía milimetrada. Es una sensación más difícil de nombrar: la de estar asistiendo a un fenómeno que desborda el escenario, que no se agota en el aplauso final y que, de alguna manera, organiza el mundo a su alrededor. Una especie de revelación contemporánea. Algo que se parece a una institución cultural.
Eso es lo que flotaba en el ambiente durante las noches de Rosalía en el Movistar Arena, dentro del Lux Tour. Y lo que reprodujeron decenas de crónicas. Jesús Ruiz Mantilla, por ejemplo, recurrió en el diario El País a una comparación cargada de historia: aquella frase con la que Jon Landau describió a Bruce Springsteen en 1974: «He visto el futuro del rock and roll», dijo entonces el mánager. Y se quedaba corta. Porque lo de Rosalía, sugería, «salta la barrera de cualquier género» y se aproxima «al ideal wagneriano del espectáculo total».