La relación entre las mujeres y las bicicletas ha sido siempre más estrecha de lo que parece, lo que no significa que no estuviera plagada también de obstáculos —como suele suceder, por otro lado, en todo lo relacionado con las féminas—.
Las periodistas Ana Bulnes, Raquel C. Pico y María Ramos Domínguez han querido profundizar en esa historia de amor entre las dos ruedas y las mujeres en su libro Señoras en bicicleta, publicado por Sushi Books, que, por el momento, está solo en gallego.
La chispa saltó del lado de Ana Bulnes, que mantiene una newsletter desde hace años donde, entre otras cosas, suele poner de relevancia a protagonistas femeninas que, a pesar de haber hecho cosas increíbles, la historia se ha empeñado en olvidarlas o arrinconarlas para situarlas a la sombra de sus coetáneos masculinos.

«Me llamaba la atención que, muchas veces, sobre todo cuando hablaba de mujeres de finales del siglo XIX, de la década de los noventa, o principios del XX, si había alguna conexión sufragista o algo así, aparecía la frase de “… y fue la primera mujer en andar en bicicleta en su pueblo”, pero así, como una cosa extra». Entonces empezaron a aparecer las preguntas, que luego trasladaría a sus compañeras, y que motivaron la escritura de este libro: «Y esto ¿desde cuándo será? ¿Desde cuándo hay bicis? ¿Y desde cuándo las mujeres andamos en bici?».
En realidad, como resume Raquel C. Pico, ese interés de las tres por rebuscar en la historia y hablar de ellas y no de ellos tiene que ver con la necesidad de buscar referentes, esos que ellas mismas no encontraron en su época de estudiantes (y tampoco en la universidad) y que, sin embargo, están ahí. Solo hace falta querer buscar y querer saber.
Bicis para ellos, bicis para ellas
La bici, antes de ser bici, fue una draisiana, un modelo sin pedales (similar a la que ahora utilizan los niños pequeños antes de aprender a montar) que enseguida conquistó al público. Su creador pronto pensó en la mujer como usuaria de su invento y empezó a diseñar algunos modelos ideados para ellas, aunque, eso sí, solo como pasajeras. Eso ocurrió en 1817. Un año más tarde, ya existían modelos femeninos pensados para que ellas pudieran montar solas sin la compañía de un hombre.
Sin embargo, a medida que la bicicleta, ya con sus pedales y más parecida a como la conocemos hoy en día, iba haciéndose más popular entre las féminas, pronto empezaron a surgir voces que, sin prohibírselas, sí intentaban apartarlas de su uso.

Y lo hacían a través de artículos médicos donde se las advertía de las consecuencias negativas que subirse en dos ruedas iba a tener para su salud (la misma advertencia para los hombres, por otro lado, pero con menos énfasis), su sexualidad (la bicicleta les provocaría infertilidad) e incluso su apariencia física («se te pondrá cara de bici»).
Negocio, moda y reputación
¿A qué se debía entonces esa aparente incongruencia? ¿Y por qué, a pesar de todas esas advertencias y amenazas, cada vez más mujeres las usaban?
Ana Bulnes cree que hay varios motivos. Uno es el económico: el objetivo de los fabricantes era vender sus bicicletas, y daba igual de qué sexo era el comprador. Muy en especial en la última década del siglo XIX, cuando se hicieron tremendamente populares y abarataron los precios.
A ello, explica Bulnes, también contribuyó el debate que surgió entre los propios médicos que publicaban sus artículos en los periódicos en contra del uso femenino de la bici y los que, con algún reparo, sí creían en el beneficio de las dos ruedas para la salud de la mujer. Estos últimos habían observado que el sedentarismo, que hasta ese momento se pautaba como remedio contra la histeria y los nervios para damas de clase alta, no era tan beneficioso como se pensaba. Bastaba contrastarlo con la vida mucho más activa de las mujeres del campo, por ejemplo, que no sufrían estos males.

Otra razón por la que los ataques a las mujeres que las utilizaban no fueran tan virulentos como en otros aspectos fue que muchas de las precursoras eran mujeres de clase alta. ¿Cómo se iba a llamar fresca, casquivana y otras lindezas a damas de tan altas esferas? Además, que aquellas burguesas y nobles utilizaran la bicicleta la convirtió en algo de prestigio y la hizo muy popular, muy de moda.
Y, por último, el feminismo, que pronto vio la libertad de movimiento que una bicicleta otorgaba a la mujer y la reivindicaron como suya.
«También hay que tener en cuenta que la bicicleta sirvió como medio para ganarse la vida a una clase social de mujeres que estaba buscando, además, distintas vías de ingresos», añade María Ramos Domínguez. Y no solo a mujeres trabajadoras, sino también a esas de clase media que empezaron a llamar la atención haciendo exhibiciones o participando en competiciones deportivas por las que ganaban dinero. Dos ejemplos de ello fue Louise Armaindo y Elsa von Blumen.

«A mí también me llamaba mucho la atención que, por ejemplo, quienes las usaban en España en la década de la época dorada de la bicicleta para ir a trabajar eran las actrices de Madrid. Porque, claro, cuando eras actriz ya tenías cierta reputación. Entonces ya podías hacer un poco lo que te daba la gana porque no tenías el problema de lo que fuesen a pensar de ti», señala Pico.
«A la liberación se llega pedaleando»
A pesar de las reticencias y las resistencias que las mujeres encontraron cuando empezaron a utilizar la bici como medio de transporte y herramienta de trabajo, ya no había manera de bajarlas de las dos ruedas.
Aquel artilugio adquirió pronto un valor simbólico para ellas, el de la libertad, que las primeras feministas y sufragistas supieron ver enseguida y llevárselo a su terreno. En bici, no necesitabas a un hombre que te llevara y te trajera, tú sola podías ir donde quisieras y cuando quisieras sin tener que dar explicaciones. Y eso facilitaba también los actos reivindicativos y de lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres. Tanto es así que dos históricas activistas norteamericanas, Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony, acuñaron la frase «A la liberación de la mujer se llega pedaleando».

Raquel C. Pico destaca cómo la utilizaron las sufragistas británicas para sus actividades reivindicativas. Quién podría pensar que aquellos grupos de señoras bien que pedaleaban alegres y juntas para hacer sus pícnics en la campiña inglesa, en lugar de sándwiches, pastas y té podían llevar ocultas en sus cestas bombas con las que alterar el orden y llamar la atención. La bici se convertía para ellas en la perfecta coartada para sus luchas.
«Y, además, con esas excursiones, lo que hacían también era llevar sus reivindicaciones y su movimiento más allá de Londres o de donde estuviesen, porque con la bici podías ir a otros lugares. Y allí a donde tú ibas a hacer tu pícnic, a ver un pueblo pintoresco, etc., pues hacías tu pequeño mitin contando tus cosas».
Deporte y espectáculo
A la vez que la bicicleta se fue haciendo cada vez más popular y llegó a todas las clases sociales, empezaron a nacer las primeras competiciones deportivas, aunque en las últimas décadas del siglo XIX, ese deporte se entendiera más como un espectáculo. En este terreno, también las mujeres tuvieron presencia, eso sí, mucho más residual y más consideradas como rarezas, como fenómenos de feria que exhibían sus extrañas habilidades con las dos ruedas, que como atletas.
«Efectivamente, la participación de la mujer fue residual comparada con la del hombre, pero sí que había mujeres que participaban en esta fase de espectáculo —explica María Ramos Domínguez—. Cuando se empezaron a hacer las carreras más deportivas al uso, como las conocemos ahora, ahí es cuando ya se vio que desaparecían las mujeres».

Las grandes carreras ciclistas, o no tenían versiones femeninas o, si las tenían, era de forma muy discontinua. Se imponía —como aún sucede en ciertas esferas— el discurso de las distintas capacidades de mujeres y hombres, por supuesto, inferiores las de ellas, que opacaban la espectacularidad de las competiciones.
A pesar de todo, siempre hubo mujeres que participaron en estos eventos mitad deportivos, mitad espectáculo. Algunas, incluso, se convirtieron en auténticas estrellas que ganaban muchísimo dinero con sus carreras. Una de ellas, Louise Armaindo, llegó a ganar 120.000 dólares de la época en premios, algo nada desdeñable en absoluto.
Al público le gustaba ver esas rarezas, y la competición entre las pocas que brillaban en ese terreno despertaba el morbo de las masas al verlas pelear por ese estrellato. Por no decir que había un elemento estilístico muy importante, porque la moda también jugaba aquí un papel fundamental, donde ya se habían creado prendas específicas para el uso de la bicicleta.
«Entonces, tampoco se puede minimizar lo que hacían, decir que no tenían relevancia o que tenían una menor importancia, porque realmente movían dinero y movían gente —remarca Ramos—. Esto se fue mitigando a medida que esa visión de deporte espectáculo fue decayendo. También cambiaron los modelos de bicicleta; muchas pasaron al circo y demás. Y luego también es otra tendencia que, cuando las cosas se profesionalizan, las mujeres suelen desaparecer». Y el ciclismo no escapó a esa cuestión.

Raquel C. Pico apunta también a otra razón para esa invisibilización de la mujer en ese deporte: en algunas competiciones el reglamento prohibía expresamente su participación. El Giro de Italia fue una de ellas. Se abría otra lucha más, esta vez en el terreno deportivo, donde pequeñas victorias y muchos fracasos se alternaban en función de los intereses del momento.
El Giro, por ejemplo, les permitió correr justo después de la Primera Guera Mundial, debido a las enormes bajas masculinas producidas durante la contienda. Alfonsina Estrada fue la primera mujer en participar en aquella competición en 1924. Hubo una ocasión posterior en las que se aceptaron inscripciones femeninas en esa popular carrera. Ocurrió cuando los ciclistas masculinos se plantaron para exigir mejor remuneración. Ante la pérdida del negocio que suponía que el Giro no se celebrara, decidieron permitir que las mujeres se inscribieran. Un año después, con los conflictos solucionados, el veto a las féminas volvió a imponerse.
Señoras en bicicleta hoy
A pesar de lo mucho que hemos avanzado como sociedad en estos últimos dos siglos, aún hoy siguen observándose sesgos de género en el uso de la bicicleta cuando la que da pedales es una mujer.
En lo deportivo, las carreras ciclistas femeninas siguen siendo una rareza que está invisibilizada. ¿Cuántas veces hemos escuchado hablar en programas deportivos o en medios de comunicación de la Vuelta a España femenina que ha tenido lugar hace escasos días?
Además, la infraestructura que se crea alrededor de una carrera ciclista masculina frente a una femenina es totalmente distinta. En el caso de las mujeres, las medidas de seguridad no son tan altas, los patrocinios son escasos o de poca aportación económica, si los hay, e incluso el valor de los premios es muchísimo menor. Por poner un ejemplo, el ganador del último Tour de Francia se embolsó 500.000 euros, frente a los 50.000 de la ganadora de la versión femenina.
Fuera del terreno deportivo, el ocio también conserva sesgos discriminatorios que no siempre sabemos ver. Comentarios sobre la manera de montar, la forma de vestir y otros micromachismos siguen estando a la orden del día. Y si nos vamos al terreno de los viajes, en el cada vez más popular cicloturismo, se hace más evidente. Las precauciones que una mujer debe tomar, en especial cuando viaja sola, no son las mismas que las de un hombre.

Referentes
En Señoras en bicicleta, las tres autoras hablan de muchas mujeres que destacaron, por una razón u otra, en este ámbito. Pero es inevitable que cada una de ellas tenga su favorita.
Para María Ramos Domínguez, su principal referente está en su propia familia: su prima Maruja, de 90 años, a la que su padre compró una bicicleta siendo adolescente para que le ayudara en el reparto del correo por su pequeño pueblo de Galicia. «Tantas décadas después, todavía recuerda esa felicidad que le daba ir con la bicicleta que ella bautizó como la Carolina. Creo que simboliza muy bien el impacto que tenía este medio de transporte para una mujer del rural gallego de los años 40».
Ana Bulnes se queda con la figura de Dorothy Richardson, una escritora británica que fue considerada en su momento como una de las renovadoras de las letras inglesas, junto con Virginia Woolf y James Joyce (aunque hoy está prácticamente olvidada). Richardson, explica Bulnes, escribió su propia historia en una serie de libros a los que tituló Pilgrimage a través de un alter ego. En el cuarto de la serie, la protagonista aprende a montar en bicicleta, y la periodista recuerda con especial agrado la lectura de esos pasajes y las emociones que el personaje describe alrededor de la bici.

Escoger una en concreto le resulta difícil a Raquel C. Pico. Obligada a elegir, se queda con Annie Londonderry, periodista, ciclista y aventurera norteamericana que decidió dar la vuelta al mundo en bici como respuesta rebelde al comentario que escuchó de un hombre que aseguraba que una mujer jamás podría hacerlo. Para la coautora de Señoras en bicicleta, Londonberry fue una genio del marketing, del posicionamiento y de la marca personal: ama de casa con tres hijos, decide aprender a montar en bici, dejar su casa y lanzarse a recorrer el mundo, convirtiéndose en toda una celebridad mundial y contando después unos relatos fantásticos de su viaje.
En todas estas historias, y en otras que las tres periodistas narran en su libro, hay un sentimiento común cuando están subidas a una bici: la libertad que les regala y la emoción de sentirla, perdón por el chiste fácil, entre las piernas.