Imagina una obra en Granada en pleno bum del ladrillo. No hay oficiales de primera, solo jornaleros del campo que nunca han cogido una paleta. En lugar de llevarse las manos a la cabeza ante las paredes torcidas, Víctor López Cotelo se inventó una técnica que desmonta de golpe la solemnidad de su Premio Nacional de Arquitectura: el ladrillo guarrón.
El método era tan básico como liberador. «Usted lo pone, echa el mortero encima y, con el siguiente, ¡paf!, lo aplasta». Sin mirar atrás, sin buscar la línea recta. Aquel lienzo imperfecto, rugoso y vivo se secó, recibió una mano de cal blanca y hoy los paseantes lo confunden con un muro noble del siglo pasado. Es la perfecta declaración de intenciones de un creador indómito. La arquitectura de López Cotelo no nace para la foto inmaculada de una revista o el aplauso efímero de una red social, sino para ser gastada por los zapatos, por el sol y por el tiempo.

La entrega del Premio Nacional de Arquitectura tuvo como escenario la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Granada; un giro del destino casi lírico al tratarse de un edificio que él mismo rehabilitó años atrás. Al ser homenajeado dentro de los muros que él mismo pensó, López Cotelo se desmarca de cualquier atisbo de ego. «Al volver a un espacio propio tiempo después, ya no se ve como una obra de uno mismo, sino que se contempla con distancia, como si fuera la creación de otro o algo que simplemente forma parte del entorno».
Para él, lo verdaderamente hermoso es descubrirla otra vez, ver a la gente trabajando y moviéndose por el espacio de forma normal. «En ese momento se deja de ser el arquitecto que vigila si el obrero pule bien o mal y se pasa a ser un visitante más que constata cómo el edificio sigue vivo 15 años después».

En una ocasión se encontró con un edificio Frankenstein de diez construcciones inconexas donde varias ampliaciones sucesivas habían dejado, por absurdo que suene, dos escaleras pegadas la una a la otra. Es el debate ante la duda de dónde trazar la línea entre la huella del pasado y la necesidad de intervenir con un lenguaje contemporáneo. «Al final, nuestro trabajo no consiste en trazar líneas dogmáticas entre el pasado y el presente, sino en aplicar una suerte de medicina inteligente que cure el hígado del edificio sin estropearle la vista».
La vida real
En una era obsesionada con el impacto visual inmediato y los renders inmaculados que nunca se manchan, López Cotelo se mantiene firme junto a las tesis que defienden que la verdadera esencia del ser humano consiste en habitar, lo que significa que la vida siempre debe ir antes que el plano. El arquitecto critica con dureza los vicios de la profesión.«Hay quien piensa que la vida está hecha para meterse en la arquitectura, de modo que diseñan primero el edificio y luego dicen «ahora, que entren»; mientras que a otros el entorno les resulta indiferente y levantan ocho plantas en un mes solo por rendimiento técnico».

Frente a esto, su alternativa es pensar primero cómo es la vida y, desde ahí, hacer la arquitectura para que la acoja. Bajo esta premisa resulta idéntico diseñar un gran hospital, la Filmoteca Española o un pequeño grupo de viviendas sociales en Santiago de Compostela, esas mismas que le valieron un prestigioso premio casi sin enterarse, porque ni siquiera se había presentado voluntariamente. «Lo importante nunca es el tamaño del encargo, sino saber leer la escala, el ruido, los vecinos y el paisaje».
El método del espejo
Donde López Cotelo se muestra más indomable es al abordar su faceta como docente, una labor que ejerció durante décadas en Madrid y en la Universidad Técnica de Múnich. Allí enseñó a los alumnos el valor de la construcción sólida, pero también los previno contra el peligro de las modas.
Su método para lidiar con los estudiantes que llegaban resabiados o deformados por las tendencias de las revistas era tan directo como implacable.

Al inicio de cada curso, frente a un auditorio abarrotado por mil alumnos, su carta de presentación era una declaración de intenciones demoledora: él no les iba a enseñar nada. Su objetivo no era enseñar, sino conseguir que ellos aprendieran, que es algo muy diferente. Su único truco consistía en ponerles un espejo delante cada vez que venían a corregir. Si el alumno salía corriendo o se metía debajo de la mesa, al llegar abajo se encontraba de nuevo con el espejo para obligarle a verse a sí mismo.
Su otra gran batalla pedagógica consistía en extirpar el capricho personal, saboteando los deseos de los estudiantes al intercambiar los proyectos a última hora. «De este modo, les demostraba que un arquitecto no hace lo que quiere, sino lo que corresponde, obligándolos a aprender a pensar para resolver cualquier circunstancia y a entusiasmarse con ella».

El paso del tiempo
Al repasar su trayectoria, queda claro que para López Cotelo no existen proyectos menores, sino una constancia casi artesanal. Una de sus obras más queridas estuvo paralizada durante 20 años por problemas ajenos a su control. Y, lejos de abandonarla, la retomó recientemente con un nuevo promotor para terminarla, respetando la mismísima idea con la que arrancó dos décadas atrás.

Este arquitecto ha entendido como pocos que su disciplina no es una tómbola donde se depende de la suerte, sino un pacto de respeto mutuo en el que hay que saber decirle a quien paga que se ocupe del negocio, que él ya se ocupa de la arquitectura. Su legado no se mide en monumentos llamativos, sino en la honestidad de quien decide caerse del caballo de las teorías académicas para empezar a construir espacios reales.

Al final, su gran lección es que «el verdadero triunfo de un arquitecto no es levantar muros perfectos, sino crear lugares donde los seres humanos, simplemente, puedan vivir en paz».