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Parir, el superpoder maldito de las mujeres que creó el patriarcado

Ana Bernal-Triviño raiz del poder

Todo tiene un comienzo, y la desigualdad entre hombres y mujeres no es una excepción. ¿Cuándo y cómo nació eso que hoy nos están convenciendo de que es feo decir y que se llama patriarcado? ¿Dónde tiene su raíz? Para encontrar la respuesta, es necesario repasar la historia de la humanidad hasta sus orígenes. Y eso es lo que ha hecho la periodista Ana Bernal-Triviño en su ensayo La raíz del poder. Una historia de la desigualdad, publicado por Espasa.

Lo del poder, explica, debe entenderse en su máxima expresión, no solo como un reflejo de posición y jerarquía, «sino el poder hacer y el poder ser, que esa es la invisibilidad». La misma que sigue vigente hoy y que comprobamos, por ejemplo, cuando se inaugura el inicio del curso judicial; o que no haya habido aún ninguna mujer dirigiendo el Concierto de Año Nuevo de Viena.

«Ese tipo de situaciones —explica Bernal-Triviño— tienen que ver con esa incapacidad milenaria que no por biología ni por decisión propia, sino por una decisión de todo el sistema y de todo el conjunto social, hace que a todas las mujeres, desde hace un milenio, cuando empieza a surgir el patriarcado, les impiden ser: desde no tener su propio nombre, a depender completamente de un tutor, del marido o del hermano; a no poder hablar (porque las mujeres no eran admitidas en el espacio público como actoras independientes y con agencia propia para poder hablar salvo casos muy excepcionales que encontramos siempre vinculadas como esposas o madres de algunos líderes). No existe esa figura».

Ana Bernal-Triviño raiz del poder

Parir, el superpoder femenino que ansiaban dominar los varones

¿En qué momento exacto un hombre pensó que era superior a una mujer y una mujer aceptó supeditarse a un hombre? ¿Cuál fue el detonante de esa relación desigual que venimos arrastrando desde poco después de las cavernas hasta hoy? Buscar una fecha exacta o un acontecimiento concreto que lo justifique es imposible.

Si atendemos a lo estudiado por antropólogos, arqueólogos, historiadores…, se trató, en realidad, de un proceso paulatino que, poco a poco, fue cambiando las costumbres y las culturas. Cabe la tentación de pensar que esto nació en la Prehistoria, por el imaginario de hombre cazador y mujer cuidadora y recolectora que se nos ha transmitido, aunque las excavaciones arqueológicas y el hallazgo de restos óseos hasta el neolítico demuestran que esas jerarquías no existían.

«Había un instinto de supervivencia y, por lo tanto, se miraba por un bien común y por la supervivencia del grupo. Se ha documentado que había mujeres que cazaban, y si ellos tenían que cuidar o hacer otro tipo de labores, también lo harían», opina Bernal-Triviño.

Sin embargo, los roles empiezan a cambiar a partir del Neolítico, que, según evidenció la historiadora Gerda Lerner, es cuando empiezan a nacer los estados y nacen las primeras leyes que los articulan. «En ese periodo desde el Neolítico a la Edad de Bronce, y que termina con esa creación de los estados, queda claro que hay una apropiación de la capacidad sexual y reproductiva de la mujer. Es decir, la opresión de la mujer viene por que cumpla su papel de la maternidad; y la que no lo cumple queda al margen: repudiada o explotada sexualmente».

Ahí es donde empieza a formarse esa bola de nieve de la desigualdad y un relato que aún hoy vemos claramente en ciertas tertulias y no pocos titulares en periódicos e informativos: el de la buena y la mala mujer, la buena o mala madre, la buena o mala hija, incluso la buena o mala víctima.

Ana Bernal-Triviño raiz del poder

«Y ese relato se empieza a crear porque la mujer no obedecía con su misión de la maternidad y queda excluida de la sociedad. Eso ocurría porque se estaban creando unos estados; esos estados necesitaban continuar con sus linajes, y esos linajes acumulaban un patrimonio». De ahí la necesidad de tener descendencia a la que legarlos, varones, por supuesto. El único obstáculo insalvable para ellos lo ponía la biología:  la capacidad de parir solo la tenían las mujeres. Dominar y controlar esa capacidad que la naturaleza les había negado a ellos se convirtió en fundamental si se quería ampliar y sustentar esos nuevos estados que surgían y las leyes que los organizaban.

«Los intentos del hombre de apropiación de esa capacidad sexual y reproductiva no han significado el uso de la libertad para las mujeres ni el empoderamiento para ellas. Ha sido siempre la limitación de sus derechos: controlar el aborto, la creación de vientres de alquiler… Sócrates decía que el paría ideas, o Zeus, que había engendrado a Atenea. Siempre ha existido ese relato de la apropiación de ese proceso, en la medida de que lo han tenido todo, pero había algo que nunca iban a ser capaces de conseguir».

Esos relatos que parecen hoy superados son los que sustentaron posteriormente los intentos de regular y decidir la capacidad de la natalidad y sobre su propio cuerpo de las mujeres. «De hecho, tiene mucha relación con ello lo que vemos en torno a la violencia vicaria o los casos de custodia. Esa capacidad que tienen algunos hombres de matar a sus hijos no va muy desvinculada de ese pensamiento milenario que encontramos en Grecia y en Roma, cuando una vez que nacía la criatura, el padre la cogía en brazos y decidía si la aceptaba o la dejaba en el suelo indicando que no le interesaba».

«Ese validar o no validar a la criatura de Grecia y Roma tiene mucho que ver con lo que vemos ahora en redes de esas fiestas para desvelar el sexo del bebé y salen padres muy enfadados porque el color es rosa y ellos esperaban el azul. Seguimos viendo cosas hoy que tienen su explicación lógica, que es una construcción educativa, social y cultural donde el predominio del varón era y es para algunas familias y hombres lo importante. Tampoco es baladí cuando nos llegan de los estados más ultras las ideas de empezar a cuestionar el voto de la mujer para determinar que el voto sea uno por núcleo familiar, y que esa decisión vuelva a ser del hombre».

El mito y la religión

Ese dominio masculino sobre las mujeres necesitaba estar justificado no solo con acciones políticas y legislativas. En su auxilio llegaron los mitos primero (en Grecia y Roma, especialmente) y las religiones. Todo sumaba para imponer esa batalla cultural, y la mitología y los dioses, como doctrina religiosa, pero también a través del teatro y la literatura, eran una vía muy práctica de que esos principios llegaran y calaran en las masas, haciéndoles entender, además, cuáles serían las consecuencias para quienes osaran desafiarlos.

Los dioses griegos y romanos servían de ejemplo y justificación de cómo debían regirse los mortales. Ellos, dominando el espacio público. Ellas, aprendiendo a obedecer, entendiendo por qué debían casarse y por qué eso era fundamental para su existencia, encontrando la justificación para su entrega en las Lupercalias… «Todas esas fiestas tenían un sentido dirigido a la maternidad, a la procreación, al concepto de familia —aclara la periodista—. Todo eso no es baladí, porque nadie puede llegar a cuestionar lo sagrado».

Ana Bernal-Triviño raiz del poder

Para ella hay un punto de inflexión, que surge cuando esas religiones politeístas empiezan a desaparecer: el nacimiento del cristianismo. «En esa disolución del movimiento politeísta surge una figura como Jesús de Nazareth, y todo cambia cuando nace esa religión», creándose el espejismo de la liberación para las mujeres, porque aquel primer cristianismo se ejercía en el ámbito doméstico, que era el de ellas.

Pero cuando esa nueva religión se convierte en mayoritaria y entra en el terreno político con el emperador Constantino, se patriarcaliza: sale del ámbito doméstico y privado (el de la mujer) y se instala en el público. Y ese espacio pertenecía al hombre.

Y de aquellos polvos, estos lodos

Un sistema patriarcal así de arraigado desde hace milenios resulta muy difícil de erradicar. Y aunque es verdad que estamos mucho mejor y han caído ciertos relatos, el principal sigue siendo muy poderoso y muy fuerte.

Cada vez que hay un avance en la igualdad de hombres y mujeres, surge un movimiento reaccionario en contra y muy potente, que es justo el momento en el que nos encontramos.

Y no es una cuestión de luchar contra la tradición, o no toda ella, al menos. «De la tradición tenemos que aprovechar aquello que nos conecte con nuestras raíces y que nos ayude a explicarnos como sociedad. Y a partir de ahí, todo lo que sean estructuras limitantes de esa tradición, cuestionarlas y desecharlas», sugiere la autora de La raíz del poder.

«El problema —dice— es cuando tú la cuestionas, simplemente planteando la línea del debate, y no se deja. O surge una reacción —una ira incluso— sencillamente contra ese cuestionamiento. Ahí es cuando se muestra la debilidad de una sociedad que lo que quiere es seguir reproduciendo el mismo sistema porque vive cómodamente bajo ese prisma y bajo un ángulo en el que las sociedades necesitan un guion, saber hacia dónde ir. En el momento en que mueves esa base surge el miedo. Y es natural que surja, pero el problema es quedarse ahí anquilosado y no avanzar».

Ana Bernal-Triviño raiz del poder

Para Ana Bernal-Triviño estamos hoy en un punto muy delicado: «ahora hay mucha más imposibilidad de cambiar esa tradición porque pone en cuestión ya no solo derechos civiles, sino cuestiones del ámbito privado, y de cómo nos relacionamos en él no solo en asunción de responsabilidades, sino también en la propia cama. Y eso implica limitaciones no sobre los derechos de la mujer, sino también para los propios varones. Y para el crecimiento de una generación que debería ser más libre».

En su lugar, afirma, se está produciendo un giro hacia el sentido contrario, donde a las tradiciones se las nombra con nuevas etiquetas, aunque son, en realidad, los mismos pensamientos milenarios. El body count, por ejemplo, que viene a decir que la mujer que ha tenido muchas relaciones sexuales con distintos hombres pierde su valor, es una de esas nuevas denominaciones que, en realidad, remite al mismo pensamiento que hablaba de la virginidad de Lucrecia y del concepto de honor del hombre. O el planteamiento de la tradwife, que no se diferencia mucho de lo que nuestras madres y abuelas vivieron bajo la sección femenina del franquismo o con el concepto de matrona de la Antigua Roma.

«Se ponen nuevos conceptos a tradiciones que son antiquísimas para, de alguna manera, llegar a nuevas generaciones. Y eso es consecuencia de la falta de memoria histórica en la sociedad, que impide ver que son conceptos antiguos muy anquilosados y muy limitantes. Te lo venden como algo moderno cuando es un pensamiento muy antiguo que de libertad tiene poco».

La explicación

¿Cuál es la razón, entonces, de esta marcha atrás? Para la periodista confluyen muchas cosas.

Por un lado, las redes sociales están ayudando sobremanera a difundir este tipo de mensajes contra la igualdad entre sexos. «Y yo siempre digo que hay que mirar y tener cuidado con quién te lo está vendiendo». El ejemplo claro para ella es Erika Kirk, la viuda de Charlie Kirk, que tras el asesinato de su marido ha pasado a manejar las millonarias donaciones que ha recibido su fundación y se pasea por las universidades americanas para decirles a las estudiantes que dejen la carrera porque el título más importante de la vida es ser madre y ama de casa. Pero ella, con titulación universitaria, ni se ha quedado en casa cuidando de sus hijos ni es el paradigma de lo que entendemos como ama de casa. Un ‘consejos vendo que para mí no tengo’ de manual.

Ana Bernal-Triviño raiz del poder

«Y esto lo podemos trasladar a otras muchas mujeres que se erigen como líderes diciéndoles a las demás lo que tienen que hacer, pero ellas viven de otras situaciones mucho más acomodadas —aclara Ana Bernal-Triviño—. El peligro de todo esto es que termine calando en una generación joven que carece de esa estructura de contexto, donde, además, se les están ocultando otras realidades. Lo único que va producir es una generación de mujeres dependientes. Y eso da un poco de pavor, porque acabarán en situaciones de violencia y les va a ser imposible salir de ahí».

Por otro lado, está el hacer culpable al feminismo de la sobrecarga de trabajo de las mujeres, un ejemplo que las jóvenes ven en sus madres y que no quieren reproducir en sus vidas. En lugar de trabajar por alcanzar modelos de conciliación y flexibilidad que permitan a las personas desarrollarse personal y profesionalmente con un reparto equitativo de tareas, el patriarcado ha conseguido imponer ese otro relato.

Esa demonización del feminismo forma parte de ese relato machista que impera en las redes sociales y que está calando entre los más jóvenes. Para la periodista, esos señores que se esconden detrás de esos mensajes pertenecen a grupos ultraderechistas muy bien financiados económicamente

«Hay una cuestión económica, hay dinero detrás, y ese dinero es intocable. Hay un negocio también detrás de todo eso. Y en estos últimos cinco años [tras la pandemia] esa batalla se ha recrudecido, y han sido años muy intensos de degradación y criminalización de lo que supone el feminismo, presentándolo ante esa juventud como algo de lo que hay que huir».

El futuro, cree Bernal-Triviño, se presenta negro. «Yo no puedo ser positiva en ese sentido, porque he visto toda esa reacción descomunal, ya no solo en un cuestionamiento muy pronunciado sobre las víctimas, sobre las denuncias, sino un cuestionamiento del feminismo en general. Tú ves que ahora los libros más vendidos tienen que ver más con temas de ultraderecha o con cuestionamientos de violencia de género, y te das cuenta de que ellos han calado. Nos están ganando esa batalla cultural. Ellos no son bobos, saben que hay un proceso cognitivo con el que hemos crecido y es mucho más fácil decirle a nuestra mente “sigue con estructuras heredadas” que “haz un esfuerzo para provocar ese cambio”».

Ana Bernal-Triviño raiz del poder

Por ello, se siente muy pesimista ante lo que viene. Incluso los propios conceptos del feminismo, como machismo o patriarcado, han sido cargados de connotaciones negativas que hace que dejemos de usarlos. «Han desprestigiado tanto nuestro marco interpretativo que tenemos que buscar otra serie de palabras para llegar a la mayoría de la población. Y, a la vez, tenemos la tendencia a no querer reconocer el machismo impregnado en todas las estructuras del poder. Veo continuamente cómo a los maltratadores se les llama monstruos o seres aislados o psicópatas con tal de no pronunciar la palabra machismo, que es la raíz del problema».

Luchar contra eso y cambiarlo va a ser complicado, opina la periodista. «Desde el momento en que la ultraderecha ha entrado en el parlamento, se está legitimando y dando altavoz a ese discurso. Y estamos en una sociedad en la que se está hablando de polarización cuando yo no la veo. Yo estoy hablando de respetar derechos humanos o ir en contra de ellos, y no es lo mismo. Y se está hablando de pensamiento único, cuando de lo que estamos hablando es de derechos humanos. Continuamente ves cómo ese marco común que nos habíamos dado como universal se está devaluando. Y ahí, obviamente, entra el feminismo».

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