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Chucho McMemo o cómo vivir de tu mascota en internet

«Por mí, como si lo llaman Chucho McMemo. Eso sí, los cheques a mi nombre». Así responde Homer en el capítulo 310 de Los Simpson, ese en el que los guionistas John Frink y Don Payne repiten un clásico de la serie de Matt Groening: adelantarse a los acontecimientos.

La brecha tecnológica es la única gran diferencia entre Espumito McDuff (nombre comercial de Pequeño Ayudante de Santa) en 2003 y el chihuahua Tuna en 2016: Instagram, el reino de Tuna, no apareció hasta siete años después de la emisión del capítulo. En Old Yeller Belly (Mi fiel cobardica en España) el galgo era invitado a programas de entrevistas y participaba en la firma de su propio libro (Yo, Espumito); idéntica trayectoria a la del chihuahua que demuestra que el mundo se da la vuelta a sí mismo en su propio delirio.

¿Se puede vivir en 2016 de un chihuahua con la mandíbula inferior subdesarrollada y una sobremordida exagerada? Decía Umberto Eco que la fealdad es infinita porque se trata fundamentalmente de un error de sintaxis: las maneras de construir una frase de forma correcta son las que son, pero las de hacerlo mal son infinitas. Al final, la vida es una aplastante derrota tras otra hasta que acabas deseando que se muera Flanders, pero también resulta ser una sucesión de acontecimientos que le dan la razón a Umberto Eco una y otra vez. Basta con estudiar el caso de Courtney Dasher, la mujer que adoptó a Tuna en 2011.

Tuna y Dasher han conseguido decodificar Matrix; Internet no tiene secretos para ellos. La cuenta de Instagram que creó en 2012 para su perro ha pasado de los 375.000 seguidores de los que hablaba el Daily Mail un año después, a los casi dos millones de hoy. Dasher, que entonces trabajaba en un estudio de diseño y tenía su propia empresa, en la actualidad se dedica exclusivamente a gestionar el exigente imperio de un chihuahua; incluye página web, línea de productos propia y un libro con el que viajaron por todo Estados Unidos y parte del Reino Unido. Sería interesante averiguar en qué monasterio se recluye actualmente la persona que en su día abandonó al chihuahua.

Las redes sociales, y por encima de todas Instagram, son terreno abonado para prosperar en el negocio de las mascotas. Los datos en Occidente son escalofriantes: en 2016, la mitad de las mascotas de Reino Unido tienen su propia cuenta en una red social. Es más, en la encuesta de la empresa de tarjetas de felicitación One4all Gift Card, un delirante pero verosímil 28% de usuarios reconoce subir más fotos de su mascota que de personas. El estudio apunta también que un 36% de ellos celebra de forma regular el cumpleaños de su animal de compañía (un 15% remata la jugada cantando Cumpleaños feliz).

Con todo esto es absurdo pensar que el de Tuna y Dasher es un caso aislado. La versión gatuna del chihuahua, sin embargo, parece ser mucho más rentable. En 2014, Forbes reveló que, en sólo dos años, Grumpy Cat hizo ganar a su dueña alrededor de cien millones de dólares. La gata, en este caso con submordida desarrollada y enanismo gatuno, permitió a Tabatha Bundesen abandonar su trabajo de camarera en Arizona gracias a colaboraciones con Disney, McDonald’s, Friskies, MTV o Cheerios. Con más de un millón y medio de seguidores en Instagram (y casi nueve millones en Facebook), la rentabilidad de una submordida felina parece indiscutible.

En el mismo tipo de dicotomía que presentaba a Beatles y Rolling Stones, o a Blur y Oasis, se mueven Grumpy Cat y Lil BUB, la alternativa a la comercialización salvaje de una mascota. Con ojos saltones, un dedo de más en cada pata, osteopetrosis, enanismo y una mandíbula subdesarrollada que provoca que su lengua siempre asome, Lil BUB reúne el pack completo para hacer rico a su dueño. Sin embargo, a Mike Bridavsky le bastó con que su salto a la fama en 2012 le salvara de la ruina absoluta y la bancarrota de su estudio de grabación. Gran parte de todo lo que recauda la gata (que protagoniza un documental e incluso ha entrevistado a Steve Albini y producido a Kelley Deal) va dirigido a organizaciones que se dedican al bienestar de los animales.

El universo de los gatos es mucho más propicio para los negocios, desde el caso de Morris The Cat en los 60 y 70. En Instagram hay cientos de cuentas gatunas esperando su momento, y todas apuestan por la diferencia: si tu gato es normal no nos interesa. De hecho, existe una relación directamente proporcional entre la evidencia de la diferencia y el número de seguidores.

Instagram enseña que los gatos con sólo una cara están bien, pero los gatos con dos, como Venus Two Face Cat, llevan hasta el millón de seguidores. La red social regala, de hecho, una valiosa lección: los gatos son más adorables cuando presentan alguna anomalía. Submordidas, enanismo, heterocromía a lo David Bowie, hipertricosis (síndrome del hombre lobo), labio leporino, ectopia lentis, hidrocefalia, vitíligo… You name it, we have it. El catálogo de Instagram es interminable.

Perros sobre ruedas (e incluso cerdos, como Chris P. Bacon) por culpa de discapacidades motoras, ardillas, mapaches, zarigüeyas, cada vez más zorros domesticados, minilops (ya no valen conejos normales), erizos, ratas, ualabíes (sea lo que sea) y, por supuesto, por alguna extraña razón: capibaras. Todos ellos están muy por delante de una mascota normal, pero si simplemente crees que tu gato es muy feo, ¡eureka!: siempre puedes abrirle una cuenta y llamarla dailyzombiecat. «Por mí, como si lo llaman Chucho McMemo».

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