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The Free Conversations Movement: Dos sillas en la calle, siéntate y habla

Free Conversations

Era un día horrible. Pegajoso, de repelús. Adrià Ballester echó a andar para huir de los demonios. Caminó, caminó hasta que se le hizo de noche. Llegó a la zona más alta de Barcelona y ahí encontró a un señor muy muy mayor. Empezaron a hablar. Quién recuerda ya de qué, pero la conversación alivió a aquel joven de 23 años que huía de un día detrito. 

—Nunca he vuelto a saber de él, pero esa conversación me enseñó lo importante que es hablar, aunque sea con un desconocido —relata Ballester dos años después.

Aquello le dio una idea. Algo tan necesario no podía ser fortuito. Había que establecer un lugar donde la gente pudiera ir a hablar por el placer, por la necesidad de conversar. Y eso hizo. Ballester salió un día de casa y en medio de la calle plantó dos sillas plegables y un cartel que decía «Free conversations» y se sentó a esperar. 

Ese día de 2017 comenzó el «movimiento de las conversaciones gratis». Desde entonces, cada semana, Ballester dedica seis horas a desplegar sus sillas junto al Arco del Triunfo de Barcelona para hablar con quien se siente en la banqueta de enfrente. 

Empezó hablando, escuchando y dejando la conversación pasar, pero pronto se dio cuenta de que merecía la pena guardar algunas historias. Empezó a anotarlas en los ratos de espera, entre conversación y conversación. Pero la libreta se hizo cárcel: ¿quién leería los relatos si no salían de ahí? Y creó un perfil en Instagram para contarlas: Free Conversations. Rara vez llevan la identidad real del protagonista (solo si se lo piden): «Cambio el nombre y algún detalle que no vulnere la historia. Lo que sí digo es la edad porque es importante para entender la historia».

Al principio el horario era fijo: todos los viernes por la tarde. Ahora puede ser un viernes, un sábado, un domingo. 

—Tengo que compatibilizarlo con mi horario de trabajo. Soy vendedor. Pero lo que es seguro es que todas las semanas estoy aquí seis horas. Lo publico antes en Instagram por si alguien quiere saber cuándo voy a estar.   

Lo contrario ha ocurrido con el lugar. Empezó en cualquier sitio, pero acabó fijando el campamento en el Arco del Triunfo.

—Probé en otros sitios, pero siempre viene la guardia urbana a echarme. Este es el único lugar donde son más permisivos. Aquí siempre hay artistas callejeros y muchos turistas. Alguna vez han venido a pedirme una licencia y, al no tenerla, me han echado. 

Jamás había pensado que hablar en la calle con desconocidos fuera ilegal. La primera vez que se acercó un policía creyó que iba a sentarse a charlar con él. 

—Siéntese, señor —le dijo Ballester.

—No. Soy policía.

—No importa. Todos tenemos problemas, ¿no? —insistió, pero ni por esas. Al agente no le hizo ninguna gracia. No habló; le pidió que ahuecara el ala. Fuera de ahí.  

Ocurrió una, dos, tres veces. Hasta que una tarde Ballester se negó. «No considero que esto esté mal», les dijo. «Es una necesidad común. No gano dinero; ni siquiera acepto propinas. Lo hago de forma altruista para mejorar la sociedad tan gris en la que vivimos». Funcionó. 

—El policía me dijo que iba a venir su jefe y me iba a poner una multa de 300 euros. Estaba recogiendo mis cosas y me sentía fatal. Una persona vino a defenderme y pensé: «¿Sabes qué? Que me quedo aquí». Me quedé, volvió la guardia urbana y no me dijo nada. Lo he convertido en una forma de activismo. 

Free Conversations

«FREE CONVERSATION. FREE TOPIC»

Las sillas de Ballester parecen llamar a los turistas. Quizá porque están de paseo y en actitud de descubrir; quizá porque el Arco del Triunfo es un imán turístico. El barcelonés no sabe el motivo, pero lleva las cuentas: «El 90% de las conversaciones son en inglés. Paran muy pocos locales». 

Al que se acerca, Ballester lo acoge con esta invitación: «Free conversation. Free topic» (conversación gratuita, tema libre). 

—Lo digo tantas veces que se podría convertir en el lema.

Las primeras frases hacen de recibidor que conduce a esta estancia creada por las dos sillas. «Les hago preguntas fáciles y abiertas para que la gente se sienta cómoda. “¿Qué haces aquí, en Barcelona?” o “¿De dónde eres?”. Es un truco periodístico muy viejo. Y cuando ya profundizamos más, siempre les pregunto por sus objetivos en los próximos tres años, si están trabajando para conseguirlo, qué les falta, qué creen que les podría ayudar, y a partir de ahí ya hay mucho de qué hablar. Cada persona tiene una historia y yo debería hacerle las preguntas adecuadas para poder escribir su relato. Y si es alguien que está en un periodo de cambio, si puedo, le presento a otra persona que le pueda ayudar».  

«NO SOY PSICÓLOGO»

En estas chácharas al sol hay más historias novelescas que lamentos. Algún llanto ha caído (recuerdos de cárcel y drogas, desamores…). Alguna lágrima de emoción (memorias de un pasado infeliz, un bebé que nació sano…). Y muchas escenas históricas:   

—Esta mañana una chica vasca que ha vivido en Suecia durante los últimos diez años me explicaba cómo vivió la época del terrorismo y cómo le ha afectado después. Dice que la gente le hacía preguntas como si ella hubiera pertenecido a ETA. Hace dos semanas vino una superviviente de un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Ha venido una mujer que lo perdió todo cuando se instauró el régimen comunista en Yugoslavia; era rica y pasó a ser pobre. 

Hay charlas que Ballester ha ido convirtiendo en medicinas, aunque advierte: «No, no, no soy psicólogo. Esto es otra cosa». A menudo aplica una historia que oyó en estas sillas cuando alguien tiene miedo a cambiar de vida por un motivo tan ridículo como este: ¡tiene ya treinta años! Cuando escucha eso dice: «Mira, te voy a presentar a un amigo. Los conecto. Hablan y se dan cuenta de que muchas veces las limitaciones solo están en la cabeza».

Ese amigo es un chico que hace un tiempo se sentó a hablar con Ballester. Le contó que, en el pasado, odió su vida. Robbie Flaviani odiaba ser contable y un día odió más aún la idea de levantarse para ir a trabajar. No fue; no volvió jamás a esa oficina. «Empezó a dibujar y ahora es uno de los mejores tatuadores del mundo. Hace giras por todo el planeta. Y cambió su vida a los 35 años».

Ha ocurrido más veces. Más personas que han conseguido hacer lo que de verdad desean: 

—Conocí a un fotógrafo muy bueno de National Geographic y meses más tarde conocí a un estudiante de fotografía que no tenía la aceptación de sus padres. Ellos pensaban que la fotografía era una broma. Los puse en contacto por Instagram y el fotógrafo fue su mentor durante una época. Ahora el chaval se dedica a la fotografía. 

Estas son las historias que más le impresionan. Impacta escuchar a una superviviente de un campo de concentración, pero nada le parece más interesante que un relato como el del tatuador: «Es un caso de éxito que puede servir a mucha gente», indica. «El cúmulo de todas estas historias te hacen pensar mucho. Me he dado cuenta de que en cualquier momento las cosas pueden cambiar».   

De todos estos contactos de The Free Conversations Movement está surgiendo una red que tiene como hilos las redes sociales: «Algunos piensan que este movimiento está en contra de Facebook, Twitter…, pero no es así. Pueden convivir perfectamente. Todas las semanas hago un ejercicio en Instagram: pregunto a qué tipo de persona les gustaría conocer: un escritor, un pintor… Luego publico lo que la gente ha contestado y muchos me escriben: “Ah, pues yo soy escritor”, “Yo soy pintor”, y los conecto».

EL MANIFIESTO

En la misma órbita de The Free Conversations Movement está el Free Hugs: desconocidos, en medio de la calle, que ofrecen abrazos gratis. Adrià Ballester lo probó, pero le resultó vacío. 

—No me gustó. Lo vi como una forma de salir de tu zona de confort y un poco postureo (aunque con todos mis respetos a la gente que lo hace). No le acabo de ver el sentido. De 200 personas que vienen a abrazarte, hay una que lo necesita y alguna que se queda hablando un rato. Te haces 50.000 fotos, les dices a tus amigos que haces esto y ya está. En cambio, con The Free Conversations Movement noto que ayudo, sobre todo cuando me voy jodido a casa. Estas conversaciones tienen un efecto en la sociedad. No podemos olvidar que la sociedad somos nosotros también.

Ballester lleva tiempo reflexionando sobre la conversación y ha empezado a escribir un manifiesto. En él incluye filosofía, reflexiones, modos de dialogar.

—No es porque sea un flipado de todo esto, ¿eh? Es que mucha gente de otros países me ha escrito para decirme que quieren hacerlo como voluntarios en sus ciudades. Me he dado cuenta de que algunos no saben cómo empezar ni por qué llevarlo a cabo, y he decidido escribir la idea que hay detrás de algo tan simple como The Free Conversations Movement para que todo el mundo lo entienda.

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