No serán los típicos jefes que primero echan la bronca y luego preguntan qué ha ocurrido. Descuida, que tampoco se presentarán el día menos pensado en tu puesto de trabajo para darte una palmadita en el hombro y decirte «buen trabajo». Es más, nunca escucharás el sonido de sus mocasines por los pasillos de la oficina. Eso sí, sus motivos para ausentarse nada tendrán que ver con los que utilizan los mandamases de carne y hueso: los jefes mejor valorados por los dueños de las compañías no utilizarán como excusa para no ir al trabajo sus compromisos familiares o un partido de padel. Sencillamente, serán algoritmos.
En las mesas de los consejos de administración, los dirigentes de un buen puñado de compañías se han encontrado ya con un nuevo compañero. Si el resto apenas sabe de amistad, de familias asfixiadas por las deudas o primeras oportunidades, ellos ni siquiera saben qué diantres son esas cosas. Simplemente se limita a seguir órdenes y, la verdad, no le va nada mal. Han conseguido meterse en el bolsillo a sus superiores porque, de la noche a la mañana, casi por arte de magia, son capaces de asimilar el conocimiento que a cualquier humano le llevaría años aprender. Es una de las grandes ventajas de la inteligencia artificial.
Un capataz así puede y está encargándose, por ejemplo, de las tareas de mantenimiento del metro de Hong Kong. Aunque en su currículum no aparecía ninguna experiencia previa, tomó las riendas de uno de los suburbanos más eficientes del mundo para coordinar las más de 2.600 acciones de ingeniería que realizan los 10.000 operarios que cada noche se afanan para que todo esté a punto. Este sistema de inteligencia artifical desarrollado por la Universidad de Hong Kong convenció a MTR Corporation, la compañía encargada de gestionar el metro de algunas de las principales capitales del mundo, por su eficacia.
Los trabajadores de la compañía ya conocen bien su modus operandi. El programa se encarga de elaborar una planificación perfecta para reparar los desperfectos de la red por la que circulan los trenes, en función del mejor horario para realizar cada una de las intervenciones. Conoce con total exactitud todos los factores a tener en cuenta. Desde las más de 200 reglas que deben cumplir los empleados, tales como el nivel de ruido que pueden generar a determinadas horas, hasta los recursos de los que dispone la empresa en cada momento para acometer tal o cual operación.
Eso sí, todavía existen superiores que no se olvidan de demostrar quién manda. Cada organización debe de ser revisada por un humano encargado de comprobar que no han surgido imprevistos de última hora que les obliguen a introducir modificaciones sobre lo previsto por el software. Con esto, además, el algoritmo no se gana la enemistad de sus trabajadores, porque no se tiene que comer el marrón de aleccionar a los que no cumplen con su cometido.
Pero no solo su férrea disciplina y su plena disposición le ha valido el beneplácito de los más altos cargos de la empresa. Gracias a su labor, se han eliminado del planning semanal las reuniones que, cada dos días, debían mantener los superiores para debatir el orden de las reparaciones. Y ahí no acaba todo. No se trata solamente de que haya conseguido que los operarios dispongan de 30 minutos más cada noche para terminar su labor, sino de que todo ello, además, repercute directamente en las arcas de la compañía. La razón principal por la que los mandamases concederían a este sistema el galardón de «Empleado del Mes» es porque les ahorra 800.000 dólares al año (cerca de 598.000 euros).
En algunos casos, tales son las capacidades de estos sistemas, que los responsables de algunas empresas no han podido por menos que incluirlos en sus consejos de administración. Y no solo eso. Como ha ocurrido en la compañía Deep Knowledge Ventures (DKV), un algoritmo ha recibido más responsabilidad que los propios consejeros que, a partir de ahora, deberán de seguir las directrices de VITAL, un sistema desarrollado por la firma Aging Analytics UK.
El principal cometido de este algoritmo, el primero en ser nombrado miembro del órgano directivo de una compañía, no será otro que indicar a sus colegas cuáles son las empresas en alza en las que su firma debería invertir. Este sistema es capaz de trabajar con inmensas bases de datos e ir aprendiendo de sus propias decisiones, para mostrar a todos los dirigentes de la compañía aquellas compañías científicas que, por uno u otro motivo, tienen visos de éxito.
Ya hay quien ha empezado a bromear con la paradójica situación que, a priori, tendrá lugar en los consejos de administración. ¿Imaginas a un grupo de personas rodeando a un ordenador que se encarga de lanzar datos a mansalva? Parece descabellado. Por suerte, Dmitry Kaminskiy, uno de los socios de DKV, tuvo que intervenir para frenar los chistes al respecto. “No, no es así literalmente”, afirmó. Comentó que en las reuniones del órgano directivo se analizarían los datos que proporcione el algoritmo. Eso sí, “su análisis será probablemente considerado el más importante”, dijo.
No se trata de abaratar costes o de realizar de forma más eficiente aquello que bien podría hacer un ser humano. Lo más importante es que puede llegar a descubrir tendencias valorando millones de datos que, casi con total seguridad, pasarían desapercibidos para cualquier dirigente o trabajador de la empresa. Es otra de las grandes ventajas de la inteligencia artificial y el big data.
Los algoritmos van ganando terreno en el ámbito empresarial. A las pruebas nos remitimos. Desde la organización hasta la dirección, pasando incluso por la selección de personal. La firma Xerox también se ha subido al carro y ha puesto en manos de un software la decisión sobre fichajes. Atrás quedaron los tiempos de los ‘enchufismos’ y de los pelotas. Ahora si queremos ganarnos al jefe, tendremos que aprender a picar líneas de código.
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Las fotografías de este artículo son propiedad, por orden de aparición, de Dan DeChiaro, Mitch Altman, Kumar Appaiah y Wikipedia.org
Mi jefe es un algoritmo
