Escribió la historia que un hombre, Michael Stern Hart, inventó el libro electrónico. Fue en 1971, en Estados Unidos. Lo que no sabía la historia es que treinta años antes, una mujer, en la España franquista, ideó un aparato que anticipaba el ebook y la tableta digital. Fue Ángela Ruiz Robles.
El 4 de julio de 1971 el cielo de Illinois estalló en colores. Eran los fuegos artificiales que celebraban la fiesta nacional de EEUU. Michael Stern Hart fue a verlos y, de vuelta a casa, paró en una tienda de comestibles. Al llegar a su apartamento, abrió la bolsa de la compra y vio que había un regalo. Era un pequeño libro con la Declaración de Independencia de su país. El estudiante de interfaces sintió el ardor patriótico y decidió enviarlo al centenar de usuarios que por aquel entonces utilizaban la red Arpanet.
Esa especie de internet rudimentario transmitía información mediante máquinas de teletipo pero su capacidad era aún muy limitada. Ni siquiera podía soportar el peso de aquel texto. Pero el aprendiz de informático no se frustró y diseñó un sistema para empaquetar el documento en un archivo descargable que pesaba mucho menos y lo mandó a la red.
Esta fue la primera vez que un libro de papel tuvo una réplica digital y Hart quedó por ello como el inventor del libro electrónico. Pero no fue el primero en pensar que había llegado la hora de reemplazar el papel por soportes digitales o mecánicos. Tres décadas antes, muy lejos de ahí, una mujer creó un dispositivo que vislumbraba ya la tableta digital y el ebook.
Fue en la España aciaga de los años 40. En aquella dictadura en la que Pilar Primo de Rivera, la fundadora de la sección femenina del partido único, dijo en 1942: «Las mujeres nunca descubren nada. Les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles. Nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho».
Estúpido error. Una mujer que vivió en la calle General Franco 120 de una ciudad militarizada que entonces se llamaba El Ferrol del Caudillo pronto dejó esas palabras en entredicho. Y, de paso, sembraría una duda en el presente: ¿Hasta dónde se hunden realmente los antecedentes del libro digital? Esa mujer era Ángela Ruíz Robles, una profesora que nació en Villamanín (León) en 1895 y que a los 23 años se trasladó a Galicia para ocupar su plaza de maestra nacional.
Su primer destino fue Santa Uxía de Mandía. Ruiz Robles fue la maestra de esa aldea ferrolana durante dieciséis años. La enseñanza en aquella época consistía en memorizar y recitar. Ella rechazaba esa pedagogía mecánica, igual que lo hicieron antes Giner de los Ríos, Julián Sanz del Río o Nicolás Salmerón. En 1876, estos intelectuales, en vez de predicar en sus clases lo que el Estado imponía, crearon un proyecto basado en el razonamiento, el método científico y la libertad de cátedra. Era la Institución Libre de Enseñanza (ILE).
En Galicia el mensaje de la ILE había calado hondo. En esta región doña Angelita, como la llamaban sus alumnos, descubrió que la enseñanza resultaba un calvario. Era tan penosa que el matador de toros Juan Belmonte contaba que su padre lo llevó al colegio como un castigo. Las frases ‘La letra con sangre entra’ y ‘La labor, con dolor’ regían las metodologías de las escuelas. Ella lo veía justo al revés y, durante toda su vida, repitió: «Ya que traemos a los niños a este mundo, tenemos la obligación de hacerles la vida más fácil».
Doña Angelita era una mujer con ímpetu. El hermano de una de sus alumnas recuerda que una vez, en las fiestas de Santa Uxía de Mandía, unos jóvenes preguntaron a la profesora si le gustaba montar a caballo. «¡Por supuesto!», contestó. Le ofrecieron uno y estuvo paseando por todo el pueblo con el corcel. Al día siguiente, unos hombres mayores, escandalizados, presentaron sus quejas al alcalde. Menuda intrepidez la de aquella maestra. Poco tiempo después llegó el primer automóvil al pueblo. Lo compraron doña Angelita y su marido, pero al esposo le costó dominar la máquina. Fue ella quien lo entendió y empezó a conducirlo.
En aquel lugar consiguió también el primer reconocimiento oficial de su carrera. Lo pidieron sus vecinos porque la maestra no solo trabajaba por un salario. Después de su jornada en el colegio, daba clases a obreros y personas analfabetas que no podían pagar su educación. En aquella época muchos gallegos habían emigrado a América y las familias habían quedado repartidas entre las dos orillas del Atlántico.
La única forma de seguir en contacto eran las cartas, pero muchos no sabían escribir. Entonces acudían a doña Angelita y ella las redactaba. También a cambio de nada. Ayudar era un deber. O como ella siempre decía: «Venimos a este mundo no solo a vivir nuestra vida lo más cómodo y mejor posible, sino a preocuparnos de los demás, para que puedan beneficiarse de algo ofrecido por nosotros».
La maestra se trasladó a Ferrol o, como se llamaba entonces, el Ferrol del Caudillo. Tenía 40 años y tres hijas. Su marido, un marino mercante, había muerto joven. Doña Angelita, en casa, guisaba, cosía y cantaba como lo haría la mejor madre del mundo. Así lo recuerdan sus hijas. Y, entre tanto, se acostumbró a trabajar después de trabajar. Acostaba a sus niñas y, cuando todo quedaba a oscuras, sacaba papel, tinta y una pluma. En esas horas en las que todo estaba en silencio la profesora empezó a inventar.
–¿Hace mucho tiempo que se dedica a la inventiva? –le preguntó la periodista Carmen Payá en una entrevista que publicó el diario madrileño de la noche Pueblo el 2 de octubre de 1958.
–Desde 1916. Lo primero que inventé fue un procedimiento taquigráfico.
–¿Por qué inventa usted? ¿Porque la distrae, la divierte, por ganar dinero, por necesidad de hacer vivas sus inquietudes en esta materia, es decir, por vocación?
–Por vocación, nacida de la inquietud que se apodera de mí cuando me doy cuenta de que puedo participar en que la Humanidad aprenda con el menor esfuerzo posible.
Ese procedimiento taquigráfico incluía un sistema de signos y caracteres basado en «vocales martinianas». Aquel método «sobrepasaba con facilidad grandes velocidades en la escritura y la traducción», explicaba la maestra. «La taquigrafía radiografía la palabra rápidamente, su condición de arte-ciencia es el álgebra de las letras, como el álgebra es la taquigrafía de los números».
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En 1934 España era una república. Aquel año los socialistas se levantaron contra el gobierno en una huelga general revolucionaria en Asturias y Cataluña. Ángela, alejada de la política, como hizo toda su vida, fue nombrada gerente de la Escuela Nacional de Niñas en el Hospicio de El Ferrol. La revuelta de octubre había dejado a muchos niños asturianos en una situación difícil. Eran hijos de maestros encarcelados que apenas veían un mendrugo de pan. La profesora decidió abonar cincuenta céntimos mensuales a estas familias, pero lo que ella veía como un acto de generosidad se convirtió en lo que más tarde describió como «la mayor ofensa que recibí en mi vida».
Dos años después, el país ardió en guerra. Los dientes de los golpistas se afilaron y la Comisión Depuradora del Magisterio de La Coruña le abrió un expediente por donar esos céntimos. La maestra presentó varias declaraciones a su favor para defenderse de la acusación y, además, argumentó: «Solo creí practicar una obra de caridad cristiana. No me pareció que fuese nada malo el atender a los niños». Doña Angelita quedó libre de cargos y jamás volvió a hablar del suceso. Ni siquiera al chaval con el que recorrió decenas de despachos de Madrid, en los años 70, para intentar vender su invento: su nieto, Daniel González de la Rivera.
En la casa de Ángela, por las noches, siguió habiendo una sola luz, la de su escritorio. A partir de 1938 empezó a escribir sus primeros libros: Compendio de ortografía castellana, Ortografía castellana y Taquigrafía martiniana abreviada moderna. En total publicó dieciséis en su empeño de ayudar a los niños a estudiar y aprender mejor.
A doña Angelita le atormentaba ver cómo los escolares arrastraban carteras llenas de libros que pesaban casi tanto como ellos y cómo algunos, por mucho que se acercaran el papel a la cara, en vez de letras, veían un borrón. Eso le llevó a pensar que los materiales que se utilizaban en el colegio habían quedado congelados en el tiempo. A menudo decía: «Si los muertos resucitaran, verían los avances en teléfonos, en que ya no tardamos 24 horas en llegar hasta Madrid, en los televisores… Se darían cuenta del paso del tiempo. Pero si miraran la enseñanza, pensarían que no había pasado el tiempo, o que se equivocaron de siglo y que continuábamos como en la Edad Media».
El silencio nocturno de doña Angelita fue el primero en ver uno de sus inventos. La maestra estaba empeñada en descubrir métodos de aprendizaje más amenos y visuales para unos alumnos que aborrecían memorizar la lista de los reyes visigodos. Ese aburrimiento se hacía aún más profundo en una España que, en los años 40, había caído bajo el régimen autoritario del fascismo y el pensamiento había quedado reducido al miedo a discrepar. Ella seguía al margen de la política. Ni siquiera perteneció a la omnipresente Sección Femenina. En vez de ir a bordar y aprender las labores domésticas que enseñaban en esa organización, se hizo empresaria.
Doña Angelita montó una academia donde preparaban oposiciones y exámenes de ingreso. Era profesora, directora y propietaria de esa escuela privada a la que llamó Elmaca por sus hijas Elena, Elvira y María del Carmen. «Tenía una casa grande y en una zona apartada estaban las tres aulas donde impartían clases de formación para trabajar», recuerda González de la Rivera.
Aquel centro pronto se hizo famoso. El Correo Gallego publicó una nota en la que decía: «Felicitación merecida a la señora Ruíz Robles. Con tres meses de preparación han aprobado con éxito los alumnos que están actuando en las oposiciones para el Cuerpo de Aduanas en Madrid, siendo digno de elogiar que jamás han reprobado a ninguno de sus alumnos, habiendo obtenido brillantes calificaciones en Escuelas de Altos Estudios Mercantiles, oposiciones y demás. Deseamos que siga en sus triunfos la señora Ruíz Robles, para bien de la enseñanza y por tanto de la Patria».
En 1947 el reconocimiento a su trabajo llegó de modo oficial. El estado le concedió la Cruz de Alfonso X El Sabio y, desde entonces, empezó a reunir premios en España y otros países del continente, cuando la frontera con Europa era una alambrada ideológica. Todas esas medallas y diplomas están guardados hoy en fotos donde Ángela era siempre la única mujer entre una tropa de hombres.
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En 1949 registró su primer invento. Era un «libro mecánico» que hoy recuerda a una tableta digital. Ruíz Robles presentó un soporte de lectura compuesto por unas láminas con un dibujo de un cerdito flautista y otro de un cactus. En distintas partes del animal había un texto escrito que se iluminaría cuando el estudiante lo tocara. Posar el dedo sobre un lado de la pajarita que llevaba al cuello alumbraría esta frase: «Dividir : es repartir». Al tocar el otro lado, resplandecería: «Multiplicar X es aumentar».
El invento quedó recogido en la patente 190698 como un dispositivo con «procedimiento mecánico, eléctrico y a presión de aire para lectura de libros». La profesora lo presentaba en ese documento como un aparato de «enseñanza intuitiva, amena y para aprovechar con rapidez los momentos que la atención pueda estar fija hacia un punto determinado». Hablaba de las «ventajas extraordinarias de la presentación real de las cosas para, con deleite y agrado, conseguir el máximo de conocimientos con un mínimo esfuerzo».
Doña Angelita, que entonces era directora del instituto Ibáñez Martín, redactó en el formulario de la patente que quería aprovechar esas materias que «se están aplicando a los avances y progresos, para el aprovechamiento y bien común de la Humanidad». Eran la electricidad, «el llamado cristal irrompible (plexiglás)» y la «goma elástica, fuerte y resistente a la presión del aire».
En ese primer libro mecánico, Ángela introdujo ya el concepto de hipertexto. Proponía que una pulsación descubriera un texto y que una pantalla fuera la puerta a distintas informaciones. La profesora planteó este diálogo igual que se produce hoy en una tableta. Entre una pantalla y un dedo. Entre sus bocetos, hay dibujos que explican cómo sería el circuito eléctrico y cómo estarían dispuestos los empalmes de las pilas, las lámparas, los pulsadores y los hilos conductores.
«Esa patente está basada en cables eléctricos que iluminan un texto cuando alguien lo toca. Es como una pantalla táctil», explica Santiago Asensio, responsable del catálogo Ángela Ruíz Robles y la invención del libro mecánico. «Al tocar el cerdito, se iluminan unos metadatos. Tenía un concepto actual pero no pudo crear ningún prototipo porque no era fácil con los materiales de antes. En esa época ni siquiera había transistores. A Ángela no le gustaban los libros tradicionales. Pensaba que era más interesante ver y tocar que pasar páginas».
Doña Angelita escribió en la patente que la lámina podría «tener la propiedad de ser luminosa» para que los alumnos leyeran y estudiaran «sin más luz que su resplandor». Pero, además, pensó que ese dispositivo tenía que ayudar a leer a los niños que veían las letras borrosas y por eso incluyó un sistema de lentes de aumento que hacía los textos más grandes. Era exactamente lo que hoy consigue el zoom.
La leonesa mantuvo la esperanza de poder fabricar ese primer libro mecánico durante más de diez años. Pagó la patente religiosamente hasta 1961. Ese año abandonó. Pero lo que parecía una renuncia resultó todo lo contrario. Al año siguiente acudió al registro con un nuevo artefacto que mejoraba al anterior. Doña Angelita reunió los cientos de documentos tediosos que exigían y registró la enciclopedia mecánica. Aunque antes de llegar a su invento más famoso, definido como «aparato para lecturas y ejercicios diversos», surgió otra invención en sus noches de trabajo.
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Eran los años 50. El país arrastraba hambre desde aquel norte atlántico hasta el sur mediterráneo y la escasez afilaba la imaginación. Una profesora de Almería, Mari Carmen García, recuerda que en aquella época los niños recogían pedazos de objetos rotos que encontraban en la calle y los convertían en juguetes. Las niñas como ella aprendían a hacerse sus propias muñecas con trapos viejos. Apenas se veían libros en las casas y los que había eran considerados «un tesoro».
Muy pocos tenían dinero para llenar estanterías. Era más fácil alquilar tebeos y novelas por dos perras gordas. Las adolescentes leían relatos de amor y los adolescentes, historias del oeste. La literatura estaba tan lejos de ese país pobre y aislado del mundo que los cuentos de Calleja que regalaban con el chocolate Tárrega se convirtieron en una institución.
El colegio consistía en un aula donde acudían juntos los niños desde los 6 hasta los 12 años. Se sentaban en pupitres de dos. Al entrar rezaban, al salir oraban y, entre medias, estudiaban los evangelios. La tabla de multiplicar, los ríos y las montañas se memorizaban cantando. Aprendían a escribir a lápiz en las cartillas Rayas y, cuando dominaban la técnica, empezaban a usar la pluma y la tinta.
Ruíz Robles, incansable, siguió dedicando las veladas de esos años a diseñar otras alternativas al libro tradicional. Esta vez propuso un Atlas gramatical y, en una versión mejorada, el Atlas científico gramatical. Los materiales de producción de esas obras sí se podían encontrar en aquel presente y eso hizo que esta vez los inventos fueran fabricados.
Los atlas se adelantaron de nuevo a su tiempo en su planteamiento pedagógico. El primero era un desplegable en papel, organizado en resúmenes y enlaces que llevaban de unas materias a otras. El segundo fue más ambicioso. La maestra intentó que sus contenidos relacionaran lecciones de ortografía, morfología, fonética y sintaxis con la geografía del país al pasar de una página a otra. Era el actual concepto de enlace o hiperlink.
«El fin primordial ha sido ofrecer a la humanidad un mapa y atlas gramatical que vayan paralelos con la estructura social del mundo y que respondan al progreso del vivir actual. A la vez contribuye a extender el idioma como medio fiel del pensamiento», escribió la periodista Carmen Payá en un artículo que dedicó a la inventora en su libro Una mujer triunfa.
Ese mismo año, Dígame, una de las revistas semanales más populares en la década de los 60, publicó una entrevista con la inventora y el periodista escribió: «Si no fuera porque ocuparía un espacio del que no dispongo, les explicaría a ustedes la ingeniosidad del ‘Primer Atlas Científico Gramatical’, que también se exhibe en París.
Este atlas resume, en pocos párrafos, una gran cantidad de textos. Del mapa de España, en el centro, salen cuatro flechas hacia otros mapas de España también. En estas flechas se lee, respectivamente: Fonética, Sintaxis, Morfología y Ortografía. Rodean a los cuatro mapas de los extremos unas pequeñas islas. Cada una de ellas responde a una enseñanza condensada en pequeños párrafos. Todo muy ingenioso, práctico, rápido y, sobre todo, divertido. Es el compendio de aquella frase famosa de “enseñar deleitando”. ¡Ah! y al final del atlas están Europa, Asia, África…, dispuesto todo del modo más original».
Por aquel entonces, el dictador Francisco Franco había atrincherado el país y lo había convertido en una autarquía. La maestra, que vivía frente a la inmensidad de un océano, otra vez se anticipó a su tiempo y no tuvo en cuenta esas verjas para crear sus nuevos métodos de enseñanza. Su atlas, dijo en una entrevista, «es de una facilidad asombrosa para que los extranjeros aprendan el idioma español a la vez que conocen la geografía de España». Los dos atlas se imprimieron en color y fueron admitidos por la Real Academia Española y el Ministerio de Educación.
Esa misma idea se ha presentado seis décadas después como algo «novedoso». Un mapa interactivo que une la Wikipedia con Google Translate retoma la idea de enseñar idiomas uniendo palabras con puntos geográficos. Pero la historia a menudo pierde la memoria y cada cierto tiempo presenta como nuevo algo que ya existió.
–¿Qué hace usted para inventar? –preguntó Carmen Payá a doña Angelita.
–Conocer profundamente una materia. A esto ayuda poseer la mayor cultura posible y conjuntamente con estos bagajes humanos, la inspiración, que es obra de Dios, claro.
–¿Una buena inventora puede ser al mismo tiempo una buena ama de casa? –indagó después, en una entrevista, en 1958, en el diario Pueblo.
–Sí. Sí. Pero es necesario que los sirvientes o personas que le rodean no la obliguen a conversaciones amplias de cosas de tipo corriente. El silencio es imprescindible, pues facilita la gestación de esas ideas, que luego favorecen el progreso del mundo.
Aquella profesora de Ferrol tenía la misma actitud que muchos de los grandes inventores y visionarios de la historia. La ambición de doña Angelita, igual que la de Nikola Tesla, Steve Jobs o Ferran Adrià, era infinita. Mejorar la enseñanza se convirtió en la obsesión de su vida. «No se siente nunca satisfecha. Desea constantemente estar venciendo dificultades, solucionando problemas que acorten cada vez más el periodo de la enseñanza, de todas las enseñanzas», escribió en otro artículo Carmen Payá. «Es la directora del grupo escolar Ibáñez Martín, de El Ferrol del Caudillo, y cuando termina su trabajo, se encierra en su casa a insistir en los inventos. A perfeccionar los ya hechos o a inventor otros».
A la maestra no le interesaba el ocio. Jamás la vieron pasear por la calle Real, tomar café con amigas o jugar a las cartas. «No perdía el tiempo», cuenta González de la Rivera en los sillones del Espacio Fundación Telefónica de Madrid, frente a la vitrina donde estuvieron, durante unos meses, los inventos de esta profesora, antes de volver a su lugar habitual, el Museo de Ciencia y Tecnología de A Coruña. «Si estaba trabajando, estaba trabajando. Si estaba con la familia, estaba con la familia. Ganaba tiempo al tiempo. Y, sobre todo, se lo ganaba a la noche».
En su adolescencia, Danielito, como ella lo llamaba, pasó mucho tiempo con su abuela. Ella estaba ya jubilada pero, cuando él se iba a dormir, desde su habitación escuchaba las teclas de la máquina de escribir. La maestra trabajó siempre y siempre lo hacía, según su nieto, «pensando en el futuro». Había que aprovechar cada segundo porque, como ella repitió a lo largo de su vida, «no estamos para perder el tiempo».
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En 1962, doña Angelita registró un nuevo invento. Fue el aparato que la ha rescatado del olvido y la ha introducido en la Wikipedia como precursora del ebook. Los galardones, diplomas y reconocimientos que consiguió la maestra durante toda su vida se iban colando por la trituradora del pasado hasta que su historia cayó en las manos de Rosa Millán en 2008. En esa época, esta investigadora trabajaba como coordinadora de La Casa de la Mujer en Ferrol. Uno de sus proyectos consistió en publicar un libro titulado Ferrol en femenino. Al preparar el contenido, se encontró con la inventora de la «máquina tecnológica para estudios».
Millán se entusiasmó con el personaje y decidió rescatar su memoria. «En 2008, doña Angelita no aparecía en internet», cuenta la estudiosa, rodeada de sus papeles y documentos sobre la maestra. «Sus hijas Elvira y Carmen vieron que su madre aparecía en Ferrol en femenino y se pusieron en contacto conmigo. Nos conocimos y les dije que me comprometía a poner a Ángela Ruíz Robles en el mundo. Creé mi blog y desde entonces me dediqué a contar su historia».
En su incesante investigación, un día de 2011, llegó hasta la Universidad de Granada. Allí conoció a María José Rodríguez Fortiz. Esta profesora de Lenguajes y Sistemas informáticos, después de estudiar los inventos, reconoció a doña Angelita como precursora del libro electrónico. Millán obtuvo el respaldo académico que estaba buscando. El siguiente paso era introducir a Ángela Ruíz Robles en la Wikipedia, y el 8 de marzo de 2012 lo consiguió.
En esa misma época, en los despachos del Ministerio de Economía y Competitividad, se produjo una revelación que supondría otra pequeña victoria en el rescate de doña Angelita. El subdirector de transferencia de tecnología de ese ministerio y a la vez nieto de la profesora, Daniel, se acercó al jefe de publicaciones del organismo, Santiago Asensio, y le dijo:
–MI abuela inventó un libro mecánico en los años 40.
–¿¡…!? ¡¿Qué!? –respondió Asensio, sorprendido y un poco incrédulo.
Ese dispositivo era la enciclopedia mecánica. La profesora construyó un único prototipo de ese «aparato para lecturas y ejercicios diversos», con patente 276346, en una fábrica militar: el Parque de Artillería de Ferrol. La industria de la guerra había reunido allí a técnicos e ingenieros capaces de producir el aparato que la maestra había diseñado.
«Es un libro que, cerrado, no abulta más que un estuche o cartera del tamaño de un libro corriente. Su peso es insignificante. Abierto es de fácil manejo y puede utilizarse en cualquier forma o figura y estar también en cualquier pantalla de cine o de televisión. Pueden llevar sonoridad con explicación de temas en forma intuitiva, práctica, atrayente y amena», explicó en una entrevista que tenía como título ‘La enciclopedia mecánica para todos los idiomas ha sido inventada por una española’.
«Intuitiva», mencionó Ángela. Esta palabra guía hoy a legiones de programadores en todo el mundo. Y en su objetivo, aquel aparato también recuerda al presente: almacenar mucha información en poco espacio y llevarlo de un lado a otro sin partir la espalda, es decir, la portabilidad.
La enciclopedia parecía un pequeño maletín. Era casi igual de alta y larga que una tableta actual. La diferencia estaba en el ancho. La suya ocupaba varios centímetros más. En su interior se colocaban unas bobinas con distintas asignaturas, en español, inglés y francés. El alumno cambiaba los carretes cada vez que estudiaba una materia en lugar de cambiar de libro. Esas bobinas hacían el papel de lo que después fue el disquete, el CD, el USB, un archivo digital o una app.
La inventora volvió a tener en cuenta a los niños con problemas de visión e incluyó en su proyecto la posibilidad de añadir unas lentes de aumento, el actual zoom. Pensó que debía haber muchos dibujos y, en la parte inferior, dejó un espacio para incorporar tecnologías de sonido y calculadoras cuando las inventaran en un tamaño más discreto al de aquellos primeros magnetófonos de la época.
«Para escribir, tenemos máquina; para ver, televisor; para hablar, teléfonos y tantos otros ingenios que el hombre ha hecho. Los estudios reclaman esta corriente mecánica para que los lleve paralelos con el ritmo acelerado de la evolución técnica universal», explicó en una de sus presentaciones. «No tiene páginas. Tiene materias que van en bobinas como máquinas de fotografiar o el mismo cine y esas pueden ser igual en japonés que chino, que ruso, que francés o italiano. Puede llevar sonoridad, tiene la posibilidad del cristal aumentado y las piezas son intercambiables. Y todo queda del tamaño de un libro corriente y de facilísimo manejo».
Doña Angelita entendió muy pronto que las técnicas audiovisuales sustituirían al papel y los formatos estáticos. En agosto de 1962, lo explicó así, aunque en vez de utilizar el término actual ‘audiovisual’, empleó una palabra mucho más bella.
–¿El sistema de ese libro? –le preguntó un periodista de El Correo Gallego.
–Ideovisual. Ya observará usted que responde al progreso del vivir actual y cumple las leyes de la enseñanza en general. Por su calidad de internacionalidad, facilita en el mundo el arte de enseñar a profesores, pedagogos, especialistas de la enseñanza, etc.
–Muy bien. ¿Qué forma de enseñanza caracteriza a este libro, doña Ángela?
–Pues la forma de enseñanza es atractiva y práctica. Se trata de una pedagogía ultramoderna.
Así era. «Sus conceptos estaban adelantados a la época. Pensaba con una visión actual. Pero con los materiales de aquella época no se podían construir muchas de sus propuestas», especifica Asensio en una cafetería de Madrid.
Ese «fácil manejo» del que hablaba siempre doña Angelita es hoy la perseguida «usabilidad». Girar los carretes de la enciclopedia mecánica para ir descubriendo sus contenidos recuerda al actual scroll para deslizarse por los contenidos de una web. La profesora propuso que aquel libro debía ser una herramienta de lectura y escritura, y además, se podría leer en horizontal y vertical. Igual que las tabletas de hoy. «Lleva, además, un plástico para escribir y dibujar», indicó en una de sus entrevistas con Carmen Payá.
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La maestra no claudicaba. Aún le quedaba el resto de su vida para explicar la utilidad de su enciclopedia mecánica. Fue a ferias de varios países y a decenas de despachos de organismos oficiales y editoriales. Estaba convencida de que su invento, además, resultaba más económico que los volúmenes de papel. «Esta enciclopedia mía, cerrada, queda del tamaño de un libro corriente y de facilísimo manejo. Y para autores y editoriales reduce considerablemente el coste, por no necesitar ni cosido ni encuadernado, y queda impresa en una tirada», indicó en la entrevista publicada en Una mujer triunfa.
Ni siquiera la paró la jubilación. Ruíz Robles viajó a menudo a Madrid para seguir visitando editoriales y despachos de ministerios con la intención de que su enciclopedia acabara en todos los colegios. Su nieto la acompañaba siempre, y después de muchos años, por primera vez, doña Angelita se vio a un paso de introducir su enciclopedia en los colegios.
Fue en 1971. El Instituto Técnico de Especialistas en Mecánica Aplicada (ITEMA) elaboró un anteproyecto para fabricarlo y analizar la viabilidad económica del proyecto. La propuesta contemplaba que el libro mecánico se produjera en plástico y acero, y que cada ejemplar costara entre 50 y 75 pesetas. Pero todo quedó ahí. Al final, ni siquiera lograron financiación para crear un primer prototipo.
«La enciclopedia estaba reconocida como libro de texto por el Ministerio de Educación», cuenta González de la Rivera, «pero supongo que a las editoriales no les gustó porque, al fin y al cabo, era competencia de los libros que ellos editaban».
Puede que España no fuera el lugar correcto para este invento. En una entrevista de 1958 la maestra dijo que algunas «firmas extranjeras» querían comprar su primera patente pero ella siempre se negó a que sus inventos se fabricasen fuera de su país. Ese interés venía de Estados Unidos, según sus hijas, pero nunca lo tuvo en cuenta. «Mi deseo es que sea España la que pueda beneficiarse de mi trabajo», declaró.
Doña Angelita, durante esos años, había ido acumulando carnés de inventora de varios organismos nacionales. En 1952 le concedieron la ‘Tarjeta del inventor’ y en 1966 obtuvo un carné de ‘Inventor científico’ de la Federación Politécnica Española de Diplomados. Pero esos reconocimientos nunca sirvieron para llevar sus ideas a la mesa de producción.
Doña Angelita falleció en 1975. Hasta el día de su muerte pagó puntualmente las cuotas de su patente con la esperanza de que los escolares dejaran de acarrear carteras repletas de libros. Hoy todavía ocurre así. Su propósito de que todas las materias estuvieran en un único dispositivo sigue siendo considerado tecnología punta. En 2015, Telefónica y el Ministerio de Educación presentaron como gran novedad un proyecto de aula virtual para que los alumnos y los profesores dejen de usar libros de papel.
Los contenidos de las asignaturas, las actividades, las notas, la agenda y todos los materiales que necesitan para la clase están en digital y acceden a ellos mediante un único dispositivo. Esta plataforma pedagógica en internet, llamada Weclass, es mucho más avanzada tecnológicamente que la enciclopedia mecánica, pero los lemas que emplean hoy son los mismos que ella planteó en los años 30: «Enseñar nunca fue tan fácil» y «Aprender nunca fue tan divertido».
En 2002, Michael Stern Hart, el proclamado inventor del libro electrónico, indicó en una entrevista con The Guardian: «Lo que me ha permitido llevar a cabo este proyecto es estar en el sitio correcto en el momento oportuno, al igual que le ocurre a los inventores con sus inventos. De alguna manera, yo había previsto lo que iba a ocurrir con internet treinta años después». Doña Angelita, igual que Hart, vio el futuro, aunque probablemente no estuvo en el lugar preciso ni en la época adecuada. Por eso se la tragó la historia. Aunque en su vida conquistó otro tipo de gloria. Algo que repetía siempre: «El deber cumplido proporciona dulce gozo».