Hay lugares y detalles urbanos que entrañan mucho conocimiento y sabiduría. Son rincones de los que el transeúnte disfruta de una forma inconsciente. Millones de personas han pasado por la célebre playa de Copacabana. No todos se habrán fijado en el paseo marítimo, decorado con un mosaico que reproduce de una forma estilizada las olas sinuosas del océano Atlántico. Menos aún saben que su diseño fue concebido por el mayor paisajista brasileño de todos los tiempos, Roberto Burle Marx.
Este artista multifacético trabajó con pintura, grabado, escultura y música antes de dedicarse plenamente a su verdadera pasión: la naturaleza. Burle Marx fue un paisajista y un botánico autodidacta, que descubrió más de 100 nuevas especies en numerosas expediciones que le llevaron a los rincones más aislados de Brasil. También fue un pionero al introducir conceptos ecológicos en los proyectos de sus jardines. Pero por encima de todo, fue un visionario que transformó el paisajismo en una disciplina artística.
Nació en Sao Paulo y vivió su infancia en una amplia casa en la Avenida Paulista, hoy una arteria fundamental de esta megalópolis latinoamericana llena de rascacielos. Por aquel entonces, esta avenida todavía conservaba una dimensión más humana y hasta bucólica, en la que el pequeño Roberto pudo tener contacto con rosas, begonias, gladíolos y muchas otras plantas que cultivaba en su jardín.
A los 19 años, tuvo un grave problema en los ojos. Su familia se mudó a Alemania en busca de un tratamiento. Aquella experiencia cambió radicalmente la vida del joven. En Alemania, Burle Marx entró en contacto con las vanguardias artísticas y, sobre todo, se reencontró con la exuberante vegetación brasileña en el Jardín Botánico de Dahlem, cerca de Berlín, donde quedó especialmente impactado por unas palmeras amazónicas. «Fue allí que me empecé a preguntarme por qué en Brasil no plantábamos nuestra propia flora en los jardines», solía recordar en las entrevistas Burle Marx, que falleció en 1994, a los 84 años.
Muy interesado en retratar la figura humana, Burle Marx estuvo dividido desde su primera juventud entre la pintura y las plantas. Realizó diseños, tapicería, cerámicas, joyas, vestuario y escenarios para la ópera, antes de decantarse por la que sería su profesión. También estudió pintura, especialmente el arte pre-cubista y cubista de Cézanne, Picasso, Braque, Léger y Gris.
De vuelta a su Brasil natal, se estableció con su familia en Río de Janeiro, en el barrio de Leme, al principio de Copacabana. El arquitecto modernista Lucio Costa le convenció a entrar en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde convivió con los grande nombres de la arquitectura brasileña: Oscar Niemeyer, Hélio Uchôa y Milton Roberto.
Lucio Costa, que fue el cerebro del concepto urbanístico de Brasilia, solía visitar a la familia de Burle Marx en Leme. Estaba enamorado de su jardín, lleno de plantas exóticas ordenada de una forma completamente inusitada por el hijo. En 1932, propuso al joven Roberto realizar su primer trabajo como paisajista: reformar el jardín de la mansión de la familia Schwartz en Copacabana. El joven aceptó.
En aquel momento, el futuro paisajista no podía imaginar que algún día, en 1970, convertiría la calzada de la playa de Copacabana en una imagen icónica, gracias a su famoso mosaico que imita las ondas. Hoy este paseo marítimo es un ejemplo de belleza y funcionalidad. Tampoco sospechaba que algún día sería celebrado mundialmente por sus jardines, concebidos como pinturas naturales.
Influenciado por el modernismo, Burle Marx rompió con el modelo de jardín europeo tradicional, con la artificialidad del jardín barroco y con el naturalismo del jardín romántico. Consideraba estos arquetipos estéticos poco adecuados para Brasil. Prefirió valorizar la inmensa y rica vegetación autóctona, completamente olvidada en su propia tierra. Recuperó variedades como las bromelias y los filodendros para el nuevo jardín modernista.
Su lema era: «Los jardines devuelven a las personas el verde que la ciudad les robó». Realizó trabajos en varias ciudades brasileñas como Río de Janeiro, Brasilia, Sao Paulo y Belo Horizonte, y también en el extranjero. Llevan su firma la Avenida Atlántica, el Aterro de Flamengo, el jardín del Museo de Arte Moderno y la plaza del aeropuerto Santos Dumont, todos en Río de Janeiro, además del jardín de la Unesco en París y el Biscayne Boulevard de Miami.
Profundo conocedor y amante de la música, la literatura y el teatro, cuando le preguntaban cuál era su planta preferida, solía responder con otra pregunta. «¿Cuál es la nota que más le gusta?». Como botánico autodidacta, siempre tuvo una enorme curiosidad y capacidad de observación, que le llevaron a identificar nuevas especies a lo largo de las muchas expediciones que realizó por todo Brasil.

Viajó a todos aquellos lugares donde todavía quedaba algo de naturaleza intacta, para estudiar y recolectar nuevas especies: desde la caatinga, hasta el Pantanal, la Amazonia y por toda la Mata Atlántica. Estaba especialmente interesado en las plantas rupestres. «El espíritu de Roberto cambiaba en vísperas de cada excursión. Se volvía más alegre, alborotador, chistoso, bromista», recuerda el arquitecto paisajista José Tabacow.
«Con Burle Marx aprendí a preguntarme: ¿por qué no? Cuando surge alguna idea, solemos tener una tendencia a la autocensura. Roberto no tenía nada de eso, no tenía censura alguna. Por eso llegó hasta donde llegó, porque creía en las cosas. Si alguien criticaba su idea, siempre respondía: ¿por qué no?», cuenta Tabacow.
Sus amigos tampoco estaban a salvo de su furia coleccionista. No podían volver de sus viajes a países exóticos sin traerle por lo menos una o dos mudas de alguna planta desconocida. Un aspecto de su incansable afán coleccionador era compartir estos conocimiento con otros paisajistas.
En 1949 compró un enorme terreno de 807.000 metros cuadrados en Barra de Guaratiba, en las afueras de Río de Janeiro, y se mudó a vivir en una casona que construyó a lo largo de muchos años.
El Sitio Roberto Burle Marx acoge una de las mayores colecciones de plantas vivas del planeta, con más de 3.500 variedades. También es una de las más importantes colecciones de plantas tropicales y semi-tropicales del mundo. Aquí el paisajista, botánico y artista llevaba a cabo todos sus experimentos: plantaba nuevas especies y, sobre todo, observaba su comportamiento. Aquí ensayó la introducción de decenas de especies inéditas en jardines.
El Sitio Roberto Burle Marx fue concebido como un legado a las generaciones futuras y, poco antes de su muerte, fue donado al Gobierno de Brasil para que se convirtiese en un lugar de estudio y visitación. De este forma, entre decenas de ejemplares sugestivos, el poeta de las plantas sobrevive al paso del tiempo y sigue encandilando al visitante con su imaginativa capacidad de reinventar el paisaje.
(Fotos: Valeria Saccone)
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Un profeta de sú època !!
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