Recuerdo perfectamente la primera web que colgué en Internet, con apenas trece años. Se llamaba Mi Sanctasanctorum y era un simple presentación de mi persona y un recopilatorio de mis devociones (libros, música y películas), todo acompañado de la canción en MIDI de Gimme All Your Lovin’ de ZZ Top (sí, en aquel entonces lo más de lo más era poner música). La web, sobre un horrible fondo negro estrellado, no ofrecía apenas información sobre nada.
Tampoco me sirvió para mucho: mis hits fueron el día en que me escribió un mexicano (wow, qué lejos) y la ocasión en que, en un McDonalds de Ámsterdam, donde te ofrecían media hora de internet al adquirir un menú, pude enseñar a mis compañeros de clase de aquel viaje de fin de curso de COU la web en cuestión («no sabía que tu web también se podía ver desde otros países», fue el comentario de uno de ellos).
Los inicios de cualquier nueva tecnología acostumbran a ser azarosos y rayanos en el ridículo. Como si nadie supiera adelantarse a todo el abanico de posibilidades que ofrece (yo aún me estoy riendo del día que dije que nunca me compraría un teléfono móvil; una seguridad que volví a desplegar cuando dije que jamás compraría un Smartphone). Por ello, en aras de ir al grano, no voy a incidir en el que se considera uno de los primeros blogs de la historia, la página What´s New de Mosaic, lanzada en el año 1993, que consistía en un simple listado de enlaces de interés. También voy a pasar por encima del que se considera, también, el primer blog (porque el término weblog se acuñó allí mismo): Robot Wisdom, un sitio lanzado en 1997 por Jorn Barber. Dave Winer, de ScriptingNews, también se autoatribuye el título de primer blog de la historia, pero no importa. La mayoría de innovaciones, además de estar infravaloradas e infrautilizadas, tampoco surgen de un único y caudaloso río, sino de cientos de afluentes.
No importa quién fue el primero, sino en qué instante empezaron a vislumbrarse los mimbres de ese artefacto, el blog, que más tarde empezaría a cambiar el mundo de maneras que nadie hubiera podido predecir. Y si hablamos de mimbres, entonces hemos de fijarnos en un chico de melena rubia hasta los hombros y cuerpo desgarbado que vivía en Chicago. O más concretamente hemos de fijarnos en su pene de prepucio inflamado.
Cuando los weblogs se transformaron en blogs
Según la definición de Wikipedia, un blog es «un sitio web periódicamente actualizado que recopila cronológicamente textos o artículos de uno o varios autores donde el más reciente aparece primero, con un uso o temática en particular». Lo más relevante de un blog, sin embargo, es su bidireccionalidad: cualquier lector puede comentar una entrada o establecer un diálogo con el autor para halagarle o enmendarle la plana. A su vez, los lectores pueden hacerse comentarios entre ellos en una suerte de foro que enriquece el texto principal hasta el punto de que, en ocasiones, lo mejor de un artículo está en los comentarios.
Pero volvamos a nuestro elfo de Tolkien con aire geek que vivía en Chicago (y su pene), cuyo nombre es Justin Hall: en diciembre de 1993 se hallaba leyendo un artículo de John Markoff del New York Times acerca del navegador Mosaic, que prometía la sencillez en el acceso a fin de que tanto profesionales como neófitos de la informática pudieran publicar en internet. Y este es el segundo factor relevante en un blog, el que quizá hizo evolucionar definitivamente los weblogs en blogs: la sencillez en el manejo y la edición. Desde que soy un niño he estado trasteando con ordenadores. Veinte años después, apenas nadie de mi entorno tocaba un ordenador con soltura. Sin embargo, estos últimos cinco años, cuando han salido al mercado smatphones y tablets (es decir, ordenadores simplificados para todos los públicos), por primera vez he visto a mi abuela trajinar con una de esas máquinas. Y con cierta soltura.
Las nuevas tecnologías no avanzan hasta que la mayoría del mundo puede acceder a ellas. Por eso, en enero de 1994, Justin Hall, que acababa de empezar sus estudios en el Swarthmore College, laznó su sitio web. En la página de inicio mostraba una foto de él mismo atacando al coronel Oliver North, otra de Cary Grant tomando ácido y una declaración que rezaba: «El pedestre Al Gore, primer aduanero oficial de la información».
Era, indudablemente, una página de tono amigable: «¿Qué tal? Esto es informática del siglo XXI. ¿Vale la pena ser pacientes? Voy a publicar esto, y supongo que lo vais a leer, en parte para averiguar la respuesta, ¿os parece?». En el encabezamiento de su lista de enlaces recomendado se leía en clara alusión a Dostoievsky: «Enlaces de Justin desde el subsuelo». También disponía de una sección dedicada al sexo, donde ponía: «No olvidéis limpiar el semen de vuestros teclados». Tal y como señala Walter Isaacson en su libro Los innovadores:
Se convirtió en la primera forma de contenido creada exclusivamente para (y sirviéndose de) las redes de ordenadores personales. Su weblog contenía poemas mordaces sobre el suicidio de su padre, elucubraciones sobre sus diversos deseos sexuales, fotografías de su pene, relatos encantadoramente agudos sobre su padrastro y otras efusiones que rondaban los límites de lo que se considera un «exceso de información». En resumidas cuentas, se convirtió en el fundador del blogueo canallesco.
Democratización cultural bidireccional
La primera revolución de los blogs se fundó sobre el exceso de información banal, porque entre todo ello podía crearse justo la información que alguien necesitaba leer. También se pasaron los límites de lo que podía o debía contarse, con una cercanía y compadreo que solo podía obtenerse en la barra de un bar.
En ese sentido, es significativa la anécdota que Justin explicó en su blog a propósito del encuentro sexual mantenido con una chica. Tras el escarceo, se le había inflamado la piel del prepucio. Su problema genital incluso fue ilustrado con fotografías en primer plano de su pene: «en unas pocas horas, gente de todo el mundo publicó comentarios con sus propias experiencias, recomendándole curas y asegurándose que la afección no tardaría en desaparecer». Probablemente miles de personas en todo el mundo pudieron leer por primera vez acerca de un problema embarazoso que ellos también habían sufrido.
Después de colgar su vida en internet y trabajar profesionalmente en HotWired, una plataforma de publicación dirigida por Howard Rheingold, Justin empezó a convertirse en un apóstol del bloguero amateur, que sencillamente sirviera para crear lazos con la comunidad e intercambiar información con semejantes. Destruyendo la jerarquía informativa de los medios de comunicación tradicionales. Así nació a nivel empírico el weblog, el we blog (nosotros blogueamos):
En su página colgó un anuncio en el que se ofrecía a enseñar a la gente a publicar en HTML si lo acogían durante una o dos noches, y a lo largo del verano de 1996 viajó por todo Estados Unidos durmiendo en casa de quienes aceptaron el ofrecimiento.
Al igual que ocurriría más tarde con las enciclopedias confeccionadas por académicos, que fueron desplazadas por una Wikipedia confeccionada por aficionados, Justin redujo la publicación editorial en internet a escala humana. Democratizó la información, pero sobre todo la creación de información. Cambiando para siempre la definición de medio de comunicación. El consumo de información ya no era pasivo, sino activo y bidireccional. Una revolución, como todas, que aún continúa siendo incomprensible para muchos sectores, como escribe Clive Thompson en su libro Smarter Than You Think:
Antes de que llegase internet, la mayoría de la gente rara vez escribía por placer o satisfacción intelectual después de graduarse del instituto o la universidad. Esto es algo que los colectivos profesionales cuyos oficios requieren escribir incesantemente, como los profesores, los periodistas, los abogados o los expertos en marketing, les cuesta comprender.
Las plataformas de publicación de blogs simplificaron el proceso de tal modo que cualquiera que tuviera algo que decir podía inaugurar su propio medio de comunicación para hacerlo. En 2003, «blog» fue admito como adjetivo y como sustantivo en el Oxford English Dictionary. Y en 2014 ya había en el mundo alrededor de 847 millones de blogs. Lo cual arroja una cifra espectacular si tenemos en cuenta que solo hay tres mil millones de personas con acceso a la Red.
YouTube, una década después, inició la misma revolución en el terreno audiovisual. El 23 de abril de 2005, un joven ingeniero alemán llamado Jawed Karim subió el primer vídeo, de solo 19 segundos. En él posa frente al recinto reservado a los elefantes del Zoo de San Diego y explica que estos mamíferos le gustan por sus largas trompas. Actualmente, habiendo transcurrido solo diez años, cada día ya se suben 86.400 horas de vídeo. Las televisiones están empezando a pasar por el mismo proceso que los medios de comunicación escritos en los prolegómenos de movimiento blog.
El poder del aficionado
La tecnología que propicia el consumo y creación de información sin límites de espacio y precio (porque el copyright deriva en copyleft como el Creative Commons) permite que mucha gente produzca contenido tan o más profesional que el ofrecido por el propio profesional. Ello parece contraintuitivo, pero parece suceder porque un porcentaje significativo de usuarios tiene tiempo libre para hacerlo (a menor consumo de televisión y prensa, en franco retroceso, mayor consumo bidireccional de blogs y vídeos online).
La mayoría de la producción es basura, aunque resulte significativa para sus seguidores (al igual que la canción de cumpleaños que un padre canta desafinando a su hija, que resulta preferible y más cercana que una canción interpretada por un profesional en tal contexto). Pero, habida cuenta del número de usuarios, y de las interminables formas de colaboración aditiva para crear contenidos (Wikipedia continúa siendo el paradigma en ese sentido), se crea suficiente material capaz de rivalizar con el contenido profesional. Al menos en parte.
La idea de que si no hay incentivo económico entonces la gente no genera contenidos no tiene sustento en la literatura científica. Los mayores incentivos son de otro tipo, no crematísticos. Lo resume así Dan Ariely en su libro Las ventajas del deseo:
Supongamos que trabaja para alguna empresa y su tarea es crear diapositivas de PowerPoint. Cada vez que ha terminado, alguien coge las diapositivas que acaba de hacer y las tira a la basura. Pero le pagan bien por ese trabajo y disfruta de algunas ventajas adicionales. Incluso hay alguien que le hace la colada. ¿Le gustaría trabajar en un lugar así?
Resulta difícil pronosticar si la fuerza de los aficionados terminará con el trabajo profesional remunerado en aquellos ámbitos donde hay excedente cognitivo, esto es, ámbitos en los se manejan objetos baratos que se copian y distribuyen con facilidad (bits) y que se generan de forma eficiente y sencilla (plataformas de publicación accesibles, sistemas de colaboración entre pares). Ello incluye el periodismo, la música, el cine, la divulgación, la enseñanza… y dentro de muy poco, gracias a las impresoras 3D, incluso el diseño y creación de objetos físicos. Lo que sí parece evidente es que, atendiendo al actual modelo de negocio, muy pocos podrán exigir a sus consumidores que paguen por un contenido. Los penes, de nuevo, nos lo demuestran: la industria del sexo es pionera en cuanto al aprovechamiento de las nuevas tecnologías.
Imágenes | Flickr de Justin Hall | Pixabay