Los resurreccionistas: el lúgubre y lucrativo trabajo de los ladrones de tumbas

«Está muerto», confirmó la enfermera. Su padre le había cerrado los ojos y, a su alrededor, la gente lloraba, lamentaba su pérdida y le dedicaba piropos que nunca escuchó en vida, esos que sólo le dicen a uno cuando ya no los puede oír. No pudo hablar, no se pudo mover, no pudo volver a abrir los ojos. No había señal de vida posible. Sólo él sabía que no estaba muerto.

John Macintire sintió que se desplazaba sobre los hombros de otros hombres. Intuyó la llegada al cementerio y escuchó la arena, que provocó un estruendo sobre él sin rozarle. La tierra sólo estuvo quieta durante unos minutos. Pronto volvió a deslizarse sobre su funda de madera, esta vez en sentido inverso. A John Macintire le enterraron y le desenterraron el 15 de abril de 1824 en Edimburgo.

Le introdujeron a prisa en un saco y le llevaron hasta una escuela de Anatomía. Allí le soltaron sobre una mesa, le arrancaron la mortaja y le rajaron el cuerpo. Al sentir la sangre sobre el pecho tembló y los alumnos gritaron. Sólo entonces descubrieron que estaba vivo.

Los resurreccionistas, eficaces y diligentes ladrones de cuerpos, habían robado el cadáver lo bastante pronto como para salvarle la vida. Lo único bueno que hicieron estos emprendedores dieciochescos fue un acto inconsciente.

Para entender su origen y su proliferación hay que remontarse a 1506. Las disecciones en Gran Bretaña sólo estaban permitidas hasta entonces en animales, pero el rey escocés Jacobo IV se dijo que por qué no humanos, habiendo criminales ejecutados. Aquel año permitió a la Compañía de Barberos-cirujanos diseccionar los cuerpos de cuatro criminales ajusticiados. En 1542 el Parlamento Británico permitió por primera vez la disección de cuatro condenados. En 1564, Isabel I de Inglaterra afianzó tanto el permiso como la cifra: cuatro cuerpos al año.

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Escasez de cadáveres

Las escuelas de medicina y hospitales de Londres iban en aumento. La competencia se hizo feroz y la cantidad de cadáveres disponibles era mínima. Para solventar el problema de la escasez, a finales del siglo XVI se ampliaron las posibilidades: además de criminales ajusticiados, también los suicidas, los niños abandonados y los que murieran en la calle o de forma violenta podían ser diseccionados, siempre que nadie reclamara sus cuerpos. Aún no eran suficientes. Surgió el negocio.

Lo que hizo que proliferaran las escuelas de anatomía en Londres fue, según relata James Blake Bailey, que en Gran Bretaña no se requirieran licencias para abrirlas, mientras que en París si eran necesarias. «La absoluta necesidad de disponer de un buen suministro para el uso de los estudiantes, y evitar que se marcharan a escuelas rivales, hizo que los profesores ofrecieran grandes precios y, por tanto, que a algunos hombres les valiera para dedicarse en exclusiva a obtener cuerpos para este fin», escribe James Black Balley.

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Los cirujanos ofrecían sumas de dinero que permitían a una persona ganar mucho más en una noche que en todo un mes: un cuerpo fresco valía ocho guineas y se desenterraba en diez minutos mientras que por una semana de trabajo un profesional cualificado podía ganar cinco chelines. El precio medio por una adulto rondaba las cuatro libras, aunque por algunos se llegaba a pagar hasta 10 libras.

Surgieron también preferencias: los cuerpos más valorados eran los más frescos, a poder ser, de hombres, puesto que su musculatura era más apropiada para el estudio anatómico. Con los dientes, los resurrecionistas se lucraron especialmente.

Tal era el ansia de carne fresca que los resurreccionistas aprovecharon para sobornar a los profesores y anatomistas e incluso les forzaron a pagar su estancia en la cárcel y la manutención de sus familias en caso de que les descubrieran extrayendo el cuerpo de la tumba. Además, tenían que indemnizarles a la salida.

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«Al inicio del curso, lo aguardaban [al profesor] los resurreccionistas, que se ofrecían a suministrarle cuerpos de manera regular a un precio fijo con la condición de que se pagara una gratificación en el momento. Los profesores se veían impotentes en esa cuestión y tenían que acceder a las condiciones impuestas o perder a sus estudiantes por un suministro insuficiente de sujetos», escribe James Blake Bailey, quien fuera bibliotecario del Real Colegio de Cirujanos.

James Black Balley encontró un diario firmado por un tal «N», que detallaba las andanzas de un ladrón de cadáveres. Este diario, escrito por Jack Naples, líder de una banda de resurreccionistas, entre 1811 y 1812, fue publicado por el bibliotecario, junto con una explicación de su autoría en la que, a través de recortes de periódicos, contó una historia que, a pesar de que era conocida y temida en el Londres dieciochesco, había permanecido en la penumbra ante el resto del mundo.

La editorial La Felguera acaba de publicar Diario de un resurreccionista, que incluye una extendida historia del resurreccionismo firmada por Joan Mari Barasorda, en una edición ilustrada de tapa dura.

Barasorda escribe en esta introducción que «la imagen del resurreccionista cargando su saco por las oscuras calles de Londres, ocultos por la negra bruma del Támesis, fue habitual». Esa bruma facilitaba el trabajo a los ladrones de cadáveres. Naples cuenta sobre una noche de luna clara: «Hay luna llena, no pudimos salir».

Su diario da otras ideas sobre las periodicidad y las variaciones de su trabajo: la ausencia de entradas en los meses no lectivos es una muestra de ello. Naples, que había sido sepulturero, encontró en el resurreccionismo un trabajo en cierto modo parecido y mucho más lucrativo.

Sólo cuenta en su diario cuantos cuerpos consigue su banda cada noche, quiénes acuden a extraer los cuerpos, a quiénes se los venden y cuánto cobran. También da una idea de las escasas aficiones de los resurreccionistas: «Borrachos todo el día. Por la noche salimos y conseguimos cinco en Bunhill Row. Jack casi enterrado».

Entre los resurreccionistas había, más que tipos, clases. Por un lado, estaba el resurreccionista propiamente dicho (resurrection men), que, si bien era socialmente vapuleado, no dejaba de ser un hombre de ciencia y no alcanzaba el nivel de escarnio público de sus distribuidores, entre los que había ladrones, trafincantes y asesinos: eran los saqueadores (sak-‘em-up men).

El ansia por conseguir carne fresca, lo más fresca posible, derivó, previsiblemente, en asesinatos. Burke y Hare fueron especialmente famosos por ello y tienen el honor de haber sido considerados los primeros asesinos en serie de la historia moderna, con la especificidad de que asesinaban para proveer a la ciencia de cadáveres sin necesidad de desenterrarlos. Por las noches, se dedicaban a asfixiar a mendigos desprevenidos cuyos cuerpos entregaban a los cirujanos con los que hacían negocios. Estos dos irlandeses han sido una fuente de inspiración para escritores como Charles Dickens, Mary Shelley, Robert Wise y Edgar Allan Poe.

El miedo de los dolientes

Eran tantos los resurreccionistas que paseaban de noche por los cementerios ingleses en el siglo XVIII, saco al hombro, que familiares y amigos de los difuntos comenzaron a marcar las tumbas con objetos para averiguar al día siguiente si alguien había tocado la sepultura. Una medida poco eficaz, teniendo en cuenta que los saqueadores habían descubierto el truco.

Los que se lo podían permitir, enterraban a sus familiares dentro de varios ataúdes, como muñecas rusas, o los introducían en celdas de hierro. The Patent Coffin fue la gran innovación al respecto: una auténtica celda de hierro con muelles al que se le dedicaron incluso canciones folclóricas. Junto a este ataúd metálico, también destacaron los mortsafes, jaulas de hierro que, amarradas a la tierra, impedían el acceso al ataúd.

En los cementerios se instalaron torres de vigilancia desde las que un centinela velaba por el cadáver recién enterrado, pero no todos podían permitirse este servicio. Los dolientes terminaron haciendo guardias nocturnas junto a la tumba.

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Los encuentros entre los familiares del difunto y los resurreccionistas se convertían en auténticas refriegas que lfiguraban en los periódicos al día siguiente. Pero las verdaderas trifulcas se daban cuando dos grupos de resurreccionistas llegaban a la misma tumba, en busca del mismo cadáver. No sólo trabajaban con palas: también portaban pistolas que no dudaban en utilizar.

El principio del fin de los resurreccionistas llegó en 1829 con un proyecto de ley con el que se trató de evitar la exhumación ilegal, así como regular las escuelas de anatomía. Este proyecto de ley, escribe Barasorda, «abolió la práctica de la disección de los cadáveres de criminales ejecutados y la eliminación de la asociación entre anatomía y delincuencia». La regulación de esta práctica, a través del Acta de Anatomía de 1832, habría puesto fin a los resurreccionistas, aunque se siguieron dando casos aislados.

«Será al final la medicina y la pasión por la enseñanza y la investigación de cirujanos y anatomistas el germen para el nacimiento de una era criminal que empezará también en el siglo XVIII y que se extinguirá en el primer tercio del XIX», escribe Barasorda.

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  4. Muy interesante. Leí que el robo de cadáveres también se debió a las reformas penales que redujeron bruscamente las condenas a muerte y, por tanto, el número de cadáveres disponibles

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