Cuando el fotógrafo Lluís Tudela pensó en retratar cómo estaba todo a su alrededor tras semanas de confinamiento, su primera idea fue salir al campo. Pero alguien cercano a él le sugirió que mirara hacia el mar.
Tras tres semanas de encierro, los pescadores de L’Estartit, un pequeño pueblo pesquero de la Costa Brava, en la provincia de Girona, podían volver a faenar. Y todos coincidían en una cosa: el mar había cambiado. Tanto había disminuido la actividad marítima que había especies que vivían mar adentro y que ahora, sin embargo, se estaban acercando a la costa cambiando sus costumbres: delfines, tiburones, atunes…
Tudela consiguió un permiso para acercarse al puerto y ver cómo era la actividad pesquera allí. Aquellos días, el confinamiento decretado por el estado de alarma era aún estricto. Estuvo un rato conversando con uno de aquellos pescadores, Joan Massaguer, y al final se atrevió a pedirle si podía acompañarle a faenar al día siguiente. Y accedió.
La vida de los pescadores en aquella comarca, como en muchas otras zonas de pesca del país, se regía ahora por nuevas normas. Se repartían turnos de salida, no más de tres barcos cada día, para tratar de coincidir en puerto el menor número posible de personas y respetar las medidas de higiene y seguridad impuestas por el Gobierno.
Joan y Lluís partieron el 24 de abril poco antes de la salida del sol. Iban solos y esa sensación, la de la soledad, es la que más pesa en el recuerdo del fotógrafo. «Era entre bonito y espeluznante a la vez», rememora. Porque, a pesar de faenar cerca de la costa, no se divisaba ningún tipo de actividad en ella: ni barcos, ni obreros trabajando, ni gente paseando con su perro… nada. Nada.
La luz tiene un especial protagonismo en las fotos que hizo Tudela aquella mañana. Tras varios días de tormentas, había amanecido despejado y en calma. «Ya no es solo que en las primeras horas la luz es cálida y bonita de por sí», explica el fotógrafo, «sino el ambiente que crea, las sensaciones que provoca».
Las fotos muestran cómo va evolucionando esa luz marcando las distintas etapas de la faena. «Era como muy estructural». Y también simbólico: partes de la oscuridad y poco a poco, la luz va llegando, como un presagio de que todo va a salir bien.
El día que salieron a faenar, tocaba capturar sepia. La cofradía de pescadores de L’Estartit lidera un proyecto ambiental llamado Proyecto Sepia, que pretende mejorar la reproducción de estos cefalópodos y repoblar con ellos las aguas del Ampurdán. El objetivo es favorecer la pesca tradicional, base de la economía de esta zona, y fomentar prácticas de pesca sostenibles.
Gráficamente, a Tudela le impresionó el contraste de la luz brillante y cálida con el impacto de la tinta negra salpicando el barco. «Que saques la sepia y te haga una pintura contemporánea en un barco, a mí me resultaba gracioso», comenta Tudela con humor.
Al regresar al puerto, la sensación de soledad se amortiguó solo en parte. Los sonidos habituales habían enmudecido. Solo un miembro de la cofradía estaba allí para descargar y organizar la pesca que iba llegando a puerto; de pesarla, empaquetarla y transportarla. La vida seguía esperando dentro de las casas de L’Estartit.