¿La madurez digital va acompañada de la sublimación estética? Si abrimos el cajón de Google y retrocedemos en el tiempo lo encontraremos todo más desordenado: junto a nuestros nicks de Messenger en los que alternábamos MaYúScUlAs cOn MiNúScUlAs descansan ya las fotos de Tuenti en las que la disposición preferida era en cadena (las chicas agarrándose unas a otras por la cintura, en la misma dirección), aunque no hay que desestimar las poses grupales de botellón o la armonía irrepetible del Collage Maker.
Ahora nos cuidamos de poner el punto y final a los tuits y maldecimos porque no existe (¿aún?) la opción de editarlos, seleccionamos cuidadosamente lo que subimos a Facebook y procuramos que sea un contenido distinto al que colgamos en Instagram (ah, hacedores de nuestra propia marca cuando en realidad la cosa anda entre Hacendado y Bosque Verde), donde los hay quienes incluso procuran cuidar la coherencia entre los colores de su feed.
Pese a tales presiones ornamentales, en ocasiones hacemos scroll por el muro de Facebook como si estuviésemos bajando la calle. Una foto llamada a ser inspiradora (un paisaje, dos osos dándose un abrazo, un niño blanco y otro negro de la mano) aparece acompañada de un mensaje que te desea los buenos días en mayúsculas; está gritando y puede que no lo sepa.
Los fondos de colores de las publicaciones (una de las últimas novedades más vistosas) también han dado mucho juego: en esta ocasión nos topamos con un mensaje de esos de puerta entreabierta, besito en la mejilla, rejilla y rulos. No sabes por qué clase de brujería, pero lo lees tal y como sonaría. Es la abuela Encarni, que se ha hecho Facebook y no sabe cómo usarlo. ¿O sí?
Tanta espontaneidad inocente choca, e incluso es rayana en el cachondeo. Choca porque en Twitter ya no se lleva dar los buenos días y en Facebook solo debemos pronunciarnos para lo importante (no vaya a ser que los algoritmos se pongan en nuestra contra); choca porque, en definitiva, no están compartiendo nuestro código, el imperante por cuestiones de edad.
¿Pero no seremos nosotros unos esnobs y estaremos riéndonos y desdeñando un fenómeno irrepetible, una manera de estar en las redes (y en el mundo) que no volveremos a ver por la evolución lógica del acceso a las TICS? ¿Son nuestros mayores sujetos únicos de una conversación digital que jamás volverá?
Los expertos, los informes y los datos así lo afirman. En 2050, el 32% de la población española estará constituida por personas mayores, según un estudio de Cristina González-Oñate, doctora del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Jaume I de Castellón (Uso, consumo y conocimiento de las nuevas tecnologías en personas mayores en Francia, Reino Unido y España), pero muy seguramente sea esta otro tipo de senectud, con otro lenguaje y preocupaciones que, por supuesto, se verán reflejadas en las redes sociales.
Según la última oleada del EGM (de abril de 2016 a marzo de 2017), solo un 32% de los mayores de 65 años acceden a internet, siendo, por otro lado, un 68,9 % de los mayores de 55 los que navegan. Los datos van al alza, ya que en el penúltimo EGM (de febrero a noviembre de 2016) el mismo target andaba en el 31,8% y el 65,1% respectivamente.
Un denominador común: hay más hombres que mujeres. La herida antigua parece trasladarse al 2.0. Según Jesús Rivera Navarro, profesor de Sociología de la Universidad de Salamanca, «ellas buscan más las relaciones directas y familiares». «Al igual que antes quienes cultivaban más las relaciones exteriores eran los hombres, resulta relativamente normal pensar que con las redes sociales pase algo parecido, porque esto, aunque hayan cambiado las cosas, viene de ahí», argumenta.
Daniel Iglesias, experto en social media en Soyunamarca.com, dilucida que este colectivo, sobre todo el de los mayores de 65 años, «aunque en muchas ocasiones cuenta con los dispositivos necesarios, no sabe sacarles todo el provecho porque se encuentra en una fase muy inicial a nivel de usuario».
La explicación, según Rivera, es sencilla: «utilizan las redes de una manera muy funcional y operativa», y no solo porque sean «algo totalmente ajeno a su formación», sino también por su propia circunstancia y naturaleza: «las personas mayores han tenido la capacidad de hacer las cosas sin tantas distracciones. Han sido educados para realizar las tareas de una manera más esmerada y exhaustiva y ello ha contribuido a la educación, a los tipos de trabajo y a su contexto». Nosotros, en cambio, «tendemos más a dispersarnos, y también las redes responden a eso».
Que la red social favorita de los mayores sea Facebook es algo que podemos entender sin necesidad de infografías, y no solo porque lo indiquen los porcentajes, también porque lo vemos. Lo es por ser «las más sencilla de utilizar» y también porque es el sitio donde están «sus familiares y amigos», según Daniel Iglesias, ya que su principal razón para conectarse es «mantener el contacto con ellos y sentirse jóvenes utilizando la misma forma de comunicación».
Sin embargo, muchos «no le ven a Facebook sentido práctico», tal y como afirma Jesús Rivera Navarro. Por ejemplo, «si quieren enviar unas fotos lo hacen por WhatsApp y ya está», afirma el sociólogo, que aunque admite la existencia del usuario que está en Facebook simplemente por estas elecciones afectivas, cree que el perfil más activo entre los mayores es uno más minoritario y concreto.
Es el que también usa Twitter: un sujeto «implicado social o políticamente que utiliza las redes no para mostrarse estéticamente pero sí para expresar sus opiniones, su forma de ver la realidad social y política». Pone de ejemplo a los yayoflautas del 15-M, ya que «esa gente ha nacido en los 40, ha vivido la Transición; si de jóvenes estaban interesados en política, ¿por qué no van a tener ahora inquietudes?».
De una manera u otra, el proceso de adaptación para todos ellos es algo lento, pero discurre así: «todo va por fases, al principio no se sienten del todo seguros, quieren estar en contacto con sus hijos y nietos y las redes sociales son el mejor método para ver fotos y seguir sus pasos. En cuanto llevan un tiempo se adaptan al medio y comienzan por comentar publicaciones de sus hijos y familiares, incluso a compartir fotografías», explica Iglesias. Y así hasta llegar a asemejarse a nosotros, hasta el punto de que ya existan «redes sociales especializadas», como 60ymas.eu, Cincuentopía o TinderOld.
Especialmente interesante es la personalidad que adoptan en redes frente a la de los más jóvenes. Estos tienden a describirse en sus espacios personales con «múltiples referencias a sí mismos (denotando inseguridad y nerviosismo), con emociones negativas (ansiedad) y contenido cognitivo (reflexiones sobre lo que se escribe)», apunta Roger Esteller Curto en su libro Aprendizaje y acceso a la red: la tecnología para los mayores.
El ego cunde en nosotros y baila entre hashtags imposibles, pero según Rivera, esta actitud exhibicionista y hasta ostentosa viene de lejos y tiene que ver con lo que acontecía décadas atrás: «no es que esta postura sea nueva, lo nuevo son las redes: el que iba al bar y presumía de lo mucho que ganaba y de sus vacaciones —aunque contara solo la mitad— siempre ha existido, sobre todo en España». La diferencia, de acuerdo con esto, es que «antes te escuchaban tres y ahora te leen 300».
En ellos, en cambio, abundan los comentarios sucintos sin foto a la que referirse; destacando así la oralidad del mensaje escrito: la ausencia de signos de puntuación, la omisión de letras cuyos sonidos (por el acento) no se pronuncian, las abreviaciones y repeticiones. Es por esta falta de costumbre al texto que «se sienten más cómodos compartiendo mensajes virales con los que se sienten relacionados», dice Iglesias, experto en redes.
Tiene que ver, fundamentalmente, «con el nivel educativo», aclara Rivera. «Entre ellos hay gente analfabeta funcional, gente que abandonó los estudios primarios». Pero se antoja necesario discernir: «no es que escriban, por lo general, peor que nosotros; de hecho, los que han estudiado tienen una formación muy sólida: en los años 60 y 70 se leía mucha literatura, ahora los jóvenes formados leen menos que los de entonces. Había una visión más humanista», arguye.
Son las comunidades virtuales los mayores custodios y depositarios de todo lo analizado hasta aquí, especialmente los grupos de Facebook. Allí brota «el deseo de compartir vivencias con otros miembros de la comunidad, la expresión de gratitud por el valor que representa y el ofrecimiento de ayuda en función de la experiencia propia», según figura en el libro de Esteller citado más arriba.
A diferencia de nuestra búsqueda total de presente, dice Iglesias que ellos navegan «siempre con un punto de curiosidad y nostalgia que les lleva a buscar vídeos e información sobre sus pueblos, sobre todo los que emigraron de niños».
El caso Yosi
Pese a todo, según el proyecto Gente mayor y medios de comunicación sociales: rompiendo con la e-Marginalidad de la Universidad Oberta de Catalunya (2015), no hay diferencias insalvables entre el uso que hacen los mayores y los más jóvenes, salvo quizás por algo determinante: parece que no les gusta hacerse selfies. Nuestro experto en Social Media lo suscribe: «El ego y el postureo no es lo que mueve precisamente a este segmento, por lo que no encontrarás muchos que compartan selfies», ya que, «les preocupa la privacidad» y prefieren «estar en contacto con sus conocidos de forma no intrusiva».
Pero hay una mujer en un pueblo de Córdoba que se escapa de las estadísticas: se hace «selflis» con sus convecinos –más bien se las piden–, las enumera («voy por la 131, apúntalo») y las sube sin pudor ni filtros.
Facebook le ha calado hasta la propia nomenclatura: no solo ha cambiado sus hábitos a partir de su uso, también le ha trocado el nombre. A Rafaela Jiménez Cruz, ciudadana montillana (de Montilla, claro), hace ya un tiempo que la llaman «Yosi», con un «la» por delante cuando buenamente convenga, que es casi siempre. Su nuevo nombre –ojo, también tiene parte de identidad– tiene su origen en el grupo «No eres de Montilla si…», uno homólogo de otros tantos donde los paisanos de una localidad comparten publicaciones sobre asuntos del pueblo (que no pueblerinos), incluso aunque estén lejos de él.
Aunque la norma ya no es férrea, en el origen, cada post, de forma tácita y general, comenzaba con un «No eres de Montilla si…», debiéndose completar con alguna costumbre típica del lugar («No eres de Montilla si no sales por la siesta y no te encuentras un alma por la calle a estas horas», «no eres de Montilla si no te cortan la luz a la hora de la comida», «no eres de Montilla si no vas a comprar el pan con la talega como antiguamente»…).
Ahora el filtro se ha abierto y ya cabe de todo en este grupo de más de 6.000 miembros: noticias del pueblo y la comarca, chistes, compraventa, denuncia social y hasta memes. Pero en principio era un mantra y quien más lo pronunciaba era ella, Rafaela, culminando siempre la frase con un «yosi» a modo de afirmación. Tal que así: «No eres de Montilla si nunca has comido pastelón de Manolito Aguilar, yosi».
Ella misma relata su historia, que es también la del grupo: «lo creó una chica, una conocida mía, pero resulta que no pudo seguir por trabajo, y me dijo que si me quería poner de presidenta, de esto, de administradora».
«Entonces fue cuando empecé a decir todos los dichos, las hablas antiguas, las anécdotas y las palabras, que verdaderamente están mal dichas, pero mira, yo te voy a decir una cosa: la gente del campo hablaba así». Las introducía con «No eres de Montilla si…» y los concluía con un «yosi», todo inocentemente junto. Repitió la fórmula tantas veces que un chico (que no sabe quién es) publicó un día «No eres de Montilla si no sabes quién es la Yosi». «Y ya todos me llaman Yosi, también en la calle», cuenta. Y no sólo en Montilla: también «en Bilbao, País Vasco, Montalbán, Barcelona, Francia…».
Sus «selflis» son, además de numerosos, casi un deporte de riesgo. Rafaela, o Yosi, intenta complementar cada frase que utiliza en sus posts con un selfi. Los hay en los que ha tenido que subirse en sillas; otros en los que ha hecho equilibrio con el móvil mientras subía el pie para mostrar un agujero en su calcetín («No eres de Montilla si no has dicho bujero»), se ha disfrazado, ha escenificado lo que contaba («tengo uno haciendo como que hacía cola en el váter de mi casa –»No eres de Montilla si no te acuerdas de cuando hacías cola en el retrete»–; otro cuando dormíamos todos en una cama…»).
Una vez incluso quiso multarle un municipal: «quería hacerme un «selfli» en la puerta del Ayuntamiento y me preguntó que a quién le estaba haciendo el «selfli»». Le advirtió de que se estaba haciendo «demasiados selfis por Montilla».
Yosi, que admite que le dedica «mucho tiempo al grupo», también contempla en él el lado humanitario y hasta ventajoso como instrumento democrático. «Muchas cosas están cambiando en el pueblo gracias al grupo, por ejemplo, han quitado el suelo que se escurre yendo para el Mercadona, el que se levanta, unas macetas que había destrozadas… Y con tres me he hecho fotos para buscarles novia. Uno que es mu’ feo quiere que le haga otro «selfli», no le ha llamado nadie al pobre». Para un roto y un descosío.