Las ruinas vivas de la arquitectura soviética

Arquitectura soviética

Arseniy Kotov es un explorador de la arquitectura soviética. Nació en pleno momento de tránsito. Cuando tenía tres años, su ciudad natal cambió de nombre: de Kuybyshev a Samara (en 1991). Los observadores que se fascinan con su lugar de vida, lo hacen después de un detonante que, de pronto, consiga borrar la ceguera de la costumbre. Para Kotov, el detonante fue el cambio de civilización: «No me fijaba en la arquitectura, percibía lo que me rodeaba como algo evidente, como lo único posible. Pero a partir del año 2000, empezaron a crecer nuevos edificios: eran demasiado brillantes y coloreados», recuerda.

El hormigón cambió su genética y eso hizo consciente a Kotov de que una forma de paisaje y de vida empezaba a evaporarse: la historia estaba en marcha, su cotidianidad se estaba convirtiendo en pasado, y el pasado necesita testimonios.

Bloques de viviendas gigantes, fachadas sucias, estatuas fornidas y propagandísticas, mosaicos con aire de religiosidad comunista, y ventanas, miles de ventanas que parecen colmenas clonadas, repetidas calle tras calle, pintando la ciudad con una grisura de búnker. Un sistema que invadía la vida privada de sus habitantes construía casas que parecían proteger esa misma intimidad con rudeza antiaérea.

arquitectura soviética

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Son fotos inquietantes porque esta arquitectura refleja una idea del hombre de la que hoy se reniega: la regularidad, la igualdad, la falta de aristas. Inquieta porque desliza una duda: ¿somos más homogéneos, menos especiales, de lo creemos o aquella visión de igualdad era una imposición? La imposición fue la necesidad de superviviencia.

Álvaro Corazón Rural y Jelena Arsic escribieron en Xataka un detallado artículo sobre el trasfondo de estos ecosistemas urbanos. Nikita Jruschov implementó «el mayor plan público de construcción de vivienda en masa de toda la historia de la humanidad [hasta ese momento]» y logró que, en 14 años, el porcentaje de familias que vivían en apartamentos comunales para varias familias se redujera del 60% al 30%. Se construyeron 2,2 millones de pisos al año hasta los 80. Ese es el paisaje que tiende a desaparecer.

«Para mí, la Unión Soviética fue una gran civilización, completamente diferente a cualquier cosa que existe hoy. Me siento como un arqueólogo que llega a unas ruinas y tiene que documentar esa belleza antes de que se disipe», expresa Kotov. Pero reconoce: «Cada vez es más difícil encontrar un paisaje urbano soviético intacto».

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El responsable de esta cuenta de Instagram con más de 22.000 seguidores no se dejó fascinar por los nuevos brillos; el inicio de la mutación le hizo admirar los edificios «de colores apagados y hormigón blanco» de la época socialista.

Kotov no percibe el mensaje político como un elemento primordial dentro de la arquitectura soviética: «Era principalmente la manera de resolver el problema, sin ningún arte o ideología por dentro. Pero algunos edificios estaban decorados con arte monumental, el más popular era el mosaico, que por lo general hablaba de ideología, objetivos y logros de las personas soviéticas», puntualiza.

El problema era facilitar vivienda a la vastísima población. «La arquitectura soviética es utilitaria en su mayoría. Era necesario construir los máximos apartamentos posibles con el mínimo costo. La mejor manera era diseñar un edificio una vez y copiarlo. El 80% de los edificios de la URSS fueron construidos en proyectos seriales», apunta.

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Kotov despliega una visión crítica sobre los últimos cambios arquitectónicos que le hace empeñarse más en su labor de documentación: «Ahora hay apartamentos pequeños y baratos en el límite de la ciudad y nuevos edificios de élite en el centro, rodeados por cercos, con seguridad en el interior», lamenta.

El fotógrafo decidió peregrinar por las ciudades soviéticas tres años después de abandonar su trabajo. Parte de su familia trabaja en la fábrica de cohetes Progress Rocket Space Center. Cuenta que se graduó en ingeniería aeroespacial y se incorporó al mismo centro. «Pero luego tuve la oportunidad de viajar y visité muchos lugares de Rusia, China y los países post-soviéticos de Europa del Este».

«Me encanta sorprenderme al encontrar una construcción brutalista única en medio de los típicos bloques de una ciudad desconocida. Algunos distritos tienen formas extrañas, incluso a veces un distrito entero está formado por un edificio muy largo», señala.

arquitectura soviética

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¿Cómo es/era vivir en uno de esos enormes barrios residenciales? «Cada uno tendrá su impresión. Para mí, está bien vivir en un distrito de esa época. Todo el entorno fue construido por un plan: hay cerca escuelas, jardines de infancia, hospitales, correos, bibliotecas, parques…».

También ha fotografiado emblemáticas construcciones, más cuidadas, con una vocación estética más trabajada: «Algunos de los edificios más impresionantes pertenecían a institutos científicos. El modernismo soviético fue influenciado por algunas arquitecturas europeas, la figura más importante fue Le Corbusier, que revolucionó la planificación urbana en todo el mundo», opina.

Kotov se siente como un explorador en una antigua civilización, y hay una condición que aporta a su trabajo una suerte de esoterismo, una magia distinta a otros lugares: en estas ruinas, en estos gigantes muertos y disecados, sigue habitando la vida.

 

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