Charlie Under tiene un amigo metido en una secta. Cuando se enteró, hizo lo que haría cualquier persona sensata en su misma situación: preocuparse. Y después hizo lo que probablemente no haría ninguna persona sensata: infiltrarse en la secta.
Al menos, esa es la historia que él mismo cuenta. Under dice que su idea era investigar aquella realidad para tratar de recuperar a su amigo. Pero Charlie es cómico, no periodista, y en algún momento decidió que aquella investigación podía convertirse en una serie. Una en la que la realidad y la ficción se mezclaran hasta que el espectador dejara de tener claro cuál de las dos estaba viendo.
El resultado se publica ahora mismo, episodio a episodio, en Instagram y TikTok. Y la historia se ha ido enredando hasta llegar a una pregunta bastante inquietante: ¿es Charlie quien se ha infiltrado en una secta o es la secta la que ha conseguido infiltrarse en su historia?
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Dé cómico a detective… o al revés
Todo arranca, según explica el propio Under, con una experiencia real. «Empezó cuando vi a un amigo al que considero inteligente, culto y formado caer en las trampas de un grupo coercitivo», comenta.
Intentando comprender cómo alguien así podía acabar atrapado en una organización de este tipo, comenzó a investigar sus mecanismos. Contactó con el grupo al que pertenecía su amigo, pero también con otros similares. Siguió investigando y empezó a reconocer patrones de persuasión y manipulación que se repetían.
Hasta aquí, la historia podría haber acabado convertida en un reportaje o en un documental, pero por su condición de cómico de stand-up, además de guionista y profesional de la comunicación, decidió contar lo que estaba descubriendo utilizando las herramientas que conocía. Él mismo ha bautizado el resultado como comedia de investigación: una investigación real narrada como un mockumentary y construida con mecanismos propios del stand-up.
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Cada capítulo funciona como un pequeño monólogo, pero también como una pieza más de una investigación que va complicándose a medida que avanza. La realidad aporta el material de partida y la ficción se cuela entre sus grietas hasta conseguir que resulte difícil determinar dónde termina una y empieza la otra.
Y esa confusión no es un efecto secundario. Es precisamente el juego.
¿Quién está utilizando a quién?
En la historia que seguimos en redes, Charlie se infiltra en la secta para intentar sacar de allí a su amigo. Al principio parece tener bastante claro su papel: él observa, investiga y cuenta; nosotros miramos desde fuera. Pero las cosas empiezan a ponerse raras.
Dentro del grupo se producen fenómenos difíciles de explicar. Situaciones que podrían tener una explicación perfectamente racional. O no. Manipulaciones, casualidades, puestas en escena… La serie juega deliberadamente con todas esas posibilidades hasta introducir una sospecha bastante más incómoda: ¿y si Charlie no está utilizando a la secta para contar su historia, sino que es la secta la que lo está utilizando a él?
Quienes siguen la serie reciben las pistas prácticamente al mismo tiempo que Charlie. Pueden elaborar sus propias teorías, detectar contradicciones y discutir qué partes de lo que están viendo pertenecen a la investigación real y cuáles a la construcción narrativa.
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No estamos ante una historia que terminó hace meses y que alguien ha ordenado cuidadosamente para conducirnos hacia una conclusión. La sensación es otra: la de habernos colado en algo que todavía está ocurriendo.
El folletín se mudó a TikTok
Que la serie aparezca en Instagram y TikTok tampoco parece una decisión puramente práctica. Las redes forman parte del propio experimento. Allí estamos acostumbrados a consumir historias fragmentadas, acontecimientos que seguimos casi en directo y relatos sobre los que todo el mundo tiene una teoría antes de conocer el final. La comedia de investigación aprovecha ese comportamiento y lo incorpora a su lenguaje narrativo.
En realidad, hay algo del viejo folletín en esperar la siguiente entrega, comentar lo ocurrido y preguntarse qué demonios pasará después. La diferencia es que ahora el cliffhanger aparece entre un vídeo de un gato o el de alguien explicándonos tres señales inequívocas de que nuestro compañero de trabajo es un narcisista. Charlie Under utiliza precisamente el lugar donde más difícil resulta saber qué es real para construir una historia basada en nuestra incapacidad para distinguirlo.
Internet lleva años desdibujando la frontera entre documento y representación, realidad y ficción, espontaneidad y puesta en escena. La serie no intenta resolver esa confusión. Hace justo lo contrario: la convierte en argumento.
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Por eso quizá tampoco tenga demasiado sentido esperar a que termine para verla. La gracia está en llegar cuando todavía nadie sabe muy bien qué está pasando. Seguir las pistas, equivocarse con las teorías y sospechar, de vez en cuando, que quizá también nosotros estemos participando en algo que no entendemos del todo. Y poder decir después, si todo termina siendo tan raro como promete: yo estaba allí mientras sucedía.






