“¡Quieto todo el mundo! ¡Tengo 140 caracteres y no dudaré en usarlos!” (@microversos). La amenaza no es nimia. En el planeta Tierra conviven hoy dos mundos paralelos e irreconciliables. Uno se gestó cuando la sociedad era industrial y la historia se escribía al dictado exclusivo de unas pocas voces oficiales y unos pocos grupos de comunicación. Otro nació por el efecto del vuelo de una mariposa que revoloteaba por la mesa de trabajo de algún hacker. La filosofía de los informáticos se extendió como una pólvora cultural que está dinamitando la era industrial para dar paso a un escenario digital. Los primeros forman hoy las viejas elites. Los segundos, las nuevas.
Esa es la historia que cuenta, detalladamente, Ciberactivismo. Un libro que escribieron de forma conjunta Mario Tascón y Yolanda Quintana. Una obra que se redactó a la vez que se iba escribiendo la historia del ciberactivismo en los últimos dos años. La idea inicial era contar la historia de internet. Fue en enero de 2011. Pero la cosa cambió…
“Aún no se había producido la primavera árabe. Anonymous apenas era conocido. Nadie preveía el 15M…”, indica Quintana. “De pronto, estalló la primavera árabe y Mario [Tascón] dijo: ‘Esto va a ir a más y cambiamos el marco de trabajo’. Nuestra hipótesis se basó a partir de entonces en que, como dice David de Ugarte, cualquier persona es potencialmente ciberactivista. Después llegó el 15M, los movimientos Occupy… A partir de ahí, empezamos a investigar sobre el uso de las redes sociales y cómo los políticos, la policía y los poderes tradicionales se estaban quedando descolocados”.
Todos estos acontecimientos son la constatación de la “lucha actual entre las antiguas elites y los que pretenden serlo”, indica Mario Tascón. “El poder establecido teme a las nuevas elites y estas se sienten rabiosas porque no tienen la influencia de las antiguas en sus áreas de poder. A grupos como el 15M les molesta no salir en la portada de El País. Pero esos periódicos pertenecen a las antiguas elites. Sus espacios de comunicación son distintos y no los necesitan, aunque todavía no lo saben”.
El nuevo escenario no ha llegado mediante una transición. Nace tras “una ruptura que da paso de un modelo a otro”, explica la periodista. El modelo actual se basa en “líneas ideológicas que tienen que ver con la informática. Esos valores que, en principio, estaban solo entre las elites de los ingenieros y programadores”, según Tascón.
En la actualidad, conviven en un mismo escenario unos “intermediarios establecidos (políticos, banqueros y periodistas)” que se van desvaneciendo y un inmenso grupo de ciudadanos, vinculados por internet, que han hecho suyos, sin saberlo, los valores de la ética hacker (defensores de la distribución de un conocimiento científico abierto, compartido, revisable y jerarquizado por meritocracia), y que quizá acaben originando una “sociedad de los individuos”, como lo llamó, en 1987, Norbert Elías.
El camino intentó ser dinamitado desde el principio por la aristocracia que veía amenazado su poder. No ha sido solo la Ley Sinde. Las leyes que intentaban reprimir la libertad de la Red se han ido sucediendo desde finales del siglo XX. Lo hizo, por ejemplo, la Ley de Decencia en las Telecomunicaciones, en EEUU, con el propósito de poner barreras a la libre circulación de contenidos en internet.
La respuesta fue tan lírica como contundente. El poeta, ganadero y fundador de la Electronic Frontier Foundation (EFF), John Perry Barlow, presentó la Declaración de Independencia del Ciberespacio para mostrar el desacuerdo de la comunidad hacker, en el foro de Davos, en 1996. Decía así…
Gobiernos del Mundo Industrial, vosotros, cansados gigantes de carne y acero, vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, os pido en el pasado que nos dejéis en paz. No sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos. No hemos elegido ningún gobierno, ni pretendemos tenerlo, así que me dirijo a vosotros sin más autoridad que aquella con la que la libertad siempre habla.
(…)
No nos conocéis, ni conocéis nuestro mundo. El Ciberespacio no se halla dentro de vuestras fronteras. No penséis que podéis construirlo, como si fuera un proyecto público de construcción. No podéis. Es un acto natural que crece de nuestras acciones colectivas.
(…)
Estamos creando un mundo en el que todos pueden entrar, sin privilegios o prejuicios debidos a la raza, el poder económico, la fuerza militar, o el lugar de nacimiento. Estamos creando un mundo donde cualquiera, en cualquier sitio, puede expresar sus creencias, sin importar lo singulares que sean, sin miedo a ser coaccionado al silencio o al conformismo.
Vuestros conceptos legales sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros. Se basan en la materia.
(…)
Os atemorizan vuestros propios hijos, ya que ellos son nativos en un mundo donde vosotros siempre seréis inmigrantes. Como les teméis, encomendáis a vuestra burocracia las responsabilidades paternas a las que cobardemente no podéis enfrentaros. En nuestro mundo, todos los sentimientos y expresiones de humanidad, de las más viles a las más angelicales, son parte de un todo único, la conversación global de bits. No podemos separar el aire que asfixia de aquel sobre el que las alas baten.
(…)
Crearemos una civilización de la Mente en el Ciberespacio. Que sea más humana y hermosa que el mundo que vuestros gobiernos han creado antes.
El texto resultó “premonitorio”, según el periodista y fundador de Prodigioso Volcán. Muchas de las claves para entender los movimientos políticos y sociales actuales se leen ya ahí. “La Red se creó para compartir, cooperar y crear conocimiento de manera colaborativa a partir del libre acceso a la información”. Internet era el instrumento que resultó de “una filosofía común que parecía ligada a la lógica de los ordenadores” y que tenía como fin “mejorar las máquinas y el mundo” desde la perspectiva de la ética hacker. “Estos principios son los mismos que rigen las movilizaciones sociales actuales”.
Los mismos que han redefinido también el concepto de autor. Tascón y Quintana lo explican en su libro con una cita del colectivo Wu Ming (Copyright y maremoto, 2002): “Estamos abandonando la cultura de masas de la era industrial (centralizada, estandarizada, unívoca, obsesionada por la atribución del autor, regulada por incontables sofismas y quisquillosidades) para adentrarnos en una dimensión productiva que, a un nivel de desarrollo más alto, presenta no pocas afinidades con la de la cultura popular (excéntrica, deforme, horizontal, basada en el plagio, regulada por el menor número de leyes posible)”.
(Imagen que utilizó Wu Ming desde 2001 hasta 2008. Fuente: Wikimedia Commons)
He ahí una de las grandes brechas entre las dos elites. Muchos políticos y medios de comunicación no entienden la dinámica de funcionamiento del mundo que está construyendo internet. El sistema vertical procedente de la era industrial desacredita la horizontalidad del digital. No comprende que no haya líderes ni que surjan movimientos y protestas por agregación espontánea en internet.
Pero no todo es tan nuevo. Las turbulencias se producen bajo las leyes de siempre. “El nuevo discurso es muy indefinido. En mayo del 68 decían lo mismo. Todas las revoluciones empiezan del mismo modo. Comienzan con un no. No se sabe exactamente qué se quiere, pero sí se conoce perfectamente qué no se quiere. La dinámica es la convencional. Lo distinto es el elemento nuevo de la tecnología, y la tecnología, como pasó con la imprenta, suele dar lugar a la nueva elite”, explica el periodista. “La historia del poder se explica mediante el dominio de las nuevas tecnologías”, añade Quintana.
El poder establecido se asombra de que sus mensajes unidireccionales ya no funcionen. La comunicación en una sociedad en red se construye creando conexiones. El asunto ahora es, según el experto en marketing Seth Godin, “contar historias” que “conecten a la tribu” (personas que comparten los mismos intereses).
Esa es una de claves que entendió el equipo de campaña de Barack Obama en las elecciones de 2008 y 2012 en EEUU. The New York Times llegó a llamar al demócrata el ‘wiki-candidato’ porque, según explica Ciberactivismo, “adoptaba el papel de facilitador más que de líder”. Su equipo electoral creó la plataforma MyBarakObama.com para que cualquier persona pudiera participar en la campaña. Los usuarios podían publicar un blog, descargar listas de votantes para hacer llamadas “vecino a vecino”, unirse a grupos de discusión, organizar eventos, crear ‘redes de amigos’… Era la primera vez que una campaña electoral se hacía de forma conjunta con los simpatizantes de ese partido.
En las siguientes elecciones al congreso de EEUU la estrategia demócrata siguió otorgando un papel primordial al ciberespacio. “Las elecciones de 2012 han sido las primeras en las que los discursos estaban escritos para ser retransmitidos en Twitter. La charla de Michelle Obama al principio de la campaña estaba repleto de frases cortas y efectistas que funcionan muy bien en Twitter y permiten ir contando el mitin en directo”, apunta Yolanda Quintana.
Las viejas elites tampoco entienden la meritocracia que impera en el ciberespacio. “Les descoloca. Antes los evaluadores eran los medios de comunicación y ahora es la comunidad”, especifica la periodista. Nadie puede proclamarse líder ni nadie puede designarlos. El papel de cada sujeto se va definiendo por el valor que los demás le conceden en un “proceso de revisión colectiva”.
Esto asusta a los grandes grupos de comunicación y a los periodistas nostálgicos y tecnófobos acostumbrados a ‘construir la realidad’. Así lo describía la Teoría de la Comunicación de Masas, de Dennis McQuail: “Los mass media producen, reproducen y distribuyen conocimiento que nos permite dar una sentido al mundo y modelar nuestra percepción del mismo”.
Pero esto se acabó. El poder se les escurre de las manos. “Internet cambió los valores y las reglas. A la hora de construir la realidad ya no solo entra en juego la capacidad de filtro, jerarquización e imposición de valores de los medios. La arquitectura de red en internet y la cultura colaborativa que le es propia permiten que todos seamos productores de contenido”, especifica el libro.
Y en su temor, los que fueron los medios que reproducían la agenda informativa que dictaban sus amos (los políticos y los banqueros) “ocultan nuevas realidades que están ocurriendo porque saben que aceleran su caída”, comenta Tascón. “Hay una dejación de funciones convencionales de la prensa porque están sosteniendo el status quo. Los medios no atacan al poder porque, a la vez, le están pidiendo que les ayude frente a Google. Esto se ve muy claro en Simiocracia”.
Las viejas elites se niegan también a asumir que las formas de protesta se rigen por otras dinámicas. Les quitan validez porque son distintas. Porque no se presentan como un producto cerrado. Porque forman parte de esta sociedad de beta permanente. El abogado Carlos Almeida lo cuenta así en Ciberactivismo: “El proceso en red es inverso. Se va construyendo a medida que avanza. Lo que interesa saber es qué piensa la gente, y esto es un movimiento de abajo hacia arriba. Y no sabemos adónde vamos hasta que no lo hayamos construido”.
Es lo que propuso el jurista Javier de la Cueva en el Manifiesto, un documento que escribieron varios expertos contra la Ley Sinde: “Esto lo vamos a descentralizar. No hay una elite que dirija. Es decir, no propongas, haz. Que se creen células autónomas en toda España y que cada una haga lo que quiera”.
El antiguo mundo se viene abajo. Guste a quien guste y disguste a quien disguste. Yolanda Quintana dice que con este libro han pretendido “detallar dónde van a estar los campos de batalla y el resultado va a depender de hacia qué lado se inclinen las pugnas por el poder”. Para Tascón ya está escrito cómo será la nueva sociedad. “Lo más difícil es prever la velocidad a la que se producirá el cambio. No sabemos si se parecerá más a una revolución o a una transición. La democracia tiene que ser más rápida y los ciudadanos, a la vez, tienen que formarse mejor. Vamos a asistir a una lucha porque la resistencia es muy fuerte. Hay muchas personas interesadas en que nada cambie”.
Los programadores están derrocando, uno a uno, los modelos de negocio que nacieron con la industrialización. Esto es solo el principio. Quedan piezas clave que se resisten. “Internet ha sido capaz de acabar en casi todas las industrias con los intermediarios y… ¿no son los políticos (al menos los que conocemos ahora) unos intermediarios?”, pregunta el libro. “¿Será la política otra industria como la de la música o la de los medios que empieza una reconversión?”.