El 8 de noviembre de 1939 el comunista alemán Johann Georg Elser estuvo a punto de acabar con la vida de Adolf Hitler durante un multitudinario acto conmemorativo nazi en Múnich. Hitler salvó la vida por los pelos al abandonar el edificio minutos antes del estallido de una potente bomba colocada por aquel valiente lobo solitario. La muerte de Hitler en los prolegómenos de la II Guerra Mundial hubiese cambiado el curso de la historia, pero ¿en qué sentido?
Para responder a esta pregunta debemos hacer fast-forward y viajar al Teherán de 2017. Irán ha jugado de farol su negociación sobre las instalaciones nucleares con Estados Unidos. El verdadero objetivo del proyecto atómico iraní no era tanto conseguir armas nucleares para amedrentar a Israel, sino construir y propulsar Ilwa’t Makana, un agujero de gusano en la dimensión espacio-temporal que a efectos se convirtió en la primera máquina del tiempo de la humanidad.
Johann G. Elser ha pasado a la posteridad como un audaz justiciero que actuó en nombre de la disidencia alemana para cometer el frustrado magnicidio. En realidad, se trataba de un agente de los cuerpos especiales de la Guardia Revolucionaria de Irán entrenado durante años con un objetivo muy concreto: eliminar a Hitler. El Führer estaba llamado a convertirse en el mayor obstáculo para que el Tercer Reich venciera en la II Guerra Mundial, extendiera el poder nazi en Europa y culminara con éxito la Solución Final, el exterminio de los judíos, según había detectado el oráculo de la secta apocalíptica Hoyatíe. Paradójicamente, para que el Estado de Israel jamás usurpara la tierra palestina, Hitler debía morir.
En 2017, Israel era prácticamente invulnerable, según habían comprobado en numerosas ocasiones sus hostiles vecinos árabes, pero en 1939 una pequeña ventana de oportunidad permitía el exterminio de la estirpe deicida y, en consecuencia, la derrota por incomparecencia del aún inexistente estado.
Hitler llegó a la cervecería Bürgerbräukeller escoltado por Joseph Goebbels, Rudolf Hess y Himmler para dirigirse a una multitud de 3.000 fieles nazis durante la conmemoración del Putsch de la Cerveza, la violenta entrada del Partido Nazi en política en 1923. El plan del agente Elser parecía perfecto: una potente bomba oculta tras un pilar en la parte posterior de la tarima de oradores estallaría a las 21:23, en pleno discurso de Hitler, cuyas intervenciones duraban habitualmente dos horas.
Pero aquel 9 de noviembre que pudo cambiar la historia algo sucedió: Heinrich Müller, el jefe de la Gestapo, se acercó a Hitler y le urgió a finalizar su discurso, con la excusa de una emergencia militar en la frontera con Francia, país que Alemania estaba a punto de invadir. Diecisiete minutos después de la salida de Hitler la bomba de Elser deflagró, matando a 8 personas e hiriendo a un centenar de asistentes al acto.
Al salvar la vida de Hitler, Müller se convirtió en una suerte de ángel de la guarda para el dictador austríaco y, precisamente, era ese y no otro era el papel que había encomendado el Mossad a su agente infiltrado Avimael Yosef, enviado desde 2018 a 1926 para frenar los planes de Johann Georg Elser y otros cronocriminales enviados por Irán.
Entre 1923 y 1945 (año en que Hitler decidió ahorrarles el trabajo a sus asesinos y quitarse la vida) el Führer sufrió 42 atentados y salió indemne de todos. ¿Casualidad, ineptitud de los asesinos o “suerte”, como solía vanagloriarse el propio Adolf? Ninguna de las tres. Más bien una cohorte de guardaespaldas enviados en sucesivas tandas por el Mossad para mantener a Hitler al frente de la máquina de guerra nazi. Solo un megalómano irascible o un militar incompetente podía perder una contienda que tenía ganada en 1942, y Adolf Hitler reunía ambas cualidades. Para que Israel llegara a existir, Hitler debía vivir.
Con la inestimable colaboración de Pepe Cervera y Javier Candeira, futurólogos freelance.
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El día que el Mossad salvó la vida de Hitler
