Palabras como vejez o muerte resultan incontestables, inexorables, hasta el punto de que todos las hemos asumido como algo consustancial a la vida. Todo envejece hasta morir. Sin muerte no hay vida. Sin embargo, la muerte no es algo tan sencillo de explicar. Ni siquiera hay una frontera clara sobre lo que es estar vivo o muerto.
En cierto modo, con la muerte incurrimos en lo que se llama falacia nominal: presuponer que podemos explicar algo simplemente otorgándole un nombre. Por ejemplo, llamamos malvado al comportamiento de alguien como si de esa forma estuviéramos explicándolo, cuando en realidad estamos ante una descripción disfrazada de explicación.
De igual manera ocurre con vejez o muerte. Son términos comodín que describen pero no explican, porque debajo de ellos subyace una miríada de procesos diferentes. Cada uno con su propio conjunto de explicaciones.
La buena noticia es que, si aprendemos a dominarlos, podríamos vivir para siempre.
LA INVENCIÓN DE LA MUERTE
El japonés Jiroemon Kimura fue reconocido por El libro de los récords Guinness como la persona que más años ha vivido: 116 años y 54 días. Kimura tuvo 7 hijos, 15 nietos, 25 bisnietos y 14 tataranietos. Fue hospitalizado por una neumonía el 11 de mayo de 2013. Murió de causas naturales en el hospital de su ciudad natal de Kyotango, Japón, a las 2:08 a. m., el 12 de junio de 2013.
Pero no todas las personas viven tanto tiempo. De hecho, la mayoría ha vivido muy poco. El 40% de todos los seres humanos nacidos en la historia se estima que murieron con menos de un año de edad. Es justo ahora, por primera vez, cuando estamos logrando vivir muchos más años de manera generalizada. Hasta el punto de que dentro de muy poco habrá más personas mayores de 65 años que niños menores de 5 debido a la mayor esperanza de vida.
James Vaupel, director y fundador del prestigioso Instituto Max Planck de Investigaciones Demográficas de Rostock, Alemania, donde preside el Laboratorio de Supervivencia y Longevidad, sostiene que un estadounidense medio, por cada día que vive, incrementa cinco horas su esperanza de vida.
En otros países incluso se suman seis horas al día. Es decir, que por cada 6 meses que transcurren, la esperanza de vida aumenta cinco semanas. En 10 años habremos ganado dos años y medio. De igual modo, la esperanza de vida en el año 1909 era 25 años más corta que hoy. Pero ¿hay algún límite?
Las estimaciones señalan que entre el 20 y el 50 % de nuestra longevidad está determinada por un conjunto de genes. El resto depende del ambiente: condiciones de vida, alimentación, medicina, etc.
Sea como fuere, todo parece conspirar para que duremos poco tiempo. A diario, millones de células de nuestro cuerpo morirán a causa de accidentes traumáticos, ataques de microbios, radiaciones ionizantes, radicales libres, sustancias tóxicas y un largo etcétera. A la vez, nuestro ADN será víctima de toda clase de mutaciones.
Peter Medawar, conocido por sus investigaciones sobre el rechazo inmunológico y el descubrimiento de la tolerancia inmunológica adquirida, ofreció la primera explicación moderna de la evolución del envejecimiento durante la década de los 40 del siglo XX. En resumen, lo que vino a sugerir es que a mayor edad en la que se producen efectos nocivos para los genes, menor es la capacidad de la selección natural para eliminar su efecto.
Es decir, que lo importante es que estemos sanos durante un determinado número de años (los suficientes para procrear). Después de eso, ya no hay incentivos biológicos para continuar adelante, pues parte de nuestro ADN ya ha sido replicado en un individuo nuevo. Por esa razón, cada vez sufrimos más mutaciones o alteraciones nocivas en nuestro cuerpo: para la selección natural, no hay ninguna razón práctica para evitarlo.
Por consiguiente, podemos afirmar que el ser humano es una máquina biológica diseñada bajo el enfoque de la obsolescencia programada.
Sin embargo, en la actualidad se cree que hay ocho grandes causas que explican nuestro declive, los ocho jinetes del apocalipsis interno. Si los solucionamos, no solo el ser humano podrá alcanzar una longevidad matusalénica, sino que lo haría en condiciones de salud mucho mejores que las actuales.
LOS OCHO JINETES DEL APOCALIPSIS INTERNO
La longevidad, el envejecimiento, la muerte… en realidad, todos son procesos biológicos programados. Entender los procesos, pues, nos permitirá revertirlos o incluso suprimirlos. Estos ocho factores son los que nos matan exactamente:
Inestabilidad genómica
Los errores en el ADN se acumulan con el tiempo. Tal y como lo explica Peter H. Diamandis en su libro El futuro va más rápido de lo que crees, «es algo parecido a lo que ocurre con una fotocopiadora estropeada, salvo en que, en vez de producir páginas ilegibles, nuestra máquina averiada crea enfermedades como el cáncer, la distrofia muscular o la ELA».
Erosión de los telómeros
Los cromosomas, las estructuras del núcleo de nuestras células donde está empaquetado nuestro ADN, están cubiertos por los telómeros, que actúan como protectores o cortafuegos de nuestra información genómica. A medida que el ADN se replica, sin embargo, los telómeros se van acortando.
Alteraciones epigenéticas
La exposición al ambiente puede afectar al buen funcionamiento de nuestro ADN. Por ejemplo, la exposición a la contaminación del aire puede silenciar los genes que se encargan de eliminar los tumores, dando como resultado un cáncer. Según un estudio internacional coordinado por Jos Lelieveld, del Instituto Max Planck de Química, en Maguncia (Alemania), y publicado en Nature, 3,2 millones de personas al año mueren prematuramente a causa de respirar aire con partículas finas en suspensión.
Pérdida de proteostasis
Las proteínas que hay en las entrañas de nuestras células son los capataces que dirigen todos los procesos celulares. Con el tiempo, se vuelven más ineficientes.
Mal funcionamiento de la detección de nutrientes
El cuerpo depende de que las células reconozcan y procesen más de cuarenta nutrientes diferentes, pero esta habilidad se vuelve también más ineficiente con el tiempo. Es una de las razones de que, al envejecer, ganemos peso: las células pierden la capacidad de digerir las grasas.
Disfunción mitocondrial
Dentro de la célula, las mitocondrias son las centrales de energía que se encargan de convertir el oxígeno y el alimento en el combustible básico que necesitamos para vivir. Cuando su rendimiento disminuye, aparecen los radicales libres, una forma de oxígeno muy dañina que estropea el ADN y las proteínas.
Senescencia celular
A medida que transcurre el tiempo, las células van perdiendo su capacidad de dividirse, a la vez que se resisten a morir y desaparecer, afectando a las células vecinas. Son algo así como células zombis transformando en zombis al resto de células.
El límite de Hayflick es el número de duplicaciones que puede sufrir una célula eucariota antes de entrar en senescencia. Las células humanas parecen ser capaces de dividirse solo 50 veces en total.
Alteración de la comunicación intercelular
Las células se comunican entre sí a través de mensajes que circulan por el torrente sanguíneo y los sistemas inmune y endocrino, al más puro estilo Érase una vez la vida. Pero estas señales sufren cada vez más interferencias. De esta manera, por ejemplo, el sistema inmune se vuelve torpe a la hora de encontrar patógenos.
EL FIN DE LA MUERTE
Llegados a este punto, todo sería cuestión de ponerse a trabajar en tales procesos. Hemos localizado el problema, así que solo es necesario arreglarlo. Pero las cosas no son tan sencillas. Cada uno de esos procesos entraña una complejidad tan oceánica que ni siquiera hemos empezado a atisbar sus bordes.
El biólogo Steven Austad, catedrático de Protective Life Endowed in Health Aging Research, y el demógrafo Stuart Jay Olshansky, profesor en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Illinois en Chicago, llegaron a apostar públicamente si antes del año 2150 habría al menos un ser humano que llegara a la edad de 150 años.
Austad apostó que sí, Olshansky que no. Dos expertos opinando en un sentido diametralmente opuesto a propósito de cómo será la vida o la muerte del ser humano dentro de un siglo.
Así pues, esta apuesta nos sugiere que nuestra acuciante pregunta sobre nuestra futura inmortalidad aún no tiene respuesta segura. Todo depende de si se alcanza eventualmente algún logro tecnológico extraordinario en el campo de la genética que permita ralentizar o hasta detener el proceso del envejecimiento, interactuando con todos los procesos que nos matan día a día.
Afrontarlos todos requerirá de una inversión en medios y talento descomunal. Al menos, el incentivo es uno de los más poderosos que puedan existir. Vivir. Vivir un poco más. Quizá vivir para siempre.
Pero aún debemos ser prudentes, a pesar de los llamativos titulares de la prensa (incluido el que encabeza este texto). En el caso de noticias de ciencia, el 70 por ciento de los usuarios de Facebook solo leen el titular, tal y como demostró una página web satírica que publicó precisamente este titular.
Tras un par de frases en el cuerpo del artículo, los siguientes párrafos solo era ristras de palabras de prueba como las que usan los diseñadores gráficos en sus maquetas: «lorem ipsum dolor…». El post fue compartido por cientos de miles de personas, aunque se desconoce cuántos lo hicieron para seguir la broma.
Si has llegado hasta aquí, tras varias puntualizaciones y matizaciones, así como un buen puñado de incertidumbre, habrás advertido que sí, que quizá podremos algún día ser muy longevos o incluso inmortales. Pero también que conseguirlo no va a ser tarea fácil, y mucho menos de la forma en la que muchos artículos presentan en su título clickbait.
Por mucho que cueste admitirlo, combatir estos factores de senectud y muerte solo es, hoy por hoy, una idea de ciencia ficción. Aunque también es cierto que lo fue que el hombre pisara la Luna.