Ahora hay más comida que nunca gracias a alguien que ayudó a aniquilar a muchas personas

Fritz Haber

A pesar de las noticias agoreras, somos individuos que, en porcentajes, contaminan menos que nunca antes en la historia moderna (aunque contaminemos más globalmente porque nos estamos reproduciendo de forma exponencial). También disponemos de más comida que nunca y, en términos generales, también es más barata que antes: según cifras oficiales de países como Francia, se gasta apenas un 15% de los ingresos en la alimentación mientras que en la década 1950 se gastaba más del doble.

Estas dos buenas noticias que raramente verás reflejadas en las noticias se han producido gracias, sobre todo, a una única cosa: la tecnología.

Pero el mayor salto tecnológico de la historia en ese sentido tuvo lugar a principios del siglo XX. Literalmente, este hallazgo hizo que ya no dispusiéramos de una Tierra, sino de 10. Diez planetas en los que usar una agricultura cada vez más eficiente y sostenible, a diferencia de la agricultura tradicional, que es mucho más nociva para la salud, más contaminante y más peligrosa.

E, irónicamente, la persona que propició este cambio, si bien obtuvo el Premio Nobel de Química por ello, también fue un científico que contribuyó al desarrollo de armas químicas para la guerra. Por culpa de Fritz Haber murieron miles de personas en la Primera Guerra Mundial. En la Segunda, sin embargo, fue perseguido por Hitler debido a su origen judío, justo después de su loca carrera por obtener oro del mar.

Fritz Haber

CACA DE PÁJARO

Nacido en una de las familias más antiguas de la actual Breslavia, en Polonia, Fritz Haber estudió en la Universidad de Heidelberg hasta convertirse en un gran químico. Gracias a sus conocimientos y a una gran visión comercial, Haber patentó un procedimiento revolucionario que permitía sintetizar el amoniaco a partir del nitrógeno y del hidrógeno.

Esta jerigonza parece no tener valor más allá del ámbito de un simposio entre doctores en química, sin embargo el procedimiento no solo le valió a Haber el Premio Nobel de Química en 1918, sino que fue empleado a nivel industrial por la empresa BASF. Pero ¿por qué tanto revuelo?

Muy sencillo: la mayor parte de fertilizantes agrícolas se forman a partir de nitratos, que se sintetizan del amoniaco. Lo que sucede es que el amoniaco es difícil de obtener en la naturaleza. El amoníaco se encuentra en pequeñas cantidades en la atmósfera; es producido por la putrefacción de la materia nitrogenada proveniente de plantas y animales. Así que, hasta ese momento, para obtener nitratos se buscaba la caca de pájaro.

En las islas de las costas de Sudáfrica y Sudamérica, donde no hay lluvia que filtre los excrementos de los cormoranes, pingüinos y pájaros bobos, inmensos depósitos de nitrógeno y fósforo se han acumulado durante siglos. De aquí se obtenían las sales de nitratos, tan codiciadas por la agricultura. Este guano lo utilizaban los agricultores como una suerte de fertilizante mágico, y unas 4.000 islas fueron invadidas por codiciosos norteamericanos respaldados por buques de guerra.

La caca, sin embargo, no es infinita; las islas tampoco. Y, de repente, cuando empezaron a agotarse aquellos depósitos, la gente creyó que se iban a quedar sin suficiente comida para alimentar a todas las bocas. Lo que hizo Haber fue lograr un procedimiento para obtener un fertilizante sintético que no dependiera de las cacas de los pájaros en islas remotas.

Y todo ese fertilizante permitió decuplicar la eficiencia de las tierras de cultivo, es decir, que fue como si repente se presentaran ante nosotros nueve planetas más donde cultivar comida.

PÓLVORA

El problema de los nitratos es que también sirven para otra cosa además de alimentar bocas: fabricar pólvora. Debido a la escasez de salitre (nitrato de potasio), la producción de pólvora estaba en declive. Con el hallazgo de Haber, la producción de pólvora ya no era un problema.

Fritz Haber

Uno pensaría entonces que Haber se sentiría contrariado. Pero no fue así. De hecho, al estallar la Primera Guerra Mundial, como patriota convencido, se puso a disposición de su país para apoyar cualquier necesidad bélica. Todos sus conocimientos fueron puestos al servicio de una fábrica de la muerte: sustancias químicas para fabricar armas de guerra. Tal y como explican Carlo A. Caranci Díez-Gallo y Luigi Garlaschelli en su libro El científico loco:

Con grado de capitán (que se le otorgó junto al cargo de director de la sección química del Ministerio de la Guerra alemán) controló toda la organización de la guerra química hasta tener dependientes de él a 150 investigadores (entre los cuales se encontraban los futuros Premios Nobel James Franck, Gustav Hertz y Otto Hahn) y miles de técnicos.

NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE

Haber era tan patriota que, incluso, al término de la guerra, cuando los alemanes y sus aliados tuvieron que reconocer su responsabilidad en el conflicto y pagar una deuda de guerra de 132.000 millones de marcos, se lanzó cual alquimista a la búsqueda de oro. Si había logrado crear fertilizantes de la nada, ¿por qué no hacer lo mismo con el oro?

Según las mediciones, en el agua del mar hay elementos como el oro, aunque en cantidades mínimas. Según la literatura científica de la época, en un metro cúbico de agua de mar podría haber hasta diez miligramos de oro. Su proyecto para separar estas minúsculas cantidades de oro del agua fue un auténtico fracaso.

Fracasado y hundido, máxime porque su mujer se había suicidado por depresión, las cosas se pondrían mucho peor para Haber, justo cuando Adolf Hitler fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933.

En marzo de ese mismo año se aprobó la ley de plenos poderes que dio vía libre a la persecución racial. Como judío, Haber se vio obligado a dimitir de su cargo, se refugió en el exilio y murió en Suiza en 1934.

Indirectamente, Haber había matado a miles. Sin embargo, también indirectamente, había salvado de la muerte a millones. Por fortuna, su idea loca también había sido la de obtener oro del agua y no la de obtener fertilizantes del aire, como remata Matt Ridley en El optimista racional: «Hoy en día, casi la mitad de los átomos de nitrógeno en nuestros cuerpos han pasado a través de este tipo de fábricas de amoniaco».

No puede haber mejor legado para un científico que ese: que la mitad de todo lo que somos lo hiciera él. Lo más parecido a ingerir una hostia consagrada a su nombre. Brindemos la próxima cena por él o recordemoslé cuando rodemos por las largos pasillos del supermercado.

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Yorokobu es una publicación hecha por personas de esas con sus brazos y piernas —por suerte para todos—, que se alimentan casi a diario.
Patrick Thomas

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