Solo un mago con dotes para el dibujo y con experiencia en el mundo del teatro como director, actor, decorador y técnico podía darse cuenta de que ese invento al que llamaban cine y que por aquellos días estaba dando sus primeros pasos, tenía potencial más allá del carácter documental con el que lo habían concebido sus creadores. Mientras el siglo XIX expiraba, George Méliès se atrevió a introducir la magia en el cine.
Aquel 28 de diciembre de 1895, cuando los hermanos Lumière proyectaron por primera vez La salida de la fábrica Lumière en el Salon Indien del Grand Café del Boulevard des Capucines de París, Méliès se encontraba en la sala. «Todos nos quedamos boquiabiertos, estupefactos», confesó a la salida.
Tal fue su conmoción que solo un año después, Méliès ya había rodado su propia película, que no era otro cosa más que un plagio de la de los Lumière. No hubo de pasar mucho tiempo, no obstante, para que George rodara su segundo filme, Escamoteo de una dama en el Robert-Houdin, ese, ya sí, cargado de la cosmogonía meliesana y los artificios que caracterizarían su cine, que había aprendido a lo largo de su vida.
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Porque antes que cineasta, Méliès fue prestidigitador, faceta que perfeccionó durante su etapa en Londres. Cuando regresó a París, en 1888, y gracias a la fortuna de su padre, forjada durante décadas dedicadas a la industria del calzado de lujo, George compró el teatro del mago Robert-Houdin, uno de sus grandes maestros. Allí (además de convertirla, más adelante, en escenario de su segunda película, como señalábamos unas líneas más arriba) haría sus pinitos en el mundo del teatro.
En sus sainetes, como aquel titulado El armario del decapitado recalcitrante (1895), Méliès ya dejaba claro que lo de contar historias de manera tradicional no iba con él. Su afición a la féerie, género muy de moda en la segunda mitad del XIX y que se inspiraba en todo tipo de fábulas e historias fantásticas, resultaba asimismo evidente tanto en sus puestas en escena teatrales como en las cinematográficas venideras.

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La Source enchantée [La fuente encantada], 1892. © Centre national du cinéma et de l’image animée, en depósito en La Cinémathèque française. Foto Stéphane Dabrowski.
 
Las pequeñas piezas teatrales incluían ya todo tipo de trucos de magia, mecánicos, ópticos y catóptricos que más tarde utilizaría también en sus películas. En estas últimas, tiraría para ellos de recursos ya empleados siglos atrás como las sombras chinescas, la linterna mágica, las fantasmagorías o la perspectiva, pero también de descubrimientos mas recientes como el disco estroboscópico, la fotografía en movimiento o la estereoscopia.
Una vez lanzado en su nueva faceta de director de cine y tras el éxito cosechado  con sus dos primeras películas, Méliès construye en 1897 un estudio acristalado en la propiedad que dispone en Montreuit-sous-Bois. Allí rodaría sus próximas cintas en las que desarrollaría todo tipo de trucajes: sobreimpresión, fondos negros, permutación, transformación y levitación de personajes y objetos; cuerpos cortados, aplastados, explosionados…
Los efectos especiales acaban de hacer su aparición en el séptimo arte. Muchos años después, directores como George Lucas o Steven Spielberg reconocerían la poderosa influencia de aquel mago-cineasta en su forma de concebir el cine.
Cuando Méliès llegó a la Luna
El universo de Méliès no se entendería sin las referencias literarias del francés, entre los que destacaban los escritos de Julio Verne y H.G. Wells, ni sin su afición a las atracciones de feria. Pero también sus gustos musicales dejaron poso en sus películas. Una opereta que Offenbach presentó en París en 1875 le cautivó hasta el punto de ser una de las principales fuentes de inspiración (junto a las ya citadas) de la que podríamos catalogar como su obra maestra: Viaje a la Luna.
Después de meses de trabajo y una fuerte inyección económica, en 1902 Méliès daba a luz una cinta cuyos 260 metros (13 minutos de proyección) daban cabida a 30 escenas y todo tipo de trucajes que marcaron una época en la historia del cine. La escena del obus que impacta en el ojo de la Luna ocupa puesto de honor en el imaginario colectivo tanto de cinéfilos como de los legos en cuestiones cinematográficas.
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Voyage dans la Lune [Viaje a la Luna], 1902. 6º cuadro: la carga del cañón. © La Cinémathèque française. Foto: Stéphane Dabrowski
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Voyage dans la Lune [Viaje a la Luna], 1902. © Centre national du cinéma et de l’image animée, en depósito en La Cinémathèque française. Foto: Stéphane Dabrowski
La película entusiasmó dentro y fuera de París. De hecho, Méliès se vio obligado a abrir sucursal en Estados Unidos, al frente de la cual puso a su hermano Gaston, para proteger los derechos de sus obras después de la multitud de copias ilegales que se realizaron de Viaje a la Luna tras su estreno en el país.
El fantástico mundo de Méliés seguía pariendo exitosos filmes como la adaptación de Las Aventuras de Robinson Crusoe (1902), Viaje a través de lo imposible (1904) o A la conquista del polo (1911). 1908 fue, sin duda, el año de mayor esplendor del cine de Miélès: hasta 50 películas se rodaron en los estudios de Montreuil.
Aunque también puede hablarse de aquel año como el del comienzo de su cuesta abajo. Poco a poco, propuestas como las de Pathé o Gaumont, caracterizadas por su producción masiva, o las de nuevos cineastas como Zecca, Feuillade, Segundo de Chomóm o el estadounidense David W. Griffith, comenzaron a dejar al sello Méliés en un segundo plano. Sus tres últimas películas, rodadas en 1912, fueron un rotundo fracaso.
Ahogado por las deudas, a principios de los 20 vende su estudio en Montreuil. Poco después, George asistía al derribo de la sala Robert-Houdin, aquella en la que se habían fraguado todos sus sueños. Ni el mejor truco de magia podría haber erradicado la desesperación que llegó a sentir en aquel momento. Solo con la quema de todos y cada uno de los negativos de sus películas supo canalizarla.
Reconvertido en un vendedor de juguetes (tal y como aparece en la película Hugo, de Martin Scorsese) y casado en segundas nupcias con una de sus actrices, la serendipia se cruzó en el camino de Méliès. En este caso, encarnada en una periodista que le reconoció como el famoso cineasta que fue, mientras vendía juguetes en una estación de tren. Es el momento en el que el cine da una segunda oportunidad a Méliès. El merecido homenaje recibido en la Gala Méliès, en 1929, permite al cineasta reconciliarse con ese mundillo al que él mismo había cambiado para siempre.
El evento no solo había logrado recuperar para el gran púbico la figura de Méliès sino también algunas de sus películas que, milagrosamente, sobrevivieron al arrebato de cólera sufrido años antes por su autor.
La muestra ‘Georges Méliès. La magia del cine’, que puede visitarse en Tarragona hasta el 16 de enero de 2016, recoge 142 piezas, entre ellas, 14 filmes del cineasta francés, y otras 9 de algunos de sus contemporáneos como los hermanos Lumière, Marey o Edison. Además, incluye aparatos y copias manipulabes con las que descubrir algunos de los efectos utilizados por Méliès en sus cintas. 
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James Pettibone, Linterna de proyección con pasavistas de aluminio fundido y lámpara de arco eléctrico, Cincinnati, Ohio, c. 1888. © La Cinémathèque française. Foto: Stéphane Dabrowski

 

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