Konvent: un retiro espiritual para la cultura contemporánea

En el mismo edificio donde antes sólo se escuchaba la monótona letanía de la oración de las monjas, hoy suena el arte. Músicos, pintores, escritores… creadores de cualquier campo artístico se reúnen en este antiguo convento de monjas situado en la Cataluña central, en el eje del río Llobregat, en Cal Rosal (Berga, Barcelona) para experimentar con nuevas formas de expresión.

El edificio, del siglo XIX, formaba parte del conjunto arquitectónico y social de la colonia textil fundada por los hermanos Rosal i Cortina (Antoni, Ramon y Agustí).

«Con la crisis industrial textil, muchas fábricas de la zona cerraron con lo que muchos espacios quedaron en desuso, vacíos», explica Pep Espelt, fundador del espacio y su actual director. En 1992, las monjas abandonan el convento y el espacio es cedido a Espelt para «dar forma a un proyecto personal comprometido en sacar Cal Rosal del letargo social y en devolver la vida a estos espacios moribundos a través de la práctica artística. Un sueño hecho realidad», cuenta el director.

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Él solo, sin más ayuda que su empeño en sacar adelante el proyecto, puso en marcha este experimento artístico que hoy es el Konvent. «Durante años estuve solo, era una quijotada. Sin embargo, esto cambió drásticamente en el año 2009 cuando Konvent empezó a ser un referente dentro del sector cultural al mismo tiempo que se consolidaba un equipo colaborativo de personas con perfiles muy distintos que apuestan firmemente por un nuevo concepto de espacio de arte».

«Konvent trabaja a escala glocal y en una dimensión multidisciplinar. Esto quiere decir, que aparte de programar una agenda continuada de eventos artísticos sin frontera, ampliamos nuestras propuestas culturales al entorno más próximo. Esto incluye la dignificación, que abarca propuestas paisajísticas de land art y calçotades populares, pasando por la recuperación de nuestra memoria histórica relocalizando propuestas innovadoras de moda o creación musical disruptiva fuera de los escenarios más trendy, así como la necesidad serena de plantearnos de dónde somos y qué hacemos, que se traduce con propuestas de carácter más activista y de debate. Se trata, en última instancia, de un revulsivo cultural, que creemos necesario», concreta Espelt.

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El lugar no cuenta con ningún apoyo económico de ningún organismo público. «La esencia del proyecto es la libertad, lo que implica renunciar a muchos de los requisitos de la gran mayoría de organismos oficiales», afirma el director del Konvent. «Esto incluye, también, el apoyo económico institucional. Konvent se autogestiona, tiene sus fuerzas centrípetas y centrífugas, una idiosincrasia particular que se ha convertido en un modelo de referencia».

Este espacio cultural alternativo «se sostiene con ganas, mucha energía y con creer y vivir el proyecto». Económicamente, el mayor aporte lo da Corpus, un restaurante en el casco antiguo de Berga que ofrece producto de calidad, apoya a los productores locales e investiga en gastronomía local.

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Pero Espelt y su equipo no están solos. Con ellos colaboran otros muchos colectivos con los que comparten el mismo espíritu inquieto y afán experimental que da sentido al Konvent. «De hecho, esta forma de trabajar es uno de los pilares fundacionales del Konvent y que ha dado muy buenos resultados. A lo largo de los años se ha conseguido una amplia red de contactos que se retroalimenta y crece tanto a nivel local como internacional. Es parte de su encanto y un win win de valor incalculable».

El espacio funciona como centro cultural contemporáneo alternativo que trata de promover la creatividad y la creación en sus diferentes campos: investigación, producción y exhibición. Se pretende con ello generar y compartir conocimiento. Y las residencias son una de sus herramientas principales.

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Para ingresar en alguna de ellas no existen requisitos establecidos ni limitantes, cuenta Espelt. «Ofrecemos lo que tenemos, un espacio singular que dispone de instalaciones para todo tipo de trabajo, sea individual o de grupo, así como unos espacios comunes para facilitar el intercambio y la interacción social. Nuestra propuesta de residencia está abierta a toda disciplina y a todo tipo de proyectos que consideremos que pueden aportar una mirada renovada a la creación cultural. Somos resilientes, adaptables y funcionamos tanto con el boca oreja como a través de las redes sociales. Para entendernos, nos sirve tanto una visita como una llamada o un email».

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Todo parece tener cabida en el Konvent. «En un principio estamos abiertos a aquellos proyectos que enriquezcan el discurso artístico, lo problematicen, lo deconstruyan o aporten autenticidad. Nos gustan las ideas inacabadas, la frescura ante lo inimaginable y la complicidad irreverente frente el espectador. Así mismo, somos muy sensibles a toda propuesta que pretenda trabajar con el entorno y el territorio más cercano, común y cotidiano», explica.

El final del proyecto no lo marca el fin de la residencia. «Depende de la casuística y del tipo de trabajo. Nunca pedimos proyectos acabados, todo lo contrario. No obstante, si hay coproducción nosotros nos encargamos de darle visibilidad. Si se trata de un trabajo personal, de un proceso de gestación o de una estancia work in progress, la persona responsable o el colectivo debe gestionar cómo darlo a conocer o cómo seguir con el proyecto. Generalmente esto se habla durante la residencia, intentando siempre aportar ideas constructivas para llegar a su materialización final».

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En las últimas semanas han pasado por este espacio 15 personas de distintos orígenes: Múnich, Madrid, Barcelona, Ciudad de México, Nueva York… Además de dedicarse a sus proyectos personales, todos ellos han interactuado con la gente que ya estaba previamente programada, así como locales y otro tipo de público interesado. La actividad es constante. Se respira creatividad.

Nunca hay dos días iguales en el Konvent. «Y esto es así porque el espacio condiciona de forma directamente proporcional a las personas que allí se encuentran. Tenemos días con C, conventuales, silenciosos, lentos y paisajísticos. Pero también tenemos días K, que hacen crecer nuestro proyecto, aceleran la transformación permanente del convento, lo celebran, lo comparten y lo proyectan hacia el futuro», cuenta Pep Espelt sobre el día a día en el convento reconvertido en espacio cultural.

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«Una estampa representativa podría ser una mesa larga, con pan y vino entre conversaciones multilingües que hablan de sinergias entre el ser y estar para que el arte forme parte de nuestras vidas. Lo que sabemos, y nos enorgullece, es que el paso por el Konvent no deja indiferente».

Este antiguo convento pretende «reformular las geometrías territoriales, devolver al centro a las supuestas periferias. «No se trata de habernos querido alejar de nada, es totalmente a la inversa: el lugar nos escogió a nosotros», contesta Espelt a la pregunta de por qué han querido alejarse de grandes núcleos urbanos como Barcelona.

«Nuestra escala de acción es principalmente local pero con la mirada abierta al mundo. No creemos que se trate tanto de la dialéctica urbana-rural, dentro-fuera, como el tipo de propuestas que nos interesan. Como ya se ha comentado, colaboramos y programamos artistas de cualquier parte del mundo que tengan incidencia en nuestro entorno. En otras palabras, podríamos decir que seguimos teniendo los pies en el suelo pero dejamos rienda suelta al embriago de la creatividad».

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Patrick Thomas

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