Llegarán pandemias, aplicaciones de delivery y sitios cuquis donde tirar fotos a bebidas fosforitas. Caerán aguaceros o se secarán los parques, se iniciarán obras de peatonalización y se cambiarán locales por pisos turísticos. Pero hay un elemento del paisaje urbano que resistirá: las barras de bar. En medio de la vorágine digital, de las catástrofes medioambientales y de la transformación social, España ha mantenido esta arquitectura hostelera como un reducto de humanidad, de conversación y de tradición. Porque no es solo un espacio para tomarse una caña o un pincho: es un ágora, un confesionario, un punto de encuentro donde se teje la cotidianeidad.
Desde el primer café hasta la última copa de la noche, la barra es una especie de puerto donde zarpar a otros horizontes o naufragar en medio de una tormenta de hielos. No hay estudios que certifiquen su utilidad ni que expliquen las claves de su poder, pero se han ido transfiriendo entre generaciones esas atávicas propiedades que le confieren un lugar predominante en nuestro país. En opinión de Juan Carlos Muñoz, presidente de la Federación de Asociaciones de Barman de Madrid (FABE), la barra ha sido históricamente un escenario de tertulias, citas y acuerdos comerciales: «Como el amor, los negocios empiezan y se cierran en la barra de un bar», afirma.






