Una rata de gran tamaño, de esas que asustan hasta a los gatos, mordisquea algo con indiferencia sobre la recién instalada moqueta de la sala de prensa del Madison Square Garden. Todo flamante y azul resplandeciente… si las alfombras pudieran resplandecer. Cientos de miles de dólares recién gastados para tapizarlo todo con ese pulcro tejido que ahora es el destinatario de los excrementos y demás inmundicias provenientes del roedor. Todo está preparado para la gran final, pero nada, ni siquiera un saneamiento completo de las instalaciones, ha podido evitar que el animal campe a sus anchas por el que siempre ha sido su territorio.
La hora ha llegado y unos cuantos hombres ya creciditos se quedan en calzones y camiseta de tirantes e inician un juego casi cavernario para tratar de meter una pelotita en un aro. Las gradas reaccionan de forma primaria. En las primeras filas del antológico arena se encuentran las localidades para celebridades y demás millonarios. Todos con looks casual, pero estudiados.
Camisetas deportivas cuyas mangas llegan justo a tapar los parches monitorizadores de glucosa colocados en el hombro, necesarios para determinar cuándo será el próximo jeringazo. Perritos calientes supurando una mezcla indeterminada de salsas. Salchichas enormes que rivalizan con los labios de alguna que se ha pasado con el hialurónico.
Si viajamos hacia arriba, hacia la última fila del pabellón, lo que comúnmente se llama el Gallinero, cuesta pensar que todos esos asientos han costado al menos 10.000 dólares, dinero con el que podría vivir una familia de cuatro miembros en muchos países durante todo un año.
Se oyen esnifadas de cocaína en las cabinas de los baños. Se conoce que la tensión puramente deportiva que produce el encuentro no es suficiente para algunos. La relación de este país con las drogas, que tal vez sea parecida a la nuestra dentro de pocos años, es, cuando menos, curiosa. Radical y curiosa. Como se dice en la serie Euphoria, en ningún otro lugar tratarías de vender algo a un cliente que sabes que le va a acabar matando.
No se me ocurre una forma mejor de quedarse sin clientes. Y eso es exactamente lo que ocurre con el fentanilo. En ningún otro país pueden verse zombis reales, sin prótesis ni maquillaje, caminar por las calles. El cortoplacismo del camello es casi insultante, pero todo es cortoplacista hoy en día.
No carecen de mecanismos de crítica o autocontrol, como la mencionada serie. Aún pareciendo una brutal exageración — pues, sin spoilers, parece que se presenta a todos los heteros como violadores en potencia o a todas las chicas jóvenes como trabajadoras sexuales, por poner un ejemplo —, se trata de un material artístico y, como tal, abierto a interpretaciones o a que cada uno se quede con lo que le interese moralmente. Unos miran a la actriz de moda lucir palmito y se quedan tan solo con eso. Otros perciben cierto toque de comedia negra y producen una mínima sonrisa en los intervalos que levantan la vista de sus teléfonos móviles. Pero muy pocos leen entre líneas la brutal crítica a la sociedad que se les está presentando.
Se cuelan en sus scrolls infinitos atisbos de perfección impostada gestionados por algoritmos que buscan una mayor adicción. Familias perfectas, lugares idílicos, desayunos healthy elaborados con aceite de palma, a su vez fabricado en países con explotación infantil, en las mismas fábricas en las que se manufacturan las prendas de ropa que llevan puestas. Cuando no se les graba o se monitoriza su vida, esas pequeñas realidades se desmoronan como un castillo de naipes.
Y así viven, todos enganchados a ese tipo de actividad tan absurda y pasiva que no demanda nada ni conlleva actividad intelectual alguna. Y, además, por si fuera poco, genera necesidades que nunca habían tenido. Todo perfectamente orientado a que unos pocos les manejen como a un rebaño de ovejas idiotas que solo son capaces de pensar egoístamente en su propio beneficio media hora más allá del momento presente.
Jalen Brunson ha metido un triple. Tras 20 minutos de partido en el que todos esos atletas no han conseguido atinar ni una sola vez dentro del aro, por fin se ha abierto la veda. Es motivo de gran alegría. Los pechos de silicona de una mujer en la fila cuatro rebotan asíncronamente con el resto de su cuerpo, como queriendo desprenderse de ellos. Unos vasos de cerveza que pasaban de mano en mano en la fila diez se han derramado casi por completo sobre la calva de un hombre de la nueve que celebraba la canasta con demasiado ímpetu.
Un padre de familia en la última grada se pregunta si el dinero pagado ha merecido la pena.






