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Hay algo raro cuando vemos a alguien hablando con plantas; algo perturbador, como cuando alguien le habla a una piedra o se habla a sí mismo. Nos da la impresión de que se trata de un acto comunicativo unidireccional y sin retorno, solo de ida, solo de idos. Especialmente si se trata de un árbol, de un cactus o de un seto de la jardinera municipal. No sucede lo mismo cuando nos encontramos con un perrillo rabioso y le decimos ‘tranquilo amigo’. Se sobreentiende que nos entiende. Lo de hablar con plantas nos parece algo más simbólico, como el náufrago que habla con la pelota de voleibol para aplacar su soledad porque necesita que alguien le escuche.

Si hablar con plantas resulta extraño qué os voy a contar de bailar con plantas o más bien de bailar con árboles, en este caso, de bailar con un níspero europeo. A priori el acto resultaría complicado ya que un níspero europeo es un ser estático, enraizado a la tierra, por lo que si acaso bailarías tú con el níspero pero no los dos juntos. El artista Honevo Bi-Hemispheric se ha encargado de solucionar este asunto colocando unas ruedas a una maceta y ha puesto a danzar con el níspero a varios bailarines para que al verlo se nos cortocircuiten algunos enlaces sinápticos de esos de los que carecen las plantas. Qué terreno virgen e inexplorado para el común de los sobrios ese de la danza biónica.

Sin embargo, las plantas entienden más de lo que nos pensamos. O quizás sería mejor decir que perciben más. El lenguaje no es moco de pavo en este asunto. ¿Tienen las plantas inteligencia? ¿Tienen memoria, voluntad, capacidad de aprendizaje, intención? ¿Tienen consciencia? ¿Habría que añadirle el prefijo bio a todos estos sustantivos? Actualmente la comunidad científica anda a la gresca por encajar a las plantas en todos estos términos, tradicionalmente reservados para los poseedores de cerebros, ese órgano totémico, hipervenerado y omnipotente que gobierna nuestra sociedad cerebrocentrista.

Sin embargo, como argumenta Michael Pollan en su artículo The Intelligent Plant, (traducido por Miguel Marqués y publicado en España por El Estado Mental), «las plantas son capaces de sentir y responder de manera óptima a tantos factores ambientales —luz, agua, gravedad, temperatura, características del suelo, nutrientes, toxinas, microorganismos, herbívoros, señales químicas de otras plantas— que posiblemente exista algún sistema de procesamiento de la información similar al cerebro, que integraría los datos y coordinaría la respuesta de comportamiento».

Fue Charles Darwin el primero que quedó fascinado por las capacidades sensoriales y motrices de las plantas, especialmente de las raíces, algo que plasmó en sus últimas obras. En su penúltimo libro publicado, El poder del movimiento en las plantas, ya señalaba que las radículas actúan en los vegetales como el cerebro en los animales menos desarrollados. Según Pollan, Darwin imaginaba a las plantas como un animal boca abajo, con el cerebro bajo tierra y los órganos sexuales en la parte superior.

«La polémica no gira tanto en torno a los significativos descubrimientos hechos por la botánica reciente: la cuestión es si los comportamientos observados en las plantas que tanto se parecen al aprendizaje, la memoria, la toma de decisiones y la inteligencia deben recibir esos nombres o si tales palabras deben reservarse para las criaturas con cerebro», afirma Pollan en su artículo.

¿Entonces tienen o no tienen? ¿Son o no son? Según la ecóloga Mónica Gagliano, «el cerebro y las neuronas son una solución sofisticada para el aprendizaje, pero no necesaria», es decir, que «existe un mecanismo unificador a lo largo y ancho de los sistemas vivos que hace posible el procesamiento de información y el aprendizaje». Estas son las conclusiones a las que ha llegado tras experimentar en Mimosas pudicas diversos protocolos de habituación (normalmente destinados a animales) para poner a prueba su capacidad de aprendizaje.

Según el fisiólgo botánico italiano, Stefano Mancuso, adalid de la ‘neurobiología vegetal’, las plantas sí poseen inteligencia, entendida como la capacidad de resolver problemas, una especie de inteligencia distribuida como la que observamos en las bandadas de pájaros.

Quizás el término más peliagudo de la llamada ‘neurobiología vegetal’ sea la consciencia. Si entendemos consciencia como percepción de uno mismo experimentando la realidad, no hay debate pero si la entendemos como la percepción y adecuación al entorno, la cosa se pone discutible. Según Mancuso y sus colaboradores, la planta de judías es consciente porque sabe cómo es el entorno que la rodea y toma las mejores decisiones para adecuarse a él. También identifica a otros seres, como otras plantas, y actúa de diferente manera según la situación. No hay nada como un timelapse para ilustrarlo:

Sin embargo, hay muchos científicos que si bien reconocen que las plantas tienen comportamientos inteligentes, rechazan que exista un campo como la ‘neurobiología vegetal’ y se niegan a admitir analogías conceptuales y lingüísticas con el cerebro animal. Tal es el caso del biólogo de Yale, Clifford Slayman o del profesor de fisiología vegetal Lincoln Taiz, más radical en su postura, que señala que los comportamientos vegetales inteligentes pueden explicarse mediante procesos químicos y eléctricos sin necesidad de caer en el animismo.

Neurobiología vegetal sí/no. Mientras la comunidad científica debate sobre nomenclaturas y definiciones en nuestra ajetreada dimensión temporal, las plantas siguen a lo suyo, a su ritmo, perpetuándose sin necesidad de un cerebro que las maree. Me pregunto cómo asimilará el níspero europeo de Bionic Dance ese baile, a qué clase de cámara rápida percibirá a sus parejas de baile o si será capaz de percibir algo más que un tornado al estilo del Demonio de Tasmania.

P.D.: La próxima vez que vea a alguien hablando con un pino del Retiro le voy a mirar de otra manera.

Con la información de Tesis, Antítesis y Fotosíntesis de EEM y The Intelligent Plant del New Yorker.

Para saber más: Las raíces de la inteligencia vegetal (Charla TED de Stefano Mancuso).

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Patrick Thomas

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