El mapa que supera la barrera del tiempo

«Quien pierde los orígenes, pierde identidad», canta el valenciano Raimon en su ‘Jo vinc d’un silenci’, donde explica que viene de un silencio antiguo y largo. Considerando el contexto de la canción, sabemos que aquella mudez era el franquismo.

La banda sonora viene de perlas para lo que nos ocupa: reflexionar sobre la importancia de la Historia. Un gravamen con el que nacemos, una carga intangible que llevaremos a nuestras espaldas toda la vida. Una presencia es como sentir a alguien contigo en la habitación. Miles de años de fatigosos anales en los que no pocos hombres han hecho Historia, y algunos no necesariamente más listos que los que transitamos por aquí sin pena ni gloria.
A veces, podemos rehacer los caminos de nuestros antepasados y echar un vistazo a esa identidad gracias a algún apasionado de los vericuetos del ayer. Un ayer bastante cíclico y en ocasiones discutible, pero siempre sintomático de lo que somos.
«Cuando yo estudiaba Historia, las civilizaciones se aprendían por separado. Por eso yo me fabricaba mis propias líneas de tiempo. Así, si trazaba una línea vertical imaginaria podía relacionar, por ejemplo, un faraón en Egipto con un rey en Babilonia. Muchos años después, aproveché mis conocimientos de programación para sacar algo adelante», dice Luis Múzquiz.
Él es el creador de Geacron, un mapa virtual que abarca 5.000 años de Historia. Si Google Maps había eliminado las distancias espaciales, el proyecto de Múzquiz ha incorporado el tiempo a esta ecuación cartográfica. Así, podemos desplazarnos geográficamente por el curso de la Historia y ver, en un solo atlas, la evolución mundial de continentes, países y fronteras. Desde el antiguo Imperio Romano hasta la unificación alemana, la elección de la fecha queda a gusto del consumidor.
Diez años han pasado desde que el madrileño comenzara a programarlo. Al principio era un hobby, pero es lo que tiene ser mártir de un ERE. En 2010, tras una ronda de despidos en su empresa, Luis pasó de lidiar con la política de oficina a convertir, poco a poco, su arduo pasatiempo en un pequeño negocio que, cada día, supervisa y mejora. La herramienta está en siete idiomas y, además, consta de una aplicación para móviles.

Lo primero que hizo fue construir desde cero un sistema propio de información geográfica pero, además, temporal, algo que no existía. Luego, recopiló datos correspondientes a 5.000 años, purgando cada lapso de tiempo tan exhaustivamente como un presidiario cuando tacha en el calendario los días transcurridos.
«Lo más complicado fue introducir toda esa información. La Historia no es una ciencia exacta. No es Geografía. Tiene muchas interpretaciones y puedes encontrar opiniones distintas de la misma época y el mismo lugar. Coger todo, contrastarlo y meterlo en la base de datos de una manera coherente me llevó mucho tiempo», asegura Múzquiz, que decidió que el año 3.000 a.C sería su fecha inicial, «porque es un número redondo y muy próximo a la aparición del primer documento escrito».
Con una profusión de detalles casi alucinante, a Geacron la elipsis le es ajena. Pero Luis ha querido distanciarse de la vorágine de información histórica de tipo documental que flamea por internet. Es muy fácil investigar hechos, pero aislados. Frente a esta disección, Geacron permite relacionar unos hechos con otros. Por ejemplo, uno puede ir viendo la dilatada evolución del Imperio Romano mientras observa la transformación de China, en esos mismos siglos.

(Año 214 a. C.)
O podemos teclear ‘1512’ y observar cómo, en América, la isla de Cuba ya es parte de los nuevos territorios españoles, mientras las culturas mesoamericanas aún conservan sus imperios en el continente.

(Año 1512)

(Año 2014)
«Si miramos a la actualidad, el tema de Crimea me sirve para explicar cosas», dice el autor. «Es un clarísimo ejemplo de que, se ponga lo que se ponga, no se puede contentar a todo el mundo. Si se pone ucraniano, si se pone ruso, si se pone independiente… siempre habrá quien difiera. Intento ser serio y riguroso en todo, y basarme en las opiniones más consensuadas, pero hay muchas interpretaciones. Si en la era del exceso de información ocurre esto, imagínate con hechos de hace mil años de los que apenas hay testimonios».
Mientras el mundo exuda una locura sórdida por proteger estados y fronteras, Geacron demuestra, a golpe de clic, cuán maleables son. La Historia es un viaje de ida y vuelta. Desde el descubrimiento, las conquistas, el colonialismo o el exilio de posguerras, hasta las tropas de Putin apostadas junto a Ucrania. Hasta una España que ahoga su letanía de catástrofes y lamentaciones en disparos de pelotas de goma. Este atlas histórico, el mayor de la red, muestra los infinitos ensayos humanos de delimitar soberanías fantasma.
«Incluso el pasado puede modificarse; los historiadores no paran de demostrarlo», decía el irónico de Sartre. Y tenía razón. La Historia es latosa, pero precisamente lo que pesa no son las certezas, como bien ha podido comprobar Múzquiz. No nos queda otra. Nacemos encabezando el cortejo de una vida que no es libre. Sobre nuestras espaldas, un féretro primordial y, a veces, injusto: la Historia.
Lo explica bien el poeta mexicano Salvador Novo, de padre español (o gachupín, en habla coloquial mexicana) en estos versos:
«¡Mueran los gachupines!
Mi padre es gachupín,
el profesor me mira con odio
y nos cuenta la Guerra de Independencia
y cómo los españoles eran malos y crueles
con los indios –él es indio–,
y todos los muchachos gritan que mueran los gachupines.
Pero yo me rebelo
y pienso que son muy estúpidos:
Eso dice la historia
pero ¿cómo lo vamos a saber nosotros?
».

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Patrick Thomas

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