Al periodista Pablo Ortiz de Zárate el arte le ayudó a superar la depresión. La razón, explica, es porque si sabemos mirar un cuadro, da igual el estilo, da igual quién lo pintó y cuándo, sabremos conectar con nuestras emociones y comprenderlas, y eso nos llevará a saber gestionarlas.
Todo eso de aprender a vivir el presente —que habla el mindfulness— desarrollar la empatía y conseguir el equilibrio emocional que le aconsejaban los terapeutas, explica, lo podemos conseguir mirando obras de arte.
Cómo y por qué lo explica en su libro El arteSano. Cómo mirar el arte para comprender tus emociones, publicado en Destino.
El arte, dices, nos ayuda a sanar. ¿Cómo?
Está científicamente demostrado que mirar una obra de arte mejora nuestra salud física y mental. Se ha comprobado que cuando miras un cuadro que te gusta aumentan los niveles de dopamina y endorfinas en tu cuerpo (relacionadas con el bienestar), se reduce la presencia de cortisol (asociado al estrés), baja la presión arterial y se regula el ritmo cardíaco.
Además, hay numerosos estudios que han demostrado que ver arte calma el estrés, combate la ansiedad y ayuda en casos de depresión. La evidencia es tan clara que en varios países del mundo los médicos recetan arte a sus pacientes con problemas de salud mental. Por ejemplo, en Montreal (Canadá), los doctores de la Asociación de Médicos Francófonos empezaron en 2018 a prescribir a sus pacientes entradas gratis para visitar el Museo de Bellas Artes de Montreal como parte del tratamiento. Se hace también en Estados Unidos y en varios países de Europa.
La evidencia es tan abrumadora que la Organización Mundial de la Salud elaboró en 2019 un informe recomendando a los estados miembros de la ONU que incluyan el arte dentro de sus sistemas nacionales de salud. En Reino Unido, el Gobierno ha medido el impacto económico que esto tendría y concluye que implementar terapias basadas en arte ahorraría millones de libras a las arcas públicas. Calcularon que muchos pacientes necesitarían menos fármacos y hospitalizaciones, lo que reduciría sensiblemente el gasto público sanitario por ciudadano.
Cada uno de nosotros podemos aprovecharnos de estos beneficios simplemente aprendiendo cómo mirar un cuadro.

Antes que a entender un cuadro, hay que aprender a mirarlo, y eso, con el ritmo frenético en el que nos movemos en la vida, no es fácil… ¿Por qué es importante ese primer paso?
Cuando nos enfrentamos a un cuadro, lo más normal es que nos frustremos. No sabemos bien qué mirar, pensamos que no tenemos conocimientos suficientes sobre arte… Pero es mucho más fácil de lo que creemos. En el libro explico qué elementos debemos buscar en cualquier cuadro para entender lo que significa, extraer su mensaje emocional y así exprimir sus beneficios para la salud mental.
Son tres elementos: las personas (concretamente sus ojos y manos), los objetos (que, aunque escondidos, nos darán pistas sobre lo que pasa) y lo inmaterial (luz, color, espacio y líneas). Si sigues las indicaciones que doy, aunque no sepas nada de arte, te resultará muy fácil captar el mensaje profundo de cualquier cuadro. Y una vez que lo has comprendido, verás lo rápido que conectas emocionalmente con él. Dejará de ser una pintura para convertirse en un amigo que te entiende y da buenos consejos.
Si no tienes claro cómo hacerlo, en el libro lo explico paso a paso. Y si no sabes con qué pintura empezar, también te doy varias recomendaciones. Te garantizo que notarás los beneficios mucho más de lo que imaginas.
«Aprender a mirar como un artista», ¿hemos perdido la capacidad del asombro por no saber observar y eso nos pesa en las emociones?
Gran parte del día vivimos en piloto automático: hacemos cosas, pero en realidad no estamos atentos a ellas porque le estamos dando vueltas a lo que pasó ayer, lo que tenemos que hacer mañana… Esta rumiación es una de las principales causas de malestar emocional, porque te desconecta de tu entorno. Tu cuerpo está en casa con tu pareja, de paseo con tus hijas o en un bar con tus amigos… pero tu mente, en realidad, sigue en esa reunión de la mañana, la bronca que tuviste ayer o en la presentación que tienes la semana que viene. Casi nunca estamos presentes, relajándonos. Y eso lo terminamos pagando.
Ver cuadros es un ejercicio perfecto para aprender a desconectar y vivir en el aquí y el ahora. Para entender un cuadro debes concentrarte al cien por cien en lo que ves. Tu cerebro sale de ese modo automático y se olvida por un momento de las rumiaciones que te impiden disfrutar.
Mientras buscas en esa pintura las pistas para entenderla, estás entrenando tu capacidad para estar aquí y ahora. Y, como todos los psicólogos saben, estar presente y conectado a tu entorno es una de las bases de la salud mental.
Además, ver cuadros entrena tu mirada para ver más. Te acostumbras a observar detalles, una mirada o un gesto del protagonista que te dé claves sobre lo que está pasando. Y cuando lo haces con los cuadros, luego lo pones en práctica en tu vida diaria. Se ha demostrado que ver arte agudiza nuestra capacidad de observación. Pones mayor atención en lo que te rodea y eso te ayuda a estar más presente. Estás a lo que estás y no a tus preocupaciones. Te reconecta contigo mismo.

Muchas personas tenemos asociado (quizá erróneamente) el arte, un cuadro, como algo que hay que entender para saber apreciarlo, y nos alejamos de él si no sabemos leer su mensaje. ¿Es necesario saber entender lo que se nos quiere contar? ¿Cómo podemos superar esa barrera?
Se empeñan en enseñarnos el arte desde el punto de vista racional (qué significa, el periodo histórico, siglo, escuela, técnica, fechas…). Mirar así los cuadros es frustrante porque nos obliga a tener conocimientos previos. Pero ver arte es mucho más sencillo que todo eso. El truco está en mirar la obra con las emociones, sentirla en lugar de entenderla. Olvídate de fechas, estilos o siglos y busca los tres elementos fundamentales que casi todos los artistas usan para transmitir emociones: personajes (concretamente sus manos y ojos), objetos y elementos inmateriales.
Por ejemplo, las manos de los personajes te dirán lo que quieren: no es lo mismo coger una espada que tocar un libro, acariciar con suavidad que apretar el puño con ira. Sus ojos revelaran cómo se sienten: fíjate en un brillo de amor en la pupila, un párpado caído que delata tristeza, una mirada llena de vida…
Una vez que ya has captado lo que pasa, busca la emoción del cuadro en sus elementos inmateriales (sobre todo la luz y el color). Los artistas tratarán de manipular nuestras emociones con ellos. Un paisaje brillante nos transmitirá alegría, una habitación en penumbra inspira introspección. El pintor puede que quiera darte un subidón de energía a base de rojos y amarillos o que trate de conmoverte hasta las lágrimas cubriendo de azul la escena.
No hace falta saber de arte o historia para hacer esto. Simplemente hay que conectar con emociones que todos conocemos. Por eso ver cuadros es tan terapéutico: libera las alegrías, tristezas, esperanzas y dolores que llevamos dentro. Generamos dopamina, nos emocionamos, desahogamos rabias bloqueadas, empatizamos… En definitiva, salimos renovados y con sensación de bienestar.

De todos los elementos en los que nos invitas a fijarnos al mirar un cuadro, ¿cuál o cuáles crees tú que son fundamentales?
Lo que más miro en los cuadros son los ojos (cuando hay personajes en ellos, claro). Como he dicho, los ojos revelan lo que sienten los protagonistas de la pintura. Y esto no solo te da la clave para entender qué está pasando en la obra. Mirar los ojos de los cuadros tiene un efecto secundario importantísimo para nuestra salud mental: aumenta tu empatía hacia los demás.
Cuando miras una pintura no puedes evitar ponerte en la piel de sus protagonistas y sentir lo que les pasa. Y, de nuevo, cuando te acostumbras a hacer eso con los cuadros, luego lo haces también en la vida real. Gracias al arte, eres capaz de detectar en otras personas emociones que antes no veías. Empatizas más con la gente. Hasta tal punto es así, que muchas facultades de medicina de todo el mundo llevan décadas enseñando a mirar arte a sus alumnos. Han comprobado que mirar cuadros les hace más empáticos con sus pacientes. Ver el dolor de los personajes desarrolla la compasión de los futuros médicos, que luego tratan con más cariño y atención a los enfermos que pasan por sus consultas.
Esto es fundamental porque la empatía suele mejorar nuestra vida social. Y una buena vida social es la clave de la felicidad. El estudio más importante que se ha hecho sobre este tema, de la Universidad de Harvard (EEUU), concluyó que las personas con relaciones sociales más satisfactorias son las que obtienen la puntuación más alta en los índices de felicidad. Importan más los amigos que el dinero o la posición social. Así que, indirectamente, el arte nos acerca a una vida más conectada y feliz.
Si en el cuadro no hay personas ni ojos que mirar, en lo que más me fijo es en el espacio vacío. Normalmente tendemos a mirar a las personas, objetos, muebles, animales, árboles… Pero lo que más emoción transmite suele ser el vacío que hay entre ellos, lo que se llama espacio negativo. Si las cosas y los personajes nos dan información, el espacio que los rodea es silencio. Un susurro, un momento de calma para respirar. Los cuadros en los que hay mucho espacio vacío son especialmente relajantes. Por eso nos encantan los paisajes con horizontes infinitos. Y esa es la razón por la que tanta gente adora los cuadros de Vermeer, el gran maestro del silencio. En sus obras, los personajes suelen estar lejos para dejar ante nosotros un vacío seductor que nos calma.

En un cuadro podemos tener tres lecturas distintas, al menos: la nuestra como espectadores, la del artista al pintarla y lo que el cuadro muestra en sí… ¿No es un poco esquizofrénico?
Sí, pero es lo maravilloso del arte. Piensa en La gran ola de Kanagawa, de Hokusai. El autor la creó para mostrarnos lo frágiles que somos ante la indomable fuerza de la naturaleza. Es probable que también estuviera hablando de los peligros de una inminente invasión extranjera en Japón (la ola simbolizaría la amenaza de esos extraños venidos de fuera que amenazan con ahogar la cultura tradicional nipona). Sin embargo, hoy a mí, casi 200 años después, este grabado me parece uno de los mejores retratos jamás hechos de la ansiedad. Cuando miro esa ola inmensa a punto de caer sobre las barcas que tiene debajo, me recuerda a la sensación de angustia que sentí hace años, durante un periodo de crisis personal.
Puede que a Hokusai jamás se le pasara por la cabeza esta idea, pero con el paso del tiempo y el cambio de la sociedad, las obras cambian de significado. Da igual que no fuera la intención original del creador, lo importante de verdad es la emoción que te transmite.

¿Cuál o cuáles han sido los cuadros que más te han ayudado a ti a salir de la depresión?
En los momentos más oscuros, siempre me he identificado mucho con las Pinturas negras de Goya. Puede parecer sorprendente que unas obras tan dramáticas y pesimistas sirvan para salir de la depresión, pero a mí me resultaron muy útiles.
Cuando estás mal, una de las cosas que más ayuda es enfrentarse a pinturas que se sienten igual que tú. Es una especie de terapia de choque. Mirar el Perro semihundido o el Saturno es como asomarse a tu propia oscuridad. Ves representado en una imagen lo que llevas tiempo notando en tu interior. Es una sensación muy poderosa que alivia. Entiendes mejor lo que te pasa y te ayuda a sacar afuera todo eso que tenías encerrado.
Los cuadros tristes o llenos de ira pueden resultar duros de mirar para quien se siente así, pero ayudan muchísimo a enfrentarnos a nuestros monstruos. Son como amigos que te entienden, escuchan y acompañan, sin meterte prisa ni forzarte a que te animes.
Eso sí, es importante encontrar un equilibrio. No se trata de regodearse en el sufrimiento. Además de explorar el dolor, también debemos rodearnos de arte alegre que nos levante el ánimo. Los cuadros optimistas son como ansiolíticos visuales para afrontar los días malos.
A mí, el que más energía positiva me transmite es La danza I de Matisse. En los peores días de depresión, esa explosión de colores intensos y la alegría de esas personas bailando felices cogidos de la mano me daban esperanza. Cuando me recuperé, lo imprimí y lo tuve durante mucho tiempo pegado al lado del ordenador, para que me sostuviera emocionalmente mientras trabajaba.
Todos deberíamos tener un cuadro talismán que nos recuerde en los momentos malos que también hay cosas buenas en la vida.