Semillas de Kivu es el cortometraje español ganador del Goya que la ONU ha proyectado en Nueva York dentro del 25 aniversario de la Resolución 1325. La obra, dirigida por Néstor López y Carlos Valle, pone el foco en las mujeres de Kivu (República Democrática del Congo) víctimas de violencia sexual que, aun cargando la guerra en su cuerpo, encuentran en la maternidad una inesperada forma de resistencia.
López cuenta que la película nació «desde las tripas», fruto de la frustración y la incredulidad ante una injusticia que el mundo ignora. Tras años de viajes y confianza construida con el Hospital de Panzi, el rodaje se convirtió en una experiencia extrema. Rutas improvisadas, cámaras escondidas y la tensión constante de filmar en una de las zonas más peligrosas del planeta.
La historia, inicialmente centrada en el doctor Mukwege, cambió de eje al descubrir que todas las mujeres tenían hijos nacidos de violaciones. Ese vínculo, duro y luminoso a la vez, transformó el documental. «El amor como respuesta a la violencia es la única resistencia posible», explica.
Aunque el corto ha llegado a la ONU, al Vaticano y al Parlamento Europeo, López insiste en que no fue creado para instituciones, sino para romper un muro de silencio «sin faltar a la intimidad de nadie». Y lo ha logrado. Su impacto emocional es transversal, conectando a públicos de cualquier lugar del mundo.

El equipo espera que la película genere conciencia, conversación y, ojalá, acción política. Mientras compite en la longlist de los Óscar, López lanza un mensaje incómodo pero necesario: «El mercado ha perdido el rumbo de lo humano y las mujeres del este del Congo están sosteniendo el mercado entero. Deberíamos morirnos de vergüenza».

Quizá por eso esta película sigue viajando. Porque Semillas de Kivu no es un documental sobre un conflicto lejano, sino un recordatorio incómodo de que lo que ocurre allí sostiene, en parte, lo que ocurre aquí. Y cada vez que se cuenta, una semilla vuelve a caer en tierra fértil.






