El pasado 27 de abril, en el saturado cruce de la calle 19 con la 7 en Bogotá, Colombia, las luces de los semáforos se iluminaron de rojo y los coches frenaron. De repente, una música de velatorio interpretada por una trompeta irrumpió entre el ruido de los motores al ralentí. 296 personas, todas vestidas de negro, abandonaron la acera y se tiraron al suelo, fingiendo estar muertas durante un minuto. En sus espaldas llevaban escrito el nombre de todos peatones muertos entre el caótico tráfico de la capital colombiana el pasado 2012.
En otro punto, varios superhéroes con máscaras mexicanas protegían a unos chavales que pintaban un paso de cebra; en mitad de otra carretera, activistas vestidos de conos naranjas impedían que los vehículos se saltarán la línea de división entre las dos direcciones; mientras, en el abandonado barrio de San Luis los vecinos construían un parque infantil con elementos reciclados. No es que los bogotanos se hubieran vuelto locos. Solamente ciudadanos concienciados dentro del movimiento 100 en 1 Día, que anima a los vecinos a hacer intervenciones sociales con el objetivo de mejorar su ciudad.
Y que, como unas setas concienciadas, se ha multiplicado desde su primera edición en 2012 en Bogotá hasta las colombianas Cali, Chinú o Pasto; pasando por la sudafricana Ciudad del Cabo, la danesa Copenhague o San José en Costa Rica; y con Moscú, París o Madrid planeando lleva a cabo su propio 100 en 1 Día.
“Ser ciudadano activo es una redundancia”, explica al otro lado del Atlántico y la línea telefónica David Serna, uno de los 10 colombianos implicados desde el origen de este movimiento, “pero en la realidad eso pasa, la gente no se pregunta qué puede hacer por su ciudad y la idea es que los ciudadanos se den cuenta que pueden ser prosumidores”. Este acrónimo de las palabras productor y consumidor significa para Serna que, aunque el Estado suministre una serie de servicios, es el ciudadano el que debe configurar su hábitat, luchando por lo que quiere desde una posición positivista.

Este joven de 25 años, que se define como diseñador industrial y activista de la bicicleta, cuenta que el concepto original era realizar una serie de seis intervenciones urbanas junto a los estudiantes de la escuela danesa Kaos Pilots, que realizaban sus tres meses de formación en el exterior en Colombia. Luego escribirían un paper sobre el tema. “Todo muy científico”, asevera. Pero en una jornada de trabajo, con unas cervezas de más, alguien (“no recuerdo quién”) preguntó por qué no hacían 100. “Todos nos cagamos de la risa”, cuenta. Pero uno de los estudiantes se lo propuso a los coordinadores.
Rowam Simonson, escocés de madre estadounidense y padres danés y representante en Latinoamérica de Kaos Pilot, formaba parte del equipo de coordinación junto con su mujer, la colombiana y también antigua alumna Zulma Patarroyo y el director Peter Sims. “Lo que queríamos es que los alumnos trabajasen con la idea del legado”, dice por teléfono en un más que correcto castellano con acento nórdico y vocablos colombianos, “y nos pareció que era un proyecto mucho más ambicioso”. Así que marcaron una fecha: el 26 de mayo.

Foto: William Corredor Avila

Los estudiantes de Kaos Pilot y los diez colombianos se lanzaron al ruedo. De una idea “elitista y del diseñador como un dios de la ciudad”, como la define Sernan, se pasó a “la figura de un catalizador para ayudar y asesorar”. Se comenzaron a mover en redes sociales, subieron una web informativa, a organizar talleres todos los miércoles durante diez semanas, dar charlas allí donde pudieran… Pero la última semana antes del Gran Sábado solo tenían registradas unas 60. “No está mal”, se dijeron, “son muchas”. Pero de repente la cosa explotó.
El miércoles eran 126, subiendo hasta 190 el jueves y llegando a 250 el viernes. Y el sábado fue, en palabras de Sernan, “impresionante”. Unas 3.000 personas se echaron la calle a cuestas. En la edición 2013 solo fueron 1.500 y 104 intervenciones, pero de “mayor calidad”.
“La idea es muy sencilla en realidad”, arguye Simonson y adjudica a esta simplicidad parte del éxito y contagio a otros países y ciudades. Sernan piensa que Bogotá era el lugar perfecto para que surgiera gracias a Antanas Mockus, excéntrico alcalde la ciudad del 1995 al 1998 y del 2001 al 2003. Filósofo, matemático y político poco común, se casó en un circo con una asistente social e improvisó canciones de rap.
Pero también, durante su alcadía, sacó mimos a a las calles para burlarse de los conductores infractores o concienciar a la gente que no tirara basura a la calle; creó a los Acuacívicos, que ponían en práctica medidas que tenían que ver con el ahorro del agua, como el envío de mensajes telefónicos o la sanción para los despilfarradores; repartió tarjetas con pulgares hacia arriba y uno hacia abajo para que los ciudadanos calificarán el comportamiento de sus vecinos… “No hizo muchas obras pero se aplicó en educar a la ciudadanía”, dice Serna, que atribuye a Mockus y sus acciones parte del éxito de 100 en 1 Día, al preparar a la ciudadanía para el activismo “gracioso”.
Para él, “andar en bicicleta” también es un acto político.
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