Agosto es el momento perfecto para que un amor de verano te encuentre. Porque hay dos veranos, que solo se llaman igual por la imposición de que cada estación dure tres meses. En el primero se suda en el metro, se compra gazpacho de bote anhelando el momento de pedirlo en un chiringuito, se selecciona el rincón de la pradera de tu oficina donde el aire te acondiciona y no te enferma, y se ignoran estratégicamente todas las publicaciones que enmarquen una coqueta calita en Menorca.
Pero es el segundo verano el que nos importa; el que comienza en agosto, cuando los valles de productividad seducen a las empresas para concentrar las tres semanitas de descanso de sus trabajadores cuando sus buzones de Outlook están vacíos. Es en este, en el segundo, cuando te coges vacaciones. Es en la quietud de un hotel masificado en primera línea de playa, entre los guerreros de la tumbona y los usuarios del aquagym matutino, donde te planteas enamorarte. Brevemente. El tiempo suficiente para que nazca en ti el deseo de recordar esos besos cada vez que suene una canción. Vuestra canción. La canción de tu amor de verano.
Cuando la sociedad empezó a perder el miedo a la redes sociales, hace ya unos años, también nació la moda de ventilar en ellas los detalles más microscópicos de nuestra intimidad. Gracias a esa sobreexposición de
problemas de pareja, de identidad y de intestino, nos dimos cuenta de que nuestras vidas se parecen muchísimo; de que apenas tenemos experiencias originales. Todos hemos caminado evitando las franjas blancas del paso de cebra, hemos mirado debajo de nuestra cama antes de dormir y hemos practicado en la ducha nuestra entrevista en un late night show.
Nuestras vacaciones también parecen casi idénticas, y no es porque nos guste lo mismo, sino porque solo podemos acceder a las mismas cosas. Volamos a las cinco de la mañana (porque el resto de opciones muestran precios desorbitados), escogemos el hotelito con mejor relación calidad- ubicación según una web de viajes (porque no tenemos tiempo de hacer nuestras propias comprobaciones), y organizamos las visitas culturales siguiendo a pies juntillas una entrada de blog llamada Los seis rincones
ocultos de Lisboa libres de turistas (que, desde el día en que se publicó la entrada, están plagados de turistas).
En el Ecuador de tu veraneo, te das cuenta de que las fotografías que capturas con tanto esmero son dolorosamente similares a las que subió tu compañero de trabajo con el título Días de relax en Portugal. Comprendes que tu rollito con el socorrista del hotel es una réplica del que mantuvo con quien ocupó antes que tú la habitación 106. De modo que no te queda otra que autoconvencerte de que tu escapada es irreplicable.
Es ahí cuando decides vuestra canción (del verano). Lo haces a sabiendas de que la industria cinematográfica ha elegido los momentos en que podemos enamorarnos (en Navidad como en The Holiday, o en vacaciones como en Grease), lo haces para que tu post tenga un mensaje oculto que solo vosotros dos entendéis (y que, por lo tanto, lo eleva muchos niveles por encima del de tu colega del departamento de Recursos Humanos), lo haces aunque resulte obvio que Wouldn’t it be nice de los Beach Boys ya está manoseada por múltiples amantes desde los 60.
Porque es imposible que nadie haya hecho el amor tan bien (como vosotros) mientras sonaba. Porque es difícil creer que alguien tuviese tan buen gusto como tú para escoger el enclave desde el que visteis atardecer. Porque te niegas a aceptar que tu verano sea igual al de todos






