Esta app nacida en Barcelona ha logrado legalizar el grafiti en medio mundo

Hay paredes en Barcelona que huelen a laboratorio. Bloques de hormigón sobre mortero cedidos a la experimentación. Son los muros libres de Wallspot, un proyecto orientado a liberar espacios urbanísticos para que los grafiteros y demás artistas urbanos ensayen sus bocetos sin miedo al marcaje policial.

La idea surgió en la Ciudad Condal, pero últimamente ha prendido en otros 19 países de Europa, Asia, África y América Latina. Funciona de este modo: mediante una app del móvil, el grafitero reserva un muro de la ciudad en la que quiere pintar de manera legal; selecciona la hora y el sistema le indica la dirección y el nombre del comisario que administra su muro. No hay normas. Pinta quien quiera y como quiera.

Manu Agricultura by Fernando Alcalá
Manu Agricultura by Fernando Alcalá
Millo Agricultura by Fernando Alcalá
Millo Agricultura by Fernando Alcalá

«El fundamento de esta idea es que cualquier persona pueda pintar en un muro gestionado bajo el concepto de lo efímero. No queremos hipotecar los espacios con obras y artistas de renombre; me da igual que seas Escif, Zosen o una que pasa por allí. Nos basamos en la filosofía de la equiparación social, el muro nos iguala a todos: solo importa lo que haces y si te esfuerzas en hacerlo», resume el barcelonés Marc García, gran motor de la iniciativa.

El germen de su entramado logístico en torno al grafiti surgió en 2010, fruto de la necesidad, después de que su hermano le pidiera un aumento de sueldo –trabajaban en una agencia de publicidad– para pagar las multas por garabatear calles y trenes. A partir de ahí, Marc y Pau –su hermano– diseñaron un proyecto llamado Persianas Libres mediante el cual pidieron a sus vecinos las rejas de sus negocios para transformarlas en lienzos.

«Inicialmente nos reunimos con el Ayuntamiento y con una entidad de arte urbano y ambas nos dijeron que conseguir muros era imposible, de modo que planteamos lo de las persianas para escapar a la prohibición. Eso generó un cambio de mentalidad: los medios empezaron a prestarnos atención, los comerciantes vieron una oportunidad de engalanar sus negocios y los grafiteros se lo tomaron como una agresión», detalla Marc García.

https://vimeo.com/rtww/rtww

Ayuntamiento y artistas urbanos colisionaron en bloque contra el proyecto de los hermanos García. En el caso del consistorio, el desencuentro venía heredado de la restricción aplicada en 2005, cuando se incluyó en la normativa del civismo la prohibición expresa de pintar en cualquier muro.

Ese veto propició una fuerte inversión para la limpieza de grafitis en Barcelona y se los llegó a considerar en peligro de extinción; hasta que emergieron las persianas libres: un nuevo campo de batalla. En el caso de los grafiteros, con el invento de las persianas vieron peligrar la esencia del grafiti clandestino y real.

«El hecho de prohibir el grafiti solo consigue fomentar el arte con prisas (las letras y los tags), puesto que el muralismo lleva tiempo y te expone a la multa. En el momento del veto la gente convirtió en referencia el marcar la ciudad; se favoreció a quien pintaba de manera ilegal en detrimento de aquellos que se curraban obras más elaboradas. Nosotros planteamos una disyuntiva: o se potencia el arte urbano por la vía institucional o solo podrán acabar con él a las bravas: cortando manos y prohibiendo el espray», reflexiona Marc.

Pezkhamino por Lluís Olivé
Pezkhamino por Lluís Olivé
Buble Gum por Lluís Olivé
Buble Gum por Lluís Olivé

No hizo falta llegar a tal extremo. En 2011, Xavier Trias –entonces en la carrera por hacerse con el bastón de mando del ayuntamiento– se reunió en un bar de Barcelona con Marc y algunos grafiteros, a quienes prometió que si salía elegido daría impulso al arte urbano de la ciudad. Meses después salió elegido y cumplió su promesa.

«Le dije que si habilitábamos espacios de grafiti, reduciríamos el coste de limpieza en la ciudad, y así fue. En ese momento mi hermano salió del proyecto para seguir pintando de manera ilegal y en sustitución entró un amigo sociólogo, Roger, que generó la base indiosincrásica de lo que hoy son los muros legales de Wallspot».

Perder la esencia

El proyecto tiene algunas ventajas palpables, como la capacidad de generar un big data grafitero del que extraer información segregada. Gracias a la app de Wallspot sus creadores pueden saber que solo un 3% de los artistas son mujeres. O que el 60% de los apuntados en Barcelona son extranjeros:

«Tenemos turismo de grafiti, gente que reserva el muro como reserva un Airbnb», comenta Marc. Por contra, frente la utilidad de la estadística, una posible tacha sería la hipotética pérdida del valor esencial, pues el barnizado legal estaría restando incomodidad a una expresión artística que resiste, precisamente, por su carácter contranormativo.

@Fau Art
Juan Carlos @Fau Art

«Puede ser. Sin embargo, es importante decir que el Ayuntamiento nunca dicta nuestra política», despeja Marc García. Si –por ejemplo– aparecieran mensajes contra la actual alcaldesa, estos tendrían una vida muy corta, del mismo modo que duraron poco los murales en favor del independentismo aparecidos durante las jornadas más apasionadas del Procés.

«No ocurre como en Latinoamérica, donde llevan años trabajando el muralismo político al estilo Ché Guevara, muy de cara y muy de partido. Aquí el mensaje suele ser más abstracto e ideológico. Si aparece un mensaje concreto, todos saben que desaparecerá enseguida».

Aun así: ¿qué opinan los puristas sobre el grafiteo legal? «Creo que a los puristas estos muros legales ni les van ni les vienen. Esto solo afecta a quien quiere entrenar sin dejarse el dinero en multas, gente a la que le gustaría exponer en galerías, pero no tiene acceso a ellas porque el circuito es muy cerrado y los comisarios nunca les seleccionan. En nuestros muros no hay comisarios: tu galería es la ciudad», sentencia el creador de Wallspot, que a su vez enarbola el argumento generacional:

«La esencia rebelde tiene una franja de edad. A los 20 años te pega la bronca tu familia, pero a los 40 ya no estás para correr. Los artistas que llegan pintando a los 30 años tienden siempre a la profesionalización».

Kler i Sofia Frei @Joan Piñol
Kler i Sofia Frei @Joan Piñol
M. Estroninos
M. Estroninos

Gentrificación y ciudades museo

Los artistas profesionales de los que habla Marc García se enfrentan a una paradoja irresoluble: mientras su conciencia les lleva a pintar sobre injusticias de carácter social, sus obras contribuyen a expulsar a los vecinos más humildes de barrios ahora gentrificados. El mural que te representa será tu condena. Algo así ocurrió en Kreuzberg, el actual soho Berlinés, cuando Blu (famoso muralista sin rostro) tapó una icónica pintura suya al ver que la estaban aprovechado para inflar el precio de viviendas cercanas.

«La gente que vivía delante del mural de Blu estaba en un descampado, y el artista creó su obra en base a esa gente. El hecho de convertir aquel lugar en un espacio de élite hizo que el mural perdiera todo el sentido. Las obras tienen fines artísticos, pero a veces devienen en herramientas de especulación», explica Marc García. «El caso más bestia de mercantilización lo he visto en Wynwood, en Miami. Hay un documental que explica cómo un tipo compra suelo barato de esta zona atestada de yonkis, prostitutas, camellos, etc. y monta un festival de arte urbano para gentrificar el barrio. El especulador no se tapa, lo cuenta tal cual».

M. Estorninos
M. Estorninos
M. Estorninos
M. Estorninos

Y prosigue: «Ahora han aparecido un montón de comisarios de arte urbano que crean ciudades museos con medianeras gigantes y murales que jamás hablan de la propia ciudad. Financian un mural vistoso con –por ejemplo– un elefante rosa y te plantan el mismo elefante en Madrid, Barcelona o Sao Paulo. Pero ¿qué coño es un elefante rosa delante de tú portal? ¿Cómo se contextualiza esa obra? ¿Qué sentido tiene para ti?

Hoy ocurre con el arte urbano, pero esto ya pasaba en el urbanismo. Llevamos décadas convirtiendo las ciudades en parques temáticos. Al final es la evolución de la Sagrada Familia; como no hay dinero para construir catedrales, llenamos las calles de murales».

Para terminar, una anécdota al hilo de la ciudad museo: en 1989, Keith Haring –famoso artista y activista– dejó en la plaza Salvador Seguí de Barcelona, en pleno Raval, un mural de 34 metros contra la enfermedad del sida. Esta obra fue desapareciendo debido al desgaste climático e inmobiliario, de modo que el Ayuntamiento la calcó a escala real y aguardó durante años para encontrarle un nuevo emplazamiento.

En 2014 consiguieron por fin colocar la reproducción en un lugar estratégico, la plaza del MACBA, y a modo de celebración hicieron un acto de inauguración… de la copia: descorrieron un telón sobre la reproducción de un mural que llevaba décadas durmiendo en esa misma ciudad. ¡Sorpresa!

M. Estorninos
M. Estorninos
Rubicon. Selva de Mar. @Joan Piñol
Rubicon. Selva de Mar. @Joan Piñol
Tim Marsh. @Joan Piñol
Tim Marsh. @Joan Piñol

 

5 Comments ¿Qué opinas?

  1. Está muy bien aunque tb tiene aspectos discutibles (pocos creo) .
    Bien, por un lado lo que comenta el artículo que la idea surgió en BCn y luego se copió a otras ciudades yo la matizaría. Hacia 2002 en ciudades como Burdeos el grafiti era legal en cierto tipo de muros, a saber los industriales y las vallas de obra. De aquella no había el actual mundo de las apps y los smartphones así que viene a ser lo mismo. Si querías podías pintar en esos muros y vallas. No se consideraba una agresión a la arquitectura o la propiedad.
    Aquello, igual que esta app tiene sus pros y algunos contras: artistas que quieren seguir siendo anónimos o ilegales no querrán ser vistos a plena luz del día o localizados en una lista, ni ayudar con estadísticas sobre el mundo del grafiti a los equipos de investigación antigrafitis. Así que independientemente del rollo de la pureza, los seguirá habiendo que no querrán participar. Hay incluso artistas que prefieren no subir ellos mismos fotos de sus trabajos a internet.
    Aparte de eso yo lo veo bien porque pintar de forma legal y relajada, poder experimentar como se comenta en el artículo, me parece importante.
    Esto ya existía también en España, no como en Burdeos ni como lo define la iniciativa de la que habla el artículo, sino por el hecho de que en todas las ciudades y pueblos hay muros que son tierra de nadie dependiendo del contexto: naves en ruinas, etc. creándose los «hall of fame» underground, algunos de difícil acceso y por lo tanto casi secretos al público. Pero otras veces están a la vista. Cuando la población grafitera no es muy grande, suelen ser los muros más utilizados, y la actividad poco perseguida. Cuando la actividad aumenta ya cambia la cosa.
    En cualquier caso, mientras haya muros feos, existirá ese campo para el grafiti.

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