En uno de sus bordados aparece la fachada de un restaurante japonés. Tiene carteles diminutos, faroles, cables y una puerta que parece a punto de abrirse. No es una escena ideada en la mente de Yumi, sino que la artista estuvo allí.
Sus piezas funcionan así: pequeñas reconstrucciones textiles de lugares que ha pisado. Calles y escenas de Tokio convertidas en hilo.
Aunque, curiosamente, su trabajo no empezó por allí. Durante años trabajó como maquilladora de efectos especiales: «Proyectos grandes, plazos ajustados, presupuestos pequeños». En un momento decidió parar y tomarse un año sabático. En ese paréntesis volvió a bordar. «Desde pequeña, he bordado gracias a mi madre, que fue quien me enseñó. Pero el bordado se volvió realmente especial cuando llegó en un momento difícil de mi vida con el trabajo».

Empezó bordando personajes de anime y manga y subiéndolos a Instagram sin demasiada intención. La reacción de quienes veían aquellas imágenes le sorprendió. Mensajes, comentarios y gente pidiéndole piezas. Poco a poco apareció algo parecido a una agenda de encargos.
NO viaje, SÍ nueva vida
El giro definitivo llegó en 2020. Tenía organizado su segundo viaje a Japón —vuelos, hoteles, itinerario— , pero el mismo día que debía volar comenzó el confinamiento global y el plan se canceló.
Encerrada en casa, empezó a revisar fotos del viaje anterior. En una aparecía la fachada de un restaurante. Decidió bordarla.
Aquella pieza cambió su trabajo.


«Descubrí que me encantaba recrear calles que había pisado: los edificios tokiotas, los carteles diminutos…», explica. «Desde entonces, lo hago con tanta pasión que las horas se me pasan volando».
La fascinación por Japón venía de antes. Su primer viaje fue hace 15 años. Hasta entonces, su relación con el país era la de muchos de quienes no han pisado nunca aquella tierra: anime, manga y tardes de televisión con Dragon Ball, Sailor Moon o Dr. Slump.
Pero estar allí fue otra cosa. «Te enamoras en cuanto aterrizas. La educación, la forma en que te reciben en los sitios, la sensación de respeto… Aunque no entiendas el idioma siempre intentan ayudarte».

Otro aspecto que le entusiasmó de la cultura nipona es la consideración que allí se tiene de las artes manuales. «En Japón el bordado se valora como una forma de arte, no como un simple pasatiempo».
Sus piezas encajan a la perfección con aquel universo. Cada bordado está lleno de detalles urbanos: rótulos, cables, ventanas, pequeños gestos arquitectónicos que convierten cada escena en algo más cercano a una maqueta que a una ilustración.
Antes de la puntada
Antes de empezar a bordar, hay bastante trabajo previo. Todo comienza con un sketch rápido en papel. Después pasa el dibujo al iPad y ajusta el diseño: colores, iluminación, elementos tridimensionales o incluso pequeñas luces.
«Quizá lo más difícil es esa parte —dice—, que todo cuadre antes de coger la aguja».

Cuando llega ese momento, el proceso fluye. Pero incluso alguien acostumbrado a construir ciudades con hilo puede quedarse en blanco. Le ocurrió después de terminar su primer libro, Tokio sobre Tela. Durante unas semanas tuvo la sensación de haber agotado sus ideas.
La solución fue no forzar. Ver series, hojear libros, dejar que pase el tiempo. Muchas veces ve anime con una libreta al lado y va apuntando ideas cuando aparecen: un cartel, una esquina, una fachada.
Y de ahí sale el siguiente bordado.
Marcas bordadas
Con el tiempo, su trabajo también ha llamado la atención de algunas marcas. Cuando trabaja con ellas hay un pequeño cambio de reglas. En sus proyectos personales manda el impulso: colores propios, experimentos, lo que ella llama «mis locuras». En los encargos comerciales intenta encontrar un punto intermedio entre su estilo y el universo de la marca.
Pero quienes llegan hasta ella siempre lo hacen por su forma de trabajar. «Con el bordado se pueden conseguir texturas y resultados muy distintos. Creo que buscan algo artesanal y auténtico».

A quien empieza con el bordado le garantiza que, a través de esta disciplina, «puedes expresarte igual que un pintor con su lienzo».
De su primer bordado de Japón recuerda que tenía muchos defectos, pero fue el que marcó el camino. Desde entonces sigue haciendo lo mismo: reinterpretar Japón con hilo.






