El origen de los dichos: Echarle a uno el muerto y comerse un marrón

Hoy va de justicia la cosa. Más que de justicia, de huir de ella. Porque los dos dichos de hoy tienen ese puntito de ‘pío pío que yo no he sido’ que es tan propio de nuestro carácter. Los americanos (los de EE UU, se entiende) se han mirado en el espejo de héroes tan bien representados por Gary Cooper o James Stewart. Nosotros teníamos a los pícaros con Lázaro de Tormes a la cabeza. ¡Qué podíamos esperar entonces!

Vamos con el primero de los dichos: ‘Echarle a uno el muerto’ y todas sus acepciones, más o menos conocidas en función de la edad que tengas y de tu cultura: echar el muerto a casa, o a puerta ajena o al vecino. En cualquiera de ellas, el sentido es claro: atribuirle a otro la culpa de algo.

La expresión tiene su origen en la Edad Media, época en la que había unas leyes que decían que cuando aparecía el cuerpo de alguien muerto violentamente, si no encontraban al culpable del asesinato o no llegaba a averiguarse quién había sido, era el pueblo o villa donde hubiera sido hallado el cadáver quien debía pagar la multa llamada homicidium, homicidio u omecillo. Como la cosa no estaba muy boyante por aquella época, lo que hacían los habitantes de estos pueblos era ocultar tan macabro descubrimiento, meterlo en sacos y llevarlo bien lejos de allí con el mayor de los sigilos, a ser posible al pueblo de al lado, y que otros apechugaran con el lío.

Y aquí es donde enlazamos con el siguiente dicho: ‘comerse un marrón’. O sea, cargar con la culpa propia o ajena. Aunque en los tiempos que corren, y ligado al mundo laboral (si es que somos afortunados y seguimos formando parte de él), lo de comerse un marrón también ocurre cuando te cae una tarea inesperada y, por supuesto, muy desagradable.

Nos lo creamos o no, la ingesta de marrones varios no es algo reciente sino que viene de muy atrás. Y tampoco, a pesar del color, tiene nada que ver con las heces por mucho que lo que te haya caído encima te recuerde a una mierda.

Según el DRAE, marrón procede del verbo ‘marrar’, que significa errar, desviarse de lo recto, y que a su vez proviene del antiguo marrir, que significaba ‘molestar’. De marrar procede marro, que entre sus varias acepciones consta como “un regate o ladeo del cuerpo, que se hace para no ser cogido y burlar al perseguidor”. Y es también un juego que consiste, grosso modo, en regatear al contrario para evitar ser eliminado.

Quizá sea de ese juego de donde el lenguaje de germanía (o sea, el que hablan los malotes) toma el concepto de ‘marrón’ como una gran huida. Así, el que conseguía dar esquinazo a sus perseguidores estaba “dando un marrón”. Por el contrario, aquel que era atrapado y que cargaba con su culpa y la de sus compinches, se lo comía.

Hay algunas versiones que no llevan tan atrás el origen del término y lo sitúan en época de la dictadura franquista, cuando los grises presentaban los informes contra los detenidos en carpetas marrones. Incluso otros que dicen que el término está relacionado con los narcotraficantes y esos paquetitos tan monos envueltos en cinta de embalar de ese color, por no hablar del hachís. Podría ser, pero no podemos asegurarlo.

Cambiando de tercio y dejando la delincuencia aparte, vámonos ahora de excursión al campo. Porque ‘marrón’ es también esa viga maestra que hay en los hogares rurales salmantinos, en especial, y en toda Castilla en general, de la que se cuelga la matanza, herramientas, jamones y otras cosas pesadas –alimenticias o no- por ser muy resistente y tener buena ventilación. De ahí que, usando un símil, se podía decir de alguien que lo habían cargado como a un marrón, es decir, que le habían echado toda la culpa a él. Y de ahí hubiera acabado diciéndose que “se comía el marrón”.

La última teoría –de las muchas que hay- la da Pancracio Celdrán diciendo que “marrón” hace alusión al término que el francés usa para decir “castaña”. Y que una castaña es sinónimo en español de problema. Por tanto, comerse una castaña o un marrón equivalía a hacer lo mismo con el lío en el que te hubieras metido.

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Patrick Thomas

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