Seguro que has bostezado alguna vez. O, por lo menos, has visto a alguien bostezar. Puede que incluso hayas bostezado al verlo hacer a alguien. O tal vez estés bostezando al leer estas líneas. Si no perteneces a ninguna de las categorías anteriores, este artículo no es para ti. Puedes pasar página.
Decía Oscar Wilde que lo realmente misterioso no es lo invisible sino lo visible. Mientras algunos se empeñan en dar pábulo a elfos, ectoplasmas y demás fauna imaginaria, la ciencia sigue tratando de desentrañar misterios más cotidianos y para los que no hay respuesta científica: ¿Cómo pega la cinta aislante?, ¿cómo se reproducen las anguilas?, ¿para qué sirve el bostezo?**
La respuesta clásica a esta cuestión es que al bostezar estamos insuflando una dosis extra de oxígeno al cerebro, lo que explicaría el clásico bostezo de sueño o de cansancio. Sin embargo, esa respuesta es imprecisa o, cuando menos, insuficiente: los corredores de maratón bostezan notoriamente antes de empezar la carrera, así como los paracaidistas antes del salto, o los estudiantes en los momentos previos a un examen. Unos y otros se encuentran en un estado de tensión, así que, según esa hipótesis, no deberían bostezar.
El psicólogo Eichard Provine, que se autodenomina un “pervertido del bostezo”, pidió a unos cuantos sujetos experimentales que llevaran unas pulseras sensibles al movimiento en las que pulsaban un botón cada vez que bostezaban. El resultado fue que los bostezos precedían generalmente a las fases de gran actividad. De alguna manera, concluyó Provine, el bostezo es una especie de arranque de motores en el cerebro, algo así como el botón de reinicio de los ordenadores.
Pero Provine no es el único depravado del bostezo. Un equipo germanofinlandés colocó electrodos en las cabezas de un nutrido grupo de bostezadores para saber qué sucedía en sus cerebros al bostezar mientras veían vídeos de… gente bostezando, pues la capacidad de contagio del bostezo resulta tan enigmática como el bostezo en sí.
El estudio halló nada menos que 2.005 indicios de la causa del bostezo contagioso, aunque desmintió una de las asunciones tradicionales: que bostezamos por empatía. Parece ser que durante el bostezo no se activan las neuronas espejo, esas que nos ponen en lugar de otro. Por eso, se especula que se trate de un mecanismo muy antiguo que se pone en marcha para sincronizar los comportamientos colectivos, algo así como “¡Todos al ataque!”, o bien “Vamos a dormir”.
Bonita teoría, pensó el investigador de neurociencias Steven Platek, pero no del todo correcta. El psicólogo británico estaba convencido de que el bostezo contagioso tenía mucho que ver con la empatía, así que se puso manos a la obra: comparó el comportamiento ante los consabidos (y aburridísimos) vídeos de bostezos de personas con baja y alta empatía. Conclusión: a las personas que tienen más facilidad para ponerse en lugar de otros es más fácil hacerles bostezar que al resto.
Son solo tres teorías, pero hay más: hay quien considera que el bostezo es un remedo de la respiración branquial de nuestros antepasados anfibios. Lo cierto es que casi todos los mamíferos, muchos anfibios y algunos peces bostezan, así que este gesto tiene algún sentido evolutivo aún por descubrir.
En lo que a mí concierne he bostezado tres veces durante la redacción de este artículo, así que creo que echaré una cabezadita…O mejor, me iré a correr una maratón.
* El título lo tomé prestado de un poema de La gata coqueta.
** Todos estos misterios y muchos más en la “Enciclopedia de la ignorancia” de Passig y Scholz.
—
Este artículo fue publicado en el número de Mayo de Ling Magazine
Ilustración de Juan Diaz Faes