Hace cuatro años, Joaquín Oristrell y Cristina Rota tuvieron una idea. Estaban impartiendo un seminario de improvisación y su imaginación voló hacia un proyecto arriesgado y poético. Se les ocurrió que grabarían una película en un solo plano sin interrupciones, una gran coreografía de actuaciones en busca de la calidad artística y de la metáfora. El proyecto acaba de materializarse en el largometraje Hablar, un baile de historias interconectadas que suceden a lo largo de más de un kilómetro del barrio madrileño de Lavapiés. «El reto era hacerlo en un plano. No sentíamos la presión de que llegara a las pantallas. Lo importante era experimentar, vivir ese trabajo». Finalmente, el resultado ha conseguido la calidad y el interés suficientes como para ser compartido con el público en la pantalla grande.

La norma única, el gran mandamiento en el que se basó el rodaje fue «no cortar en ningún momento», pasara lo que pasara. Esa fue la máxima que tuvo que seguir tanto el equipo artístico como el técnico. Al grabar en la calle, rodeados de transeúntes, tuvieron que improvisar a cada minuto, según avanzaba el plano. Hubo que resolver problemas técnicos de cámara y sonido. De ello se ocupó el ayudante de dirección Javier Soto junto a diez voluntarios. «Hubo que desarrollar mucha logística para mezclar nuestra figuración con los vecinos de la calle en una noche de agosto donde la gente disfrutaba del clima y las terrazas», recuerda Oristrell. Se realizaron cuatro tomas. Estéticamente les gustaba más la tercera porque la rodaron «en plena hora bruja» y la noche «iba ganando terreno a lo largo del plano». Pero eligieron la última por ser «la más orgánica y mejor coreografiada», aunque no por eso es la mejor que se podría hacer: «por supuesto siempre repetirías. Un plano secuencia y cualquier plano de cualquier película. Lo ideal sería hacer como en los buenos tiempos de Woody Allen. Rodar, montar y luego volver a rodar para mejorar el resultado. De todos modos, Hablar es una película que basa gran parte de su encanto en su, llamémosle, imperfección. Eso es lo que le da verdad y vida».
[pullquote class=»left»]«Hablar basa su encanto en su imperfección. Eso es lo que le da verdad y vida»[/pullquote]
Había guion, sí; pero este fue dictado por la improvisación. «Todas las escenas (a excepción de las de Juan Diego Botto y Nur Levi, que escribieron sus textos) se ensayaron partiendo de improvisaciones. Esas improvisaciones las grababa con mi móvil y luego las pasaba a texto», explica el director. De ahí que haya en el largo «mucho teatro y mucho cine».
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El reparto lo componen decenas de actores y actrices muy potentes y activos en cine y TV. La idea fue «aprovechar su experiencia y su “momento dulce” creativo para superar el reto». Muchos de ellos salieron de la «escudería Cristina Rota». Otros, como Sampietro, Muñoz, Balagué o Balduz, habían trabajado antes con el director.
Todos se unieron al proyecto sin pensarlo dos veces. El motivo de que la reacción en positivo fuera «unánime», en opinión de Oristrell, es que «los actores son gente vocacional y valiente deseosa de experimentar».
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Los ensayos se llevaron a cabo por separado, en la sala Mirador. Oristrell se encerró ahí con Cristina Rota y con el elenco. Solo hubo un ensayo general de todas las escenas ensambladas. Fue un domingo a las nueve de la noche, exactamente veinticuatro horas antes del rodaje.
Si vas a verla, no tengas prisa por levantarte de la butaca. El director recomienda a los espectadores que no se pierdan los créditos finales: «Son un making of donde se explica mucho de las dificultades que tuvimos».
[pullquote class=»right»]«Señalamos la injusticia con las palabras, amamos con palabras. ¿Qué sería de nuestro trabajo sin el verbo hablar?»[/pullquote]
Más allá de las curiosidades técnicas, la fuerza de Hablar reside en lo que cuenta. Algunos de los que la han querido reconocer en ella algo de La colmena o de Luces de bohemia, «ambas retratos de un Madrid estupefacto en épocas de caos y oscuridad. Será que estamos un poco como entonces», reflexiona el director.
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Oristrell y Rota quisieron que su proyecto cinematográfico significara algo, que compusiera una crónica realista de la situación económica y laboral de muchas personas en España en este momento. Lavapiés fue el lienzo perfecto para materializar esa ambición. «Náufragos en un océano llamado Lavapiés podría ser el subtítulo de la película», bromea Joaquín Oristrell. Más allá de dejar una pieza artística para la posteridad, quisieron ser «testimonios de nuestro tiempo». Como profesionales comprometidos con la sociedad, consideran que tienen «la obligación, el derecho y el deber de “hablar”».
Ese verbo, «hablar», es el verdadero protagonista de la película. En ella vemos cómo hablando se puede convencer, ordenar, protestar, defender… Las palabras y su poder para variar las situaciones son las que van conformando las historias. «Hablar nos convierte en seres humanos. Es lo que hacemos todas las personas que nos dedicamos al espectáculo, la cultura o la comunicación», reflexiona Oristrell. Y añade: «Señalamos la injusticia con palabras, amamos con palabras. ¿Qué sería de nuestro trabajo sin el verbo hablar? ¿Qué sería de nuestra especie? Cuando las personas dejan de hablar empiezan los conflictos».
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Fotos: Quim Vives 

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Patrick Thomas

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