El término tiene su origen en el latín ‘illusĭo’, ilusión, y del griego ‘φιλία’, filia. Consiste en la cría y adiestramiento de la propia ilusión para convertirla en forma de vida con capacidad para desconectarse de la cotidianidad y volar a puntos distantes. La ilusión en su origen latino, ‘illudo’ (‘divertirse’, ‘recrearse’, pero también ‘burlarse’, ‘engañar’), estaba formado por el prefijo in- y el verbo ‘ludo’ (‘yo juego’).
Se trata de un concepto o una imagen que surge por la imaginación o a través de un engaño de los sentidos, pero que no tiene verdadera realidad. De ‘ludo’ se derivó una amplia familia de palabras en la que se incluye lúdico, ‘relativo al juego’, eludir, ‘escapar jugando’, alusión (hoy significa ‘mención’, ‘referencia’, pero inicialmente era ‘broma’ o ‘jugueteo’).
En castellano, ‘iludir’ y más tarde ‘ilusionar’ fueron evolucionando con la denotación ‘causar una impresión equívoca’ o ‘suscitar la esperanza de algo deseable’, o sea, ‘suscitar una ilusión’.
Hoy en día cuando hablamos de la realidad nos duele; cuando pensamos en el futuro, nos atemoriza, y el pasado lo añoramos. Nada pues más útil que una poderosa ilusión.
Seguramente alguien se inquieta al desconocer cómo encontrar la ilusión. Afortunadamente, es simple, solo es necesario observar la aleccionadora cotidianidad de nuestros niños. ¿Dónde? Y sobre todo, ¿cuándo aparece la ilusión?.
La respuesta está en la anticipación. En el momento en que está quitando el papel al regalo, sin saber qué va a encontrar. Cuando le anunciamos que mañana vamos a ir al cine. Cuando le informamos que haremos una fiesta por su cumpleaños. Aparece esa sonrisa de expectación, de deseo sin objeto, como diría Lacan.
Ciertamente, la felicidad empieza antes del viaje, al igual que nuestra mascota empieza a ser feliz cuando nos ve preparando su comida. Suceda o no, es un hecho y no debería sorprendernos. Extraña voltereta en la que ilusionar nuestro futuro alegra nuestro presente.
La ‘ilusofilia’ genera más adeptos cada día que pasa, cuando vemos que no es necesario ser político para hacer política. Sin lugar a dudas, hacemos política en el momento en que nos adherimos a la recogida de firmas. La duda y el miedo contrarrestan inexorablemente el crecimiento de esta afición ocupando el espacio de los sueños. Niveles altos de desconfianza limitan la expansión de esta amable adicción. Una y otra vez aparece el sobrevalorado realismo que no es más que la anacrónica mirada a un pasado que ya sucedió. Se asemeja a aquel navegante que conduce su barco mirando la estela.
A día de hoy, la ‘ilusofilia’ apenas tiene espacio en los tediosos informativos que relatan cansina y reiteradamente un mensaje caduco y atemorizador. Fantasear amenazas que nadie sabe si van a llegar mata la ilusión e impide la práctica de la ‘ilusofilia’.
Por otro lado, sonreír frente al espejo, limpiarse los zapatos, dar sinceramente los buenos días, bailar solo esa canción que tanto nos gusta, dar las gracias al camarero, celebrar el encuentro, abrazar, levantar la vista al cielo exterminan definitivamente absurdos temores.
Llegó, pues, el momento de realizar el manifiesto ‘ilusofílico’. Solo es necesario tomar aire y mirando a los ojos a la persona que está junto a nosotros decirle con una sonrisa: “Buenos días, qué ilusión verte”.
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Francesc Beltri Gebrat es socio de Mediterráneo Consultores
Ilusofilia
