La guerrilla de ganchillo


Era un lóbrego invierno en Texas. En el calendario, 2005. En la calle, el gris se había apoderado de la ciudad. Magda Sayeg pensó que, con ese tiempo de perros, nadie tendría humor para entrar en su boutique a comprar algo. El sol había decidido no dar color ni calidez a la calle. No quedaba más remedio. Tendría que hacerlo ella. Cogió sus agujas de ganchillo y empezó a tejer para vestir el mobiliario urbano de su barrio.
Primero fue una funda rosa y púrpura para el pomo de la puerta de su tienda. Después llegó un abrigo para una señal de Stop y una gabardina para una cabina de teléfonos. La idea era hacer más humano un paisaje urbano de producción en masa hecho con cemento, acero y cristal. Sayeg quería hacer algo para que los habitantes de Houston (Texas) volvieran a conectarse con su entorno.
Los viandantes se paraban a contemplar los tejidos. Los conductores paraban a hacer fotos. La texana se dio cuenta de que había tocado una tecla más aguda de lo que pensaba.
El nuevo vestuario de aquel barrio hechizó a muchos vecinos. Era el principio del contagio masivo de una afición (tejer) y una filosofía (recuperar una actividad artesanal e incorporarla al arte callejero). Decenas de texanos cogieron sus agujas. Miles de estadounidenses, europeos y japoneses las tomaron después. Empezaban a oír hablar y a ver imágenes en Internet de algo que llamaban ‘guerrilla de ganchillo’ o ‘bombardeo de hilo’. Las ondas expansivas del croché estaban dando la vuelta al mundo.
Sayeg institucionalizó el graffiti de punto. Fundó Knitta Please. El grupo iba creciendo. Ella iba viajando. “Enfundó una parte de la Muralla China, la Torre Eiffel, la calle milanesa de Paolo Sarpi, las playas de Argentina, el Opera House de Sidney, el monorraíl de Seattle…”, especifica Karen McClellan, miembro del grupo Knitta Please. “Ella colabora con museos, galerías y municipios para desarrollar proyectos que fomenten la conversación sobre artesanía versus arte, el rol femenino de lo hecho a mano, la legitimidad del arte callejero y nuestras actitudes hacia los espacios públicos de nuestras comunidades. Es un arte en la intersección del diseño textil, el street art y la artesanía tradicional”.
En la actualidad colabora con el Departamento de Transportes de Nueva York y el North Brooklyn Public Arts Coalition, para adornar con ganchillo una instalación en Brooklyn, y contribuye en un proyecto del prestigioso festival de Música de Austin.
La guerrilla se extiende. En EEUU surgieron otras asociaciones de ganchillo, como Yarn Bombing, Incogknito, Knitted Landscape o Micro-Fiber Militia. Algunas, solo para hombres, como Men Who Knit, HizKnits y Men’s Knitting Retreats. En Londres nació Knit the City o Stitch and Bitch London. En Suecia, Masquerade. En Holanda, Knitted Landscape
La guerrilla ha cumplido seis años y ya cuenta, incluso, con una historia documentada en papel. El libro Yarn Bombing: The Art of Crochet & Knit Graffiti, publicado en 2009, cuenta que Sayeg no fue la primera en sacar el ganchillo a la calle, pero fue quien lo convirtió en un movimiento de guerrilla.

Bombardeo de hilo
Era un día de 2007 cuando Leanne Prain descubrió en Internet que el ganchillo no era solo una cosa de mesas de camilla y colchas para camas. La estadounidense vio las piezas de croché de KnittaPlease y Masquerade en unos blogs de artesanía y, según dice, le inspiró para empezar a hacerlo también. “Me atrajo muchísimo porque me parecía inesperado y revoltoso”.
Empezó a tejer y creó Yarn Bombing. Hacían coberturas para bicis, árboles y edificios. “Pero también me gusta hacer cosas pequeñas”, indica Prain. “Disfruto mucho haciendo fundas para las cajas donde están los botones de los semáforos para que cambien de color. También me gusta tejer piezas que den color y proporcionen una diferencia gráfica una vez que se hayan instalado”.
¿El propósito de todo esto? “Divertirme y expresarme”, dice la fundadora de Yarn Bombing. “Me encanta crear algo que sea juguetón y espontáneo. El graffiti de punto me ha permitido conocer a mucha gente realmente interesante”.
El peso de Yarn Bombing cae en Prain casi en su totalidad. Aunque, a veces –matiza– “me ayuda mi amiga Mandy”. “Y hace muy poco creamos un proyecto comunitario, en el que trabajamos con 300 personas, para cubrir un árbol en flor. Trabajamos con bomberos para que nos ayudaran a no dañar las flores”.













Este artículo se publicó por primera vez en la revista Yorokobu de octubre de 2011.

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Patrick Thomas

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