Un guisante, convenientemente congelado, puede perdurar hasta 2.000 o 3.000 años. El dato puede pasar por meramente curioso cuando realmente supone un descubrimiento elemental. Ante la amenaza que supone el cambio climático para los cultivos de todo el mundo, un sistema que garantice la conservación de las semillas resulta vital para las futuras generaciones. Esa es la razón de ser del banco de semillas en Svalbard.
A Cary Fowler hace años le ocurrió algo que, está seguro, nos ha pasado a todos alguna vez: «Se te enciende una bombilla y comienzas a dar vueltas a una idea que aparentemente es una locura. Pero, de repente, alguien te sigue el juego…»
Cuando ese alguien es un ministro noruego, la cosa gana en trascendencia. Lo que aquel día Fowler trasladó al político fue su idea de excavar una montaña situada en una pequeña isla del Ártico para albergar allí una colección de semillas de todo el mundo.
«El ministro me preguntó: «¿Me está diciendo que las semillas que usted quiere conservar es el recurso más elemental de la Tierra?». Le contesté que sí. Y me volvió a preguntar: «¿Y cree que Svalbard es el mejor sitio para conservarlas?». Mi respuesta volvió a ser afirmativa y entonces me dijo: «¿Cómo podemos, pues, negarnos?»».
Fowler lo narra así en el documental Seeds of Time, que se exhibió en el Festival de Cine y Gastronomía Film & Cook* el pasado fin de semana en Madrid, y que volverá a proyectarse en su edición barcelonesa en próximo 22 de noviembre .
El de Svalbard no es el único banco de semillas en el mundo. A lo largo y ancho del globo existen otros, aunque el del Ártico puede presumir de ser el más seguro. De ahí que uno de los retos de Fowler sea la de conseguir duplicados de las semillas más ‘valiosas’ para salvaguardarlas en su búnker noruego. Algo así como copias de seguridad para garantizar la perpetuidad de los cultivos.
J.D. Marlow, productor de la cinta, cuenta a Yorokobu que la idea del documental surgió tras un artículo en la revista The New Yorker titulado Sowing for The Apocalypse.
«Era la primera vez que el banco de Svalbard abría sus puertas a la prensa y se generó una gran expectación. Cary se convirtió de repente en un personaje de gran interés para los medios».
Aunque lo que J.D. y Cary aprendieron de aquella experiencia fue que el problema de la conservación de la biodiversidad era un tema del que poca gente era consciente. «Era como si el planeta comenzase a resquebrajarse bajo nuestros pies y la gente siguiera felizmente ajena a ello. Entonces nos dimos cuenta de que teníamos una historia muy importante que contar».
[pullquote class=»right»]En apenas 100 años se ha perdido hasta el 93% de la biodiversidad agrícola de Estados Unidos [/pullquote]
Y mientras la población se conciencia de la problemática, Cary y el resto de su equipo siguen manteniendo su lucha contra el tiempo. Doce de los veranos más calurosos de la historia se han producido en los últimos 15 años. Los cultivos propios de algunos lugares, como las patatas del altiplano andino, ya están notando los efectos del cambio climático, así que no hay tiempo que perder.
«Vamos a necesitar un gran esfuerzo internacional para lograr que los cultivos sean capaces de estar listos para este cambio climático. Al igual que somos capaces de organizarnos pasa salvar bancos, instituciones financieras, empresas automovilísticas… vamos a tener que organizarnos también para salvar los cultivos agrícolas para generaciones futuras», explica Cary en el film.
El cambio climático no es el único responsable de que en apenas 100 años se hayan perdido hasta el 93 % de la biodiversidad agrícola de Estados Unidos. La acción del hombre también ha contribuido de forma directa. «Hasta la fecha, la agricultura se ha propuesto adaptar las condiciones climáticas a los cultivos. Si no llovía, se regaba. Si había plagas, se usaba pesticidas. En un futuro los términos deberían invertirse: los cultivos se deberán adaptar a las nuevas condiciones climáticas. Y seremos nosotros quienes tengamos que ayudar a los cultivos porque estos solos no podrán porque los hemos domesticado».
Marlow coincide con Fowler en que, aunque el tiempo corre en su contra, el futuro de la agricultura no está desahuciado. «No es que se pueda ser optimista, es necesario serlo», asevera el productor. De hecho, la conservación de la biodiversidad de los cultivos no solo depende de bancos de semillas como el de Svalbard. «La mayor parte de la variedad genética no se encuentra protegida en estos bancos de semillas sino que son los pequeños agricultores. El futuro de la agricultura está en sus manos», asegura Fowler en el documental.
*Yorokobu es medio colaborador de Film&Cook
La montaña del Ártico que alberga un arca de Noé para semillas
