Si no has visto esta serie documental, no sigas leyendo. Es más, ni escribas «The Jinx» en Google porque hay noticias en tiempo real que te destriparán el documental. Así que, para AQUÍ, ¡SPOILERS! y lee este artículo cuando acabes los seis capítulos.
The Jinx es uno de los documentales que más bocas abiertas ha dejado en la historia de la televisión, en todas y cada una de las seis absorbentes horas y, especialmente, en el dramático final. Una historia fascinante de aleación de fuego y hielo, dentro de una estética dura, salaz y lasciva, «como si una película de los Coen se tratase» (The Guardian). Los gélidos créditos iniciales bajo la fogosidad gótica del Fresh Blood de Eels, con parajes donde Dios no existe recordando a True Detective. Estampas lánguidas. Abundantes slow motions. Recreaciones impresionistas.
Un excelente sabor artístico con el objetivo de sacar la confesión de tres asesinatos o esclarecer el gafe (jinx) de Robert Durst, el hombre con peor suerte del mundo.
Pero los documentales no siempre han sido así. En el manual básico del documental había una despreocupación por la forma: contar la historia con testimonios de los protagonistas/testigos, evitar al máximo la voz en off y entremezclar metraje de archivo disponible. The Jinx va mucho más allá de esa línea. Traspasa el concepto de documental moderno con una dramática reconstrucción muy hervida.
¿Sobrepasa los límites del documental para convertirse en una construcción dramática para que sea un producto y, por lo tanto, vendible? ¿Sobrepasa los límites del periodismo convirtiendo una buena investigación periodística en un drama de bonito envoltorio para ganar audiencia? ¿Sobrepasa los límites de la comunión entre derecho y periodismo para que sea el documental, y no las autoridades, el que le ponga las esposas? ¿Sobrepasa los límites de la ética envasar tres fríos asesinatos en un desenlace que deja la boca abierta a millones de espectadores?
Producto vs Periodismo
Hay un pulso continuo entre la necesidad de mantener una presentación justa y precisa de los hechos y el imperativo de contar una historia dramática. Y este último es el que gana. The Jinx salta con pértiga la frontera donde el periodismo acaba y empieza el cine, sin remordimientos éticos. Entre muchos ejemplos, el aroma a reality que destapa el tono y ritmo del último capítulo, o cómo se moldea en ese estilo «ego-Vice News» (que tan de moda está) la implicación en primera persona en los hechos de los cineastas Andrew Jarecki y Marc Smerling.
La recompensa es formidablemente adictiva, de esas en las que gritas «wow» al terminar el filme, porque es el documental el que imparte la justicia y pone las esposas a Robert Durst. ¿Es eso arte y periodismo de investigación?
Hoy, las empresas de entretenimiento como HBO, Netflix, ESPN, Amazon están invirtiendo cada vez más en los documentales porque es un nuevo producto que se consume bien. Pero en un tipo de documental como The Jinx estructurado enteramente para romper las noticias, para ser la noticia. Documentales thriller como Blackfish. Son filmes consecuencialistas que causan un mayor impacto en la audiencia y los medios de comunicación por ser buenas construcciones dramáticas. El dilema ético es si merece la pena disfrazar los dogmas del periodismo de investigación y el arte para conseguir la justicia de meter a Robert Durst en la cárcel o hacer caer los ingresos de SeaWorld por sus esperpénticas prácticas con las orcas.
En un artículo del New York Times, Laura Poitras, la oscarizada directora del escandaloso Citizenfour, opina que los directores no deben «hacer películas para crear noticias». Sin embargo, en ese mismo artículo, David Wilson, fundador del festival de documentales True/False, en Missouri, cree que «los documentales no tienen ninguna regla». Lo cierto es que cada cineasta se aproxima al tema del documental de forma diferente, unos como los periodistas que son, otros como abogados, otros como storytellers, otros como directores de cine; y todas esas áreas tienen dogmas diferentes que es difícil que coexistan.
Periodismo vs Derecho
«¿Qué demonios hice?… Matarlos a todos, por supuesto».
El traumático clímax final no deja ninguna duda de que The Jinx ha sido moldeado única y enteramente como un producto dramático para despampanar a la audiencia. Más aún cuando el último capítulo reventó la televisión porque, el día anterior de emitirse, Robert Durst era detenido en Nueva Orleans acusado de asesinato. Fue la clase de publicidad que no tiene precio. Quedará siempre un poso mediático de si la detención de Durst fue para que los ratings se salieran de las agujas, pero ello supone poner en duda a la ley, cuando lo que verdaderamente hay que cuestionar es si Jarecki y Smerling omitieron la comunión entre derecho y periodismo.
¿Cuándo compartieron los cineastas sus descubrimientos incriminatorios con la policía? ¿Retrasaron el funcionamiento de la justicia sobre un supuesto asesino, dejándolo fuera en la calle, en beneficio de la historia? Este es un breve timeline (aunque todavía quedan agujeros que tapar) de los hechos (en Gawker hay uno ampliado):
1. La primera entrevista a Robert Durst fue en diciembre de 2010 en Los Ángeles y la segunda en abril de 2012 en Nueva York. Jarecki no informó de esas entrevistas a las autoridades policiales y judiciales hasta octubre de 2012. ¿Por qué? Los directores de The Jinx no querían que Durst y sus abogados percibieran que las entrevistas eran hechas para utilizarlas como pruebas para la policía.
2. Jarecki y Smerling dicen que el «matarlos a todos, por supuesto» (segunda entrevista) no fue descubierto hasta junio de 2014 cuando contrataron nuevos asistentes para repasar material antiguo. Ni autoridades ni cineastas han especificado cuándo y qué fue entregado a partir de junio de 2014.
Siempre poniéndonos en la confianza de la profesionalidad de los cineastas (lo hemos hecho antes con la ley), Jarecki y Smerling no tenían obligación legal de entregar las pruebas inmediatamente. Entra en juego la responsabilidad ética del periodista sobre qué hacer con el material incriminatorio o exculpatorio que tiene en posesión. Un balón en llamas porque no es como la investigación de un caso de corrupción, por ejemplo, donde el periodista se mueve entre el dilema de seguir husmeando o publicar y descubrirse. Sino que Robert Durst, un asesino en serie, podría haber huido o incluso matado de nuevo.
El recomendable documental de tres partes Paradise Lost se encontró en la misma tesitura. Entonces, los directores creyeron que tenían la obligación moral de entregar la prueba que encontraron a la policía, incluso sabiendo que hacerlo supondría comprometer la filmación de su documental. Con el mismo balón en llamas que The Jinx está el popular podcast Serial (68 millones de descargas), que va aclarando episodio a episodio la dudosa incriminación de un chaval en el asesinato de su exnovia en Baltimore en 1999.
La estructura, estética y clímax del documental invita a pensar que a Jarecki le pudo su deseo de impartir justicia después de diez años de dura investigación. Sin embargo, The Jinx habrá puesto las esposas de la opinión pública a Robert Durst, pero la confesión de «matarlos a todos, por supuesto» puede servir de carne de cañón para la defensa de Durst (que una vez más se puede ir de rositas). Como escribe Noah Feldman, profesor de derecho constitucional e internacional de Harvard, «¿es admisible en un juicio la confesión de un asesinato solo, en un baño, mirándote al espejo y llevando un micrófono?». La respuesta es una telaraña de tangentes ya que las circunstancias de la frase juegan un importante papel dependiendo de la interpretación como fantasía o realidad. Como dice Feldman: «es la naturaleza ambigua del soliloquio, como el de Hamlet (ser o no ser), ya que no tiene destinatario y las posibilidades son infinitas».
Ética vs Producto
¿Renuncian los cineastas a la ética en beneficio del drama?
Los críticos del documental de Andrew Jarecki argumentan que este nuevo estilo narrativo basado en crímenes reales (como el podcast Serial) rompe con las reglas tradicionales del periodismo. Este tipo de storytelling se desarrolla poco a poco, guardándose algo para el final. El periodismo de investigación tradicional no jugaría la carta de «esconder la pelota» al lector. Ello lleva a una simple reflexión ética al espectador: preguntarse qué sabían los cineastas antes de contarlo y cuándo lo supieron. Además, esta narrativa dramática despierta una implicación emocional a la audiencia, y cuando los sujetos se convierten en personajes, la línea entre objetividad y compasión empieza a confundirse; y crea unas expectativas sentimentales en el telespectador, en el caso de The Jinx son satisfechas, pero no es el caso de las numerosas decepciones tras el último capítulo de Serial.
En una sociedad en la cual la historia más exitosa es la historia más rentable y la historia más rentable es la más emocionante de contar, ¿dónde están las cercas éticas? O, por otro lado, en esta era de documentales-abogado bajo las convenciones del guion de televisión, ¿están las reglas éticas cambiando y es un tiempo moralmente interesante? Es una pregunta que adquiere mayor importancia con el crecimiento de la cobertura informativa online y la llegada de una nueva generación de periodistas con una asunción desdibujada de las reglas periodísticas y, muchas veces, éticas.
Los periodistas que investigan casos criminales deben tener en cuenta que su lealtad es al público, pero no a cualquier precio sucumbiendo a la tentación de jugar con la audiencia, como ocurre con estas narrativas. Para ser un buen periodista en estos casos hay que ser primero un buen ciudadano. Y cuando lo eres, sabes cuál es el mejor interés del público.