La memoria tiene estos caprichos. Nos cuesta rememorar ciertas cosas, pero basta un simple olor para que todo haga bum y volvamos a sentir vívidamente ese recuerdo que habíamos perdido.
El olfato es el hilo conductor de ¿A qué huelen los recuerdos? Marcas que dejan huella (Diábolo Ediciones, 2020), del periodista Fernando Ruiz-Goseascoechea. Y a través de él, nos propone un viaje por la historia de las marcas y productos de consumo que han llenado los armarios, las cocinas y los baños de muchos hogares españoles desde hace décadas.
«Hablar del olor es reivindicar una capacidad esencial en el ser humano desde el principio de los tiempos, aunque actualmente se ignora, se silencia y se oculta», afirma el autor en el prólogo. Porque –y en eso coincide con lo que afirmaba el periodista científico argentino Federico Kukso en su libro Odorama– «tenemos una relación casi desodorizada con la historia».
Muchas de las marcas de las que Ruiz-Goseascoechea habla en este libro ya no existen. Otras, aún se fabrican, pero en el camino se han dejado muchas cosas tratando de permanecer igual. El periodista afincado en Argentina mezcla sus propios recuerdos, tanto los nostálgicos como los olfativos, con la historia que rodea a estos productos.
Tengo la sensación, después de leer tu libro, de que hemos perdido diversidad en los productos. Antes había muchos fabricantes, ahora casi todo se reduce a dos o tres grandes grupos empresariales. ¿Perdemos matices con esto? ¿Es positivo para la diversidad?
Hay varios elementos que explican la estandarización de los productos, pero el determinante hoy día es el económico. Las empresas originales eran locales, regionales y, algunas, nacionales, y cada una elaboraba sus productos de manera singular y utilizando muchos componentes de cercanía.
La concentración de marcas bajo paraguas de multinacionales comporta un gran ahorro de costes, en productos, logística y personal. Además, la estandarización del producto hace que este sea exactamente igual en Finlandia que en Madagascar. Y si se atiende en demasía a la diversidad olfativa, por ejemplo, el producto empieza a no ser rentable.
Desde el punto de vista de perder matices es un claro retroceso.
¿Cuánto habla la evolución de estos productos de consumo que retratas en tu libro de nuestra propia evolución?
Vivimos inmersos en una sociedad que combate los olores desde los tiempos de la Revolución francesa, que es cuando se toma conciencia de que el olor es sinónimo de suciedad, podredumbre, pobreza y enfermedad.
Actualmente vivimos un proceso de desodorización galopante, y muchas marcas de productos, han evolucionado su olor y, por lo tanto, ya no huelen como antes. Las legislaciones españolas y europeas que se empezaron a aplicar en los años 80, acerca de los componentes de los productos, se encargaron de eso, y el olor fue una víctima colateral de esas legislaciones. Marcas de las de toda la vida ya no huelen igual.
Algunas marcas desaparecieron debido a su olor, que era un gran signo de identidad, como Penikanol, aquel adhesivo de color blanco de Pelikan que olía a almendras amargas. Desapareció a causa de disposiciones legales, que ya no permitían el aroma típico de mazapán del producto.
En este entorno de creciente desodorización también hay factores que aceleran nuestra evolución hacia un cambio de escenario olfativo. Las cámaras de refrigeración son la explicación de que comamos una fruta, un embutido o un queso de aspecto extraordinario y exclamemos: «¡No sabe ni huele a nada!». El frío desestabiliza los olores genuinos, debido a que la grasa de muchos de los productos que guardamos en la nevera absorbe olores, y eso provoca cambios en su aroma y sabor.
El olfato es el hilo conductor de tu libro. Tácticas de marketing aparte, ¿seguiremos teniendo esa memoria olfativa de las cosas que nos rodean hoy en el futuro o todo está mucho más globalizado (los mismos aromas, las mismas asociaciones entre olor y objetos según su función…)?
Los olores asociados a experiencias pasadas persisten a lo largo del tiempo y, cuando dichos aromas vuelven a ser percibidos, de nuevo evocan emociones intensas. Y eso no va a cambiar.
Por mucho que la sociedad evolucione siempre va quedar el recuerdo de la infancia, el colegio, los padres, una gran alegría, un disgusto, una rabieta o un desengaño. Los olores están estrechamente ligados a esos momentos únicos, y la máquina del tiempo que es el olfato siempre nos va a poder regresar a esos momentos. El olfato sirve, fundamentalmente, no para recordar, sino para no olvidar.
Tu infancia está muy presente en este viaje olfativo, y no tanto la juventud o la madurez. ¿Perdemos olfato al hacernos mayores? ¿Por qué un olor nos lleva más a esos primeros años de nuestra vida y no tanto a otros momentos?
Los recuerdos olfativos perduran a lo largo de nuestra existencia, aunque pueden variar si es alterada nuestra condición física por edad o enfermedad. Pero hay un elemento determinante que es el primer momento que un olor llega a las pituitarias de una persona. Ese es, a mi juicio, un momento clave para que se quede anclado en la memoria. Se suele decir que los únicos estímulos sensoriales que se quedan grabados en el cerebro hasta aproximadamente los cinco años de edad son los olfativos.
Recuerdo muy bien el olor inconfundible de la crema Nivea que me ponía en la cara mi madre. Los olores que se perciben en la infancia fácilmente pueden quedar anclados en la memoria y son capaces de perdurar de una manera especial toda la vida. En mi caso, también me resulta imposible borrar el olor que sentí la primera vez que entré en un hospital, con seis años.

Háblame del proceso de documentación. ¿Qué fuentes has consultado? ¿Costó mucho reunir las imágenes que ilustran el libro?
El proceso de documentación es lo que más disfruto porque nace de una curiosidad personal. Parto de una recopilación de productos y marcas que me interesan, y empiezo a bucear para encontrar referencias de todo tipo, desde históricas y perfiles de los creadores, a la parte comercial, imagen, marca y publicidad.
Recurro, en primer lugar, a las fuentes de las propias empresas o a las multinacionales que en su momento se hicieron con determinada marca, sean del país que sea. También acudo a testimonios de los directivos, a informes comerciales y económicos, y a las páginas de los periódicos de la época en la que se dio cuenta del cierre de una empresa o la absorción por otra. Muchos datos históricos los he sacado de informaciones acerca de conflictos laborales por amenaza de cierre o despido de trabajadores.
Muchos de los productos de los que hablas también los he conocido yo, pero no de todos guardo memoria olfativa. Otros, sin embargo, son aún muy nítidos: el que más, el pegamento Imedio o las gomas de borrar de Milán (sobre todo la de Nata). ¿Cuáles son los tuyos?
Tengo algunos olores grabados a fuego en la memoria como son la crema de afeitar La Toja, que usaba mi padre, el perfume Chanel nº 5 que se ponía mi madre cuando salía a cenar y mi colonia de hierbas Lin Abart. Y, además, me resultan imborrables los olores de los lápices del colegio, los tebeos y el limpia zapatos Kanfort. Pero también recuerdo con cariño el olor del interior de un coche que tenía mi padre y el olor de la cocina de mi abuela.
Me llama la atención que hayas incluido productos que no asociamos al olfato. Un ejemplo, las aguas minerales; también hablas de música (¿a qué huele una canción de Luis Aguilé?). ¿Por qué?
Hace unos meses, una importante revista de moda puso nombre y apellido a los olores del verano. Hizo una lista de los cinco perfumes que más huelen a verano. Obviamente, se referían a perfumes cuyo aroma evocan recuerdos de momentos de estío en una playa o bajo los árboles junto a un rio. Y esto es lo que se intenta transmitir a con perfumes con notas cítricas, saladas, herbales y estimulantes para sentir que huele a hierba recién cortada.
En mi anterior libro, Los sabores de la memoria, abordé el asunto ¿a qué huele la navidad?, una pregunta que en Google tiene más de 9 millones de resultados. Es difícil conseguir un mix que englobe el viejo pesebre de corcho, la sidra, los turrones, los langostinos cocidos, los restos de polvorones, los berberechos, la calefacción a máxima potencia, el exceso de colonia, el sudor de los asistentes… En Inglaterra aseguran que la Navidad huele a pastel de manzana y en Estados Unidos, a galletas recién horneadas.
Pero hay una realidad y es que muchos de los olores que se quedan anclados en la memoria, especialmente en nuestra infancia o juventud, están ligados a un momento concreto y puede que único: una boda, las ferias del pueblo, una visita a un hospital, un verano, unas navidades, un viaje a la India, un paseo por la medina de Marrakech o un domingo de paella en el campo, cuando se podía hacer fuego, claro…
Hasta hace unos años, las aguas minerales Vichy Catalán, Solán de Cabras, Malavella, Cabreiro y Solares se compraban en la farmacia, lugar que tradicionalmente ha sido enorme oledor, y me gusta relacionar olor con momentos precisos.
Por eso la Navidad de hace años, cada vez menos, olía también a los villancicos de Manolo Escobar, y el verano evoca el olor a playa, crema solar, la canción del verano, Georgie Dann y Luís Aguilé.
Con tanta tecnología y la que está por llegar, ¿a qué van a oler las casas de mañana?
Durante muchos años, el único olor artificial que había en una casa era de los productos de limpieza y desinfección, el de la naftalina y el de repelente de mosquitos. Todo empezó a sofisticarse a partir del ambientador de pino colgado del retrovisor del coche y las bolsitas para la humedad en el interior de los armarios.
Ahora la casa no se entiende sin ambientadores artificiales, sea para evitar el olor del tabaco o para desinfectar la bolsa del cubo de basura.
En los tiempos de pandemia con covid-19 un nuevo olor se ha instalado en las casas a base de lejía para los pisos, geles antibacterianos y desinfectante de manos.
En el futuro las casas van a oler a los que quieren los propietarios y a la mayor o menor resistencia o a la influencia publicitaria y a las modas de consumo. Y todo indica que vamos a empalmar la desodorización natural de nuestro entorno con el uso creciente de aromas artificiales.