«Me echaron de un café moderno por ir con un niño»

«No nos gustan los niños». Esto es lo que reza en inglés un cartel a la entrada de un conocido café especialidad de Barcelona. Los camareros deben hacer gala de cierta diplomacia para invitar a las familias a abandonar el local. Parejas jóvenes y modernas, tanto españolas como extranjeras –justo el tipo de clientela a la que va dirigida la oferta del local– deben darse la vuelta si osan entrar con sus respectivos hijos bajo el brazo. El «Adults only» ya no es solo cosa de hoteles.
Adults only

El concepto solo para adultos está en auge. Un estudio realizado por el buscador de viajes HotelsCombined estimó que ya en 2017 existían más de 750 establecimientos hoteleros solo para adultos en el mundo, y que España ocupaba el tercer lugar con 361. Los restaurantes comienzan a sumarse a esta iniciativa y, aunque aún no existan cifras oficiales, cada vez son más los casos de comedores que confiesan su animadversión hacia los niños.

Hace dos años el hashtag #stopniñofobia fue tendencia en las redes sociales cuando el guionista Andrés Palomino hizo pública su crítica a un restaurante de San Sebastián en el que no le permitieron acceder con sus hijos bajo la excusa de que si los niños no comían, no les salía a cuenta asignarles una mesa.

Poco antes, en Salamanca, otro establecimiento no prohibía la entrada a los niños, pero sí establecía una serie de normas de conducta entre las que se encontraba que «si el menor llorase, gritase o hiciera ruidos molestos para el resto», los padres debían sacar al menor hasta que cesara en su empeño. A causa de la relevancia que tuvo el asunto en redes sociales, los dueños del local salmantino retiraron el cartel y pidieron disculpas públicamente.

Adults only

David Triviño, realizador de publicidad malagueño que rueda en Madrid y en Barcelona, es uno de esos padres a los que les han vetado la entrada en la mencionada cafetería de la Ciudad Condal. «Bastante difícil es conciliar la vida familiar con la laboral como para que cuando quieres disfrutar de un buen desayuno con tu pareja y tu hijo no te permitan hacerlo», comenta. Y añade: «Por primera vez en mi vida me sentí discriminado. Me echaron de un café moderno, ¡siendo moderno!».

Los hosteleros se acogen al derecho de admisión recogido en la Ley 26.370 de 2008 que establece que «la persona titular del establecimiento se reserva la atribución de admitir o excluir a terceros de dichos lugares siempre que la exclusión se fundamente en condiciones objetivas de admisión y permanencia». Y es en esa objetividad en la que radica la dificultad de establecer el límite entre la libertad de elegir quién entra y quién no en su propio local y la discriminación.

José Luis Yzuel, presidente de la Federación Española de Hostelería (FEHR) se lo dejó claro a La Vanguardia a principios de este mismo año. «Eso no es discriminación, simplemente hay que interpretarlo como una estrategia u oportunidad de mejora de la oferta en un sector donde, afortunadamente, hay mucho donde elegir», declaraba al medio catalán.

En el lado opuesto se posicionan las asociaciones de consumidores, que aseguran que vetar la entrada a los menores de edad cuando no están obligados por ley, como es el caso de los clubes nocturnos, es equiparable a prohibir la entrada a un cliente por su condición sexual, religión o color de la piel. Súbitamente, uno viaja a la Alabama que Harper Lee describía en Matar a un ruiseñor en pleno siglo XXI.

LA CULPA ES DE LOS PADRES

«Para criar a un hijo o una hija hace falta una tribu», señala Mavi Villatoro, fundadora de la plataforma online Mammaproof, una guía de establecimientos en los que las familias son bienvenidas y una iniciativa para transformar las ciudades en espacios más inclusivos para los niños. «Que los niños jueguen en espacios públicos es síntoma de salud de una sociedad diversa, amable, pacífica, respetuosa y relajada», reflexiona Carrillo.

La responsabilidad de los padres con respecto al comportamiento de sus hijos no queda en entredicho. Se da por supuesto que si el niño o la niña molestan es porque no han recibido la educación adecuada por parte de sus padres para comportarse como se espera en un espacio público. Carrillo no lo tiene tan claro: «Si señalamos ciertas conductas de los niños como molestas y buscamos responsabilidades fuera de nosotros mismos, vamos mal como sociedad». Ahí es donde entran en juego conceptos como sentido común y empatía. ¿Cuánta madurez exigimos a los más pequeños a beneficio de la comodidad de los adultos?

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«Soy consciente de los límites que tienen ciertos espacios y de lo que se espera de ellos. No acudo a restaurantes de gran categoría con mi hijo si no estoy seguro de que va a dormir durante la comida, no solo para no molestar al resto de comensales, sino para poder disfrutarla yo también», explica Triviño. A él no le permitieron desayunar en un local desenfadado, pero sin embargo le animaron a acudir con su hijo al restaurante Bardal de Ronda, del chef Benito Gómez, que ostenta una estrella Michelin.

«Soy padre, pero también sigo siendo una persona con inquietudes, con curiosidad y con ganas de experimentar la vida como lo hacía antes de tener un hijo; solo que ahora lo tengo que hacer, y lo quiero hacer, acompañado de un niño de dos años», reflexiona el realizador.

EL OTRO MOLESTA

La comida, además de una necesidad básica, es una experiencia compartida. Sentados frente a una mesa se construyen y perpetúan gran parte de las relaciones sociales. Dos desconocidos se citan a cenar, las familias –niños incluidos– se reúnen alrededor de un estofado los domingos, las señoras charlan y sus conclusiones vitales se bañan en un chocolate caliente junto con churros para merendar. Ante la mesa se acercan posturas, se debaten asuntos, se recuerda, se toman decisiones. La gastronomía va mucho más allá del mero placer de comer. Hasta ahora.

«La búsqueda de la quietud, la calma y el aislamiento terminará provocando que los restaurante sean cubiculares, sin conexión con los demás», reflexiona José Carlos Ruiz, doctor en Filosofía y profesor de la Universidad de Córdoba. Según el pensador, el comensal actual comienza a buscar una reproducción del comedor de su casa, pero con la diferencia de que le sirvan la comida. «No deja de ser una paradoja», sentencia Ruiz, «salir de casa para exigir las condiciones de casa».

Esto, junto con los avances tecnológicos, ha abonado el terreno para la multiplicación de los servicios de reparto de comida a domicilio. El servicio de delivery, capitaneado por plataformas como Just Eat, Deliveroo o Glovo, creció un 26% en España en 2018 según los datos del Observatorio Sectorial DBK de Informa.

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UN MUNDO SIN NIÑOS

La agencia Open Comunicación sacaba a la luz este octubre que el número de animales de compañía ha aumentado un 40% en los últimos cinco años, mientras que la natalidad ha bajado un 13,7%. Según el INE, la caída de la natalidad en España fue de un 6,56% solo en 2018.

Ante este panorama, y salvando las distancias, casi parece que se podría llegar a materializar la distopía que Alfonso Cuarón presentaba en su película Hijos de los hombres. En ella, las mujeres han perdido la capacidad de procrear, por lo que la humanidad está condenada a la desaparición. La bajada de la natalidad, el retraso en la edad de tener hijos, la libertad de poder elegir si tenerlos o no… El presente está marcado por un cambio de paradigma parental y un futuro sin niños no parece tan lejano.

¿Es cuestión de hedonismo? José Carlos Ruiz pone el dedo en la llaga: «Se está diseñando un modelo de felicidad instantáneo, accesible y centrado el en placer sensorial que evite grandes esfuerzos de cara a lograrlo. Estamos en un proceso de consumo del otro donde solo lo queremos si lo necesitamos para afirmarnos». Para permanecer, el otro disruptivo debe aportar algo, y según el filósofo, «los niños no se perciben como productos rentables para nosotros, de modo que preferimos obviarlos».

La cafetería de Barcelona no es la única que hace pública su aversión hacia los más pequeños. De hecho, los usuarios que aplauden esta medida en los comentarios a sus publicaciones en redes sociales son mayoría. Los responsables no responden a las críticas. No en vano, en el mismo manifiesto que se encuentra a la entrada de su local barcelonés aparece otro de sus principios: «Fuck TripAdvisor». No es de extrañar: «Cada vez le prestamos menos atención al otro y menos si tenemos que leerlo», confirma Ruiz.

2 Comments ¿Qué opinas?

  1. Holà! Gracias por citarnos . Sería posible corregir mi apellido? Me llamo mavi villatoro y no Mavi Carrillo 🙂 gracias

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