Tu cafetera podría ser un poco facha

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Aunque resulte sorprendente, la cafetera italiana de toda la vida tiene un pasado más oscuro que los posos del café. Su origen se remonta a los años 30 y su diseño estuvo inspirado en las soflamas con las que personajes como Mussolini y Filippo Tommaso Marinetti arengaban a la población transalpina de la época.

Javier Cañada, fundador de la empresa de estrategia, diseño y comunicación tramontana.co, y el ilustrador Daniel Moyano lo cuentan en Bialetti Moka Express, un cómic que explica cómo surgió uno de los iconos del diseño del siglo XX: la cafetera Bialetti.

«Si te soy sincero, no recuerdo cuando conocí esta historia por primera vez», explica Javier Cañada. «En algún lugar vi una referencia a que el diseño de la cafetera buscaba ser avional. A partir de ahí empecé a tirar del hilo y a encontrar las piezas del puzle. Por ejemplo, un embargo a Italia que burlaron con el café de Brasil y de Etiopía, por entonces Abisinia. O la frase de Marinetti en la que decía que él era la “cafeína de Europa”. Al final llegó un momento en que no sabía por dónde había empezado».

En 1919, finalizada la Primera Guerra Mundial, Italia vivía una de sus peores crisis económicas. A pesar de formar parte del grupo de países vencedores, las bajas humanas y los daños para la industria habían sido considerables. Aquellas empresas que consiguieron sobrevivir al conflicto tenían graves problemas de abastecimiento de materias primas.

Una de esas empresas que continuaban en pie era la de Alfonso Bialetti, empresario romano que decidió crear una cafetera doméstica con unas características muy particulares. La primera de ellas era la de poder hacer café espresso como el de los bares. La segunda, que en lugar de estar realizada en hierro, escaso en la época, fuera de aluminio. Por último, este nuevo producto debía tener un diseño innovador. Inspirado por los discursos que Marinetti declamaba por la radio, Bialetti decidió que su cafetera debía ser avional y futurista.

El resultado final fue un producto ergonómico, simétrico, equilibrado, fácil de manipular y con un mecanismo muy sencillo. Los primeros modelos se comercializaron al principio de los años 30 y su éxito de ventas resultó imparable. Más de ocho décadas después, su diseño ha permanecido casi inalterable.

«Que yo sepa Bialetti nunca usó el nacionalismo fascista como argumento de venta o promoción, aunque la estética y el propósito estuviesen relacionados. Que se centrase en un símbolo imperialista como el café, que aplicase estéticas futuristas o que usase aluminio, que era otro símbolo del nacionalismo italiano de entonces, son parte del zeitgeist de ese momento. Sin embargo, sí que tuvo ese punto estrafalario, medio surrealista que gastan los italianos a veces. Pintó una caricatura suya en las cafeteras, el omino con i baffi (hombrecito con bigote), y llegó a colocar cafeteras de un tamaño descomunal en las calles de Roma».

El vínculo entre la cafetera Bialetti, el momento histórico en el que surgió y la ideología imperante en la época no es un hecho aislado. Como estudioso y teórico del diseño, Javier Cañada explica cómo cada momento histórico condiciona la forma y la función de aquello que se crea. De este modo, aunque la ideología no es ingrediente necesario para el desarrollo de un diseño, sí que juega un interesante papel en el proceso.

«La ideología no es un ingrediente. Sin embargo, un diseño atemporal precisa de una necesidad que también lo sea. Por ejemplo, hacer café, zumo o cocinar ahora igual que necesitábamos hacerlo hace cien años. Además, ese diseño debe ceñirse a cánones formales que también cumplan con esa atemporalidad, como las geometrías, las simetrías, cierta neutralidad… En ese sentido, la ideología influye a la hora de determinar qué necesidad hay que satisfacer y el marketing asegura la penetración del producto».

En el momento de realizar esta entrevista, Javier Cañada regresaba de tomarse un café con Pepe Cruz-Novillo hijo. Su padre, Cruz Novillo senior, fue el responsable del diseñó de la identidad corporativa de casi todas las instituciones españolas cuando el país se preparaba para entrar en Europa. Logotipos como el de Correos, Letras del Tesoro, Bonos del Estado, Biblioteca Nacional o Renfe que, sin duda, transformaron la imagen del país.

«Estábamos reinventándonos como país y todo tenía que destilar modernidad. Todos esos logotipos son asombrosos por su atemporalidad. Muchas de esas identidades siguen ahí, tal cual, treinta años después. Sin embargo, nacieron con un propósito que tenía mucho que ver con el momento político».

La historia de Javier Cañada y Daniel Moyano sobre Bialetti comienza con una frase muy contundente: «En un mundo perfecto, política y diseño no deberían estar nunca en contacto». Sin embargo, son muchos los diseños que, de alguna u otra forma, han estado vinculados estrechamente a la política. Desde el Volkswagen a las maquinillas Braun o la radio Volksempfänger por la que los alemanes escuchaban los discursos de Adolf Hitler.

«En realidad, la Volksempfänger es un ejemplo de diseño no creado por los nazis pero que ellos supieron ‘nacionalizar’ y poner al servicio del partido. Había sido diseñada por Kersting, un teórico del diseño magnífico, y llegó en el momento perfecto para Hitler».

Posteriormente, la escuela de Ulm decidió hacer todo lo contrario. Comenzaron a diseñar productos blancos para marcas como Braun o Siemens que se alejaban de la imagen oscura del Tercer Reich.

«Si los nazis hacían coches y radios negras, la Alemania de posguerra tenía que hacerlos luminosos. Otro ejemplo de ello son los juegos olímpicos de Munich 1972. En esas Olimpiadas, la identidad era multicolor porque la idea subyacente era decirle al mundo que, si los anteriores juegos de Berlín habían sido negros y rojos por la presencia de Hitler y la esvástica, estos iban a ser de todos los colores menos negro y rojo».

Estas explicaciones son compartidas por Javier Cañada en los cómics que realiza con Daniel Moyano y otros ilustradores. Piezas gráficas rigurosas pero amenas y fáciles de compartir por redes sociales porque, como afirma Cañada, «lo importante es contar la historia y que llegue a la gente».

«Hacemos esas piezas para divertirnos y porque ficcionar un poco hace que los mensajes se entiendan mejor. Además, hay algunos conceptos, como la manera en que el futurismo se contaba visualmente, que son difíciles de explicar con un texto. Por otra parte, si lo de Bialetti hubiese sido un artículo en lugar de un cómic, lo habría leído muy poca gente. De esta manera es más ameno y llega a más personas. Nos permite hacer algo accesible a estudiantes de diseño, pero también a gente interesada en el café o en la historia de ese cacharro que lleva en la cocina desde que tienen uso de razón».

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