Cambiemos un número de lugar. Año 2200. Nosotros, todos calvos. Sapiens ha logrado liderazgos interesantes para reconducir todo esto. Menos población. Religiones en la intimidad. Se persigue la violencia, el odio y el exceso de beneficios o bienes materiales. No hay especulación y triunfa la proximidad.
Las guerras son excentricidades del pasado. En vez de martirizar animales para comerlos, se genera proteína suficiente y se reparte bien. Hay diversidad cultural, no supremacismo. Decaído el sueño liberal, el dinero no es el único dios. Se admira el arte, la creatividad, el deporte. Hay amor y hedonismo. Se trabaja poco y bien, con placer y tecnología. Se vive en armonía, equilibrio y libertad.
El Pentágono es un museo de la guerra. El muro de Palestina, un aula de colores a cielo abierto, orgulloso de olvidar los peores traumas. La Meca, un enorme escenario de fiestas y glamour. El Ganges, un río de aguas cristalinas. La tumba de Lenin, un homenaje a los sueños rotos. La Amazonía, autogestionada por sus habitantes, protegida de buitres y buscadores y la Antártida, ese indómito territorio helado, ya sin banderas. No hay diferencias sustanciales en los servicios públicos, equipamientos, higiene, calidad urbana, entre Accra, Shenzhen, Helsinki, Bombay, La Paz, Berlín o Toronto. Sus habitantes disponen más o menos equilibradamente de todo lo que necesitan.
En fin, todo más o menos bien.
Una profesora neoyorquina, la señora Sand, enseña a sus alumnos un reportaje de Farhad Manjoo publicado en el New York Times en julio de 2020. Como si ahora repasáramos el Tratado de Tordesillas de 1494. El columnista titula He visto un futuro sin coches y es asombroso. Estaban en plena pandemia de la COVID-19 y las metrópolis, con sus habitantes confinados, se habían redescubierto como lugares realmente apetecibles, sin los humos y ruidos que las habían convertido en infiernos.
Manjoo imaginaba así Manhattan, llena de bulevares en los que propios y visitantes caminaran o disfrutaran en medio de un paisaje urbano espectacular y en el que bicis, metro y autobuses más bien rápidos trasladaran a la gente de norte a sur, de este a oeste. El shock de la pandemia reforzaba la preocupación por la salubridad urbana. Hasta entonces, solo cuatro gatos hablaban de las ciudades tranquilas. En 2020 se trata ya de una auténtica revolución silenciosa que recorre el planeta en busca de salvación.
La lucha contra la autoxicación se venía fraguando a su manera en otras ciudades del mundo. Pekín sortea entre su vecindario el derecho a comprar coche; Londres cobra por entrar en el centro; Deli trata de descontaminarse, pero no consigue bajar el 50% de los traslados en vehículo privado; París elimina los coches de la orilla del Sena y se embarca en un ambicioso plan para mejorar su movilidad: lo llaman la Ciudad de los 15 minutos. En 2020 eso era lo más trendy, pero visto desde el año 2200 flipan. Buena parte de la humanidad estuvo durante un siglo conviviendo en burbujas urbanas hipercontaminadas, agresivas, en escenarios atestados de objetos rodantes que ocupaban más del 70% del espacio público, tanto si están en movimiento –con sus humos y ruidos– como parados, la mayor parte de su vida útil.
En el siglo XXIII el coche seguirá siendo ese delicioso objeto de deseo, lleno de posibilidades y sinónimo de libertad. Probablemente ya no serán nuestros, sino adoptados por momentos. Habrán superado la producción de humos y ruido en su entorno inmediato. Aunque seguirán siendo compañeros de pasiones, también los utilizaremos más racionalmente. Solo entrarán en las ciudades por determinadas vías o para hacer cosas imprescindibles. Se guardarán en garajes, porque las calles y plazas estarán reservadas para que la gente viva feliz y contenta, sin amenazas, peleando solo contra males naturales como la enfermedad o el accidente, pero no contra conductores despistados o agresivos.
Circularán como máximo a 30 por hora, gracias a pasos de peatones elevados al nivel de la acera que los frenarán constantemente. Lo harán por carriles cada vez más estrechos. Las ciudades dispondrán de grandes contenedores de coches en su exterior para facilitar el acceso a los habitantes de sus entornos próximos, que viven más esparcidos por el territorio y se desplazarán al centro en metro, bici o autobús. Nadie utilizará las calles de la ciudad para algo innecesario. Nadie, ni siquiera los que tienen mucho dinero o autoridad.
Se hará así realidad la famosa viñeta de Frato (Francesco Tonucci) que publicó en la portada de su libro La ciudad de los niños, de 1990. «Rogamos disculpen, estamos jugando para usted”», rezaba una valla que impedía la circulación. En esa calle niños y niñas disfrutaban de su jolgorio sin vigilancias ni miedos, socializaban, se descubrían como personas y caminaban hacia su libertad. Y ya se sabe. Si la calle es un escenario feliz y seguro para la infancia, lo será también para el resto de las personas, tengan la edad que tengan.
En paralelo a la neoyorquina Sand, hacía lo mismo el profesor Salazar, de Cádiz. Su alumnado del siglo XXIII verá que 200 años atrás, en aquel antiguo reino peninsular llamado España, muchas ciudades empezaban esos procesos de saneamiento. Alguna ciudad pequeña, como Pontevedra, experimentaba con éxito la idea en todo su territorio. Oviedo se había adelantado con su centro histórico. Vitoria lo convertía en su bandera. Bilbao destacaba en la limitación de la velocidad. Valencia, Sevilla o Zaragoza liberaban grandes espacios, como también Burgos, San Sebastián, A Coruña, Valladolid, Logroño y la propia Cádiz, la ciudad más antigua de Europa. Madrid lo intentaba de vez en cuando, pero le costaba. Barcelona lo anunciaba mucho, pero ahí se quedaba, pensándoselo, quizá ocupada en otras tareas. Era en 2020 cuando empezaban a concebirse las ciudades tal como las conocemos hoy, 200 años más tarde.