«Algo se muere en el alma cuando un amigo se va», dice la canción. Claro, que cuando ese amigo se aleja de tu vida sin siquiera un «hasta luego, Lucas», la cosa, más que doler, te cabrea. Educación ante todo, ¿no?
Despedirse a la francesa sería eso que acabo de explicar arriba: irse sin avisar ni despedirse. Y es una de las cosas que más nos puede cabrear de un ser humano porque implica una falta de consideración bastante gorda, a mi humilde parecer.
Pero la cosa viene de muy lejos, del siglo XVIII nada menos, y entonces no se veía igual. Es más, era un norma de educación finísima y respetuosísima; eso sí, en Francia.
Por lo visto, se puso de moda entre la alta burguesía y nobleza francesas el no decir adiós a nadie cuando se iban de alguna reunión, ya que se consideraba una falta de educación y una muestra de tener muy pocos modales el interrumpir la conversación de invitados y anfitriones para decir que te tenías que ir a… lo que fuera, qué más daba. ¡Qué manera era esa de llamar la atención, hombre, por Dios! Como único aviso de tus intenciones, solo se permitía mirar el reloj como para decir, como el conejo de Alicia, que se te hacía tarde y que te pirabas de allí con todo el dolor de tu corazón, porque era taaaaaaaaaaan divertida y encantadora la velada que, oye, ya te fastidiaba tener que abandonarla.
Así que el educadísimo francés, miraba el reloj y «pegaba la vuelta» a lo Pimpinela (los modernos, no el literario) sin decir ni mu. A esta práctica se la conocía como sans adieu (sin adiós), como explica Sbarbi en su obra Gran diccionario de refranes, y que venía a decir que el que se despedía (o más exactamente, no se despedía) lo hacía con el propósito de volver porque la compañía le agradaba. «El sans adieu –explica Sbarbi- fue tomado en España en su sentido literal, y de ahí que se dio a esta frase un sentido distinto del que tiene en Francia».
Con el tiempo, está claro, la moda cambió y volvió a considerarse que ese irse sin decir adiós era una grosería como un piano de gorda. Algo que unos países a otros, quién sabe por qué rencillas, se decían con muy mala baba. Así, los ingleses –y también los españolitos- llamaban a este tipo de despedida «a la francesa» (French leave) y los franceses, para devolvérsela, usaban «despedida a la inglesa» (filer à l’anglaise). Claro, que también nosotros entrábamos en el reparto porque también se decía pasados los Pirineos «despedida a la española».
Los ingleses parecen haber superado sus piques con Francia y hoy no es una expresión muy común en el idioma de la Pérfida Albión. Pero nosotros… nosotros aún tenemos muy presentes esos camiones de fresas volcados en la frontera, aunque haya llovido más que en el Diluvio universal y los palos ahora nos vengan de un poco más al norte. ¡Qué más da! El español es un animal de costumbres y un francés seguirá dando nombre a esa despedida tan grosera se ponga la Unión Europea como se ponga.
Volviendo a la canción del principio, si llora la «guitarra mía cuando dice adiós», usad en su lugar un «hasta luego» aunque no tengáis intención de volver a verme el pelo en vuestra –espero, deseo- larga vida. Es menos definitivo, sí, pero igualmente educado.
El origen de los dichos: Despedirse a la francesa
